Todo lo que Barcelona debe a Montserrat Torrent

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19 de marzo de 2026 a las 22:34h

Tras varios siglos, vuelvo al Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (hace lustros se adjetivaba “Superior” y —a finales del XIX, cuando la gente empleaba namings algo más bellos y sin tanta polla en vinagre- fue simplemente nuestra “Escuela Municipal”)— para asistir al homenaje del ente a la titánica organista Montserrat Torrent, que celebra su centenario de la mejor forma posible: coleando, aún con los dedos en la tecla, y con una claridad mental impresionante. Cuando glosas una figura esencial de nuestra música, hablar de ti es algo propio de gilipuás, pero no puedo evitarlo porque —previo a entrar en la Sala Vermella, donde se dará el acto— paseo por los rincones de este magnífico edificio puntiagudo del arquitecto Antoni de Falguera (al que nosotros llamábamos “el cónser" o " El Bruc " ) y me empacho de tanta magdalena hasta rozar el ahogo. El tiempo es un invento espléndido, pero no tiene piedad…

La biblioteca subterránea no ha cambiado nada y las partituras aún dormitan encajonadas en unas horripilantes carpetas de cartón. El bar, donde habíamos perdido tantas tardes haciendo el idiota como locos, es ahora un cementerio vigilado por unas absurdas máquinas de vending. Husmeo en el Auditori Eduard Toldrà, donde unos compañeros azotan el Presto agitato de la tercera sonata violinera de Brahms, y subo por las escaleras en donde conocí a un tenor tartamudo y que se convertiría en uno de mis hermanos. Después paseo por los alrededores del Espai Antoni Nicolau, con el patio de luces matizado por la claraboya trencadissa, y me detengo ante el aula en la que un profesor estuvo a punto de hostiarme porque lo taché de holgazán en una carta en La Vanguardia. También en el rincón donde tocabas la D894 y pensé que eras la mujer más preciosa que había tocado nunca Schubert, jurándome que te amaría para siempre.

Pero bueno, todo esto sólo son recuerdos que no valen demasiado y ahora debo hablar del presente. En la sala del homenaje veo enseguida a la señora Torrent, rodeada del profesor de órgano Jonatan Carbó, y algunos alumnos a los que ella ha ofrecido una clase magistral que conservarán muchos años en la memoria. Está también mi querido amigo musicósofo Oriol Pérez Treviño, que lee una glosa de esta nuestra intérprete universal. Oriol habla con la cátedra que une cabeza y corazón; lo importante de hoy, dice, no es poner de manifiesto que Torrent es uno de los músicos más importantes de nuestra historia sonora, uno de los grandes organistas de Europa, sino captar la trascendencia de una figura que sobrepasa los límites de la interpretación. La Torrent es, continúa, una hija de la guerra incivil que descubre el órgano por casualidad, queda fascinada, y se sumerge en su tradición para acabar convirtiéndolo en fiesta de matiz y color. 

Quien quiera saber más de esta música gigantesca y de su importancia capital haría bien en leer La dama de l’orgue (Ficta Edicions), el notabilísimo libro-biografía de Albert Torrents, también comisario de esta efeméride. De entre todas las cosas que se citan allí, hay cuestiones especialmente relevantes para la tribu de los barceloneses, pues nuestra protagonista fue impulsora de la creación del órgano de la Iglesia de Sant Felip Neri (que ahora llevará su nombre), un instrumento urdido por los artistas Gabriel Blancafort y George Lhôte en 1967 y que ahora podrá escucharse por primera vez, finalmente y para vergüenza nuestra, durante un concierto en el que la centenaria interpretará también una pieza, rodeada de sus alumnos más ilustres. Espero que asista todo Dios de la ciudad y del más allá, porque hoy en el Conservatorio no veo a nadie del departamento de Cultura o Educación y aquí somos sólo una treintena de asistentes. Ay, qué país tenemos… 

El órgano Montserrat Torrent de Sant Felip Neri será uno de los orgullos de Ciutat Vella, pero hay que recordar que en el barrio tenemos los de la Catedral, Sants Just i Pastor, Santa Maria del Mar y Sant Sever, un grupo de instrumentos que —aparte de acompañar misas— deberían tener un sentido patrimonial-musical de alto valor para nuestra ciudad. La señora Torrent los ha tocado todos, como así se explica en la brevísima y un tanto árida muestra Cent anys, tota una vida que puede verse en el Museo Diocesano. Ya sabéis que soy de quejarme por sistema... y debo decir que la Torrent merecería una exposición como Dios manda que supere cuatro paneles desgarbados. Esperemos que la futura muestra que nos ofrecerá el Museu de la Música la supere en profundidad y contenido, que por eso tenemos una infraestructura de este tipo. A pesar de esta pequeña mancha, hay que dejar escrito en acta que Albert Torrents ha diseñado una programación del centenario bastante interesante, trufado de buenos conciertos. 

Volviendo a la presencia de los órganos en la ciudad, y como recordaba antes Oriol, uno de los hitos de Torrent fue la revalorización de nuestros instrumentos ilustres y de un repertorio, el catalán y el español (pienso en Joan Baptista Cabanilles y Francisco Correa de Arauxo), que sus manos han situado en la importancia que merecen dentro de la tradición europea. La presencia de estos instrumentos no es solo un hito museístico; por extraño que parezca... ¡¡¡están hechos para que alguien los toque!!! Barcelona, ​​recuerda mi amigo, fue la sede de grupos ancestrales como Ars Musicae, una cantera de la corriente historicista de la que salieron artistas como Torrent, Alicia de Larrocha, Victoria de los Ángeles o Jordi Savall. Este patrimonio, insisto ad nauseam, debería ser una joya para contar la vida musical de nuestra ciudad. Si queremos alejarnos del paradigma de “ciudad de paellas y sangría”, alguien debería promocionarla como toca...

Terminada la fiesta, interviene nuestra protagonista. Torrent, lo decía en un principio, es una señora de cien años con una energía y claridad mental envidiables. Nos habla de sus recuerdos, de cómo (dice con aquella catalana modestia que me pone tan nervioso) ha ido urdiendo una trayectoria musical sin pensar mucho en ello, y nos hace reír cuando se queja de la afectación musical de algunos intérpretes que hacen demasiados gestos de placer, recordando, en cita de un tal Brahms, que la música debe interpretarse con pudor. ¡Qué gran señora! Celebrémosla en vida. El centenario, lo vuelvo a decir, está rebosante de actos, conciertos y exposiciones de interés. Dejaros ver en alguno, porque Barcelona debe agradecer un sinfín de cosas a la señora Montserrat Torrent, organista excelsa, barcelonesa universal, música por los siglos de los siglos. 

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