Barcelona ante el desorden global

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06 de febrero de 2026 a las 09:32h

En un mundo marcado por la inestabilidad geopolítica, la polarización y la pérdida de referentes compartidos, la batalla decisiva no se libra solo en el ámbito económico o militar. Se libra, sobre todo, en el terreno de los relatos. Quién explica el mundo —y como lo explica— define qué es legítimo, deseable y posible. En este escenario, las ciudades tienen que acontecer contrapoder cultural, espacios capaces de generar imaginarios alternativos al cinismo, al autoritarismo y a la simplificación.

Europa ha sido históricamente una fábrica de relatos complejos. A diferencia de las narrativas hegemónicas basadas en el heroísmo individual o el triunfo sin matices, el cine y la literatura europeos han sabido hablar de fragilidad, contradicción y responsabilidad colectiva. Películas como Triangle of Sadness de Ruben Östlund o La cinta blanca de Michael Haneke no ofrecen consuelo, sino preguntas incómodas sobre el poder, la violencia y la moral. Y es precisamente aquí donde rae su fuerza política.

El mismo pasa con la literatura. La saga de La amiga genial de Elena Ferrante se ha convertido en un referente global no para que idealice Europa, sino porque muestra como la identidad, el género y la clase social se construyen —y se disputan— desde los barrios, desde la ciudad vivida. O Gomorra, que convirtió la denuncia del crimen organizado en un acto cultural de primer orden.

Estos relatos no nacen en el vacío. Nacen en ecosistemas urbanos que conectan creadores, editores, productores, festivales y públicos. Por eso, si Europa necesita un rearme moral, este no vendrá solo de Bruselas, sino de sus ciudades.

Barcelona tiene una posición singular para jugar este papel. Es una ciudad con industria cultural real, no solo con consumo cultural. Un potente sector editorial que publica en varias lenguas; festivales de cine, música y literatura con proyección internacional; escuelas de diseño, arquitectura y audiovisual que conectan talento local con circuitos globales. Y, sobre todo, una tradición de ciudad que entiende la cultura como espacio de debate, pero también como entretenimiento.

Vistas de Barcelona con Collserola de hondo. © Vicente Zambrano

Barcelona puede aportar tres cosas clave a este rearme europeo:

1.- Una mirada mediterránea y urbana: lejos de los relatos nostálgicos, Barcelona puede proyectar una Europa abierta, construida desde la convivencia y el conflicto democrático. Eso de "el mundo será catalán o talibán".

2.- Conexión entre cultura y políticas públicas: aquí la cultura puede dialogar con la vivienda, el espacio público, la tecnología o la sostenibilidad, generando relatos arraigados en problemas reales.

3.- Escala y red: Barcelona no tiene que competir sola, sino actuar como nodo de una red de ciudades europeas que coproducen películas, libros y proyectos culturales capaces de circular por el mundo.

En un momento en que los algoritmos tienden a uniformizar el imaginario global, las ciudades pueden ser el lugar donde se recupere la complejidad. Donde se construyan referentes que no prometan soluciones fáciles, pero sí sentido. Si Europa quiere volver a ser un faro, no basta con defenderse: tiene que volver a explicarse. Y Barcelona tiene todas las herramientas para ser una de las voces que lo hagan posible.