“A los ocho años escribí un relato. Cuando mi abuela materna lo leyó, lloró de emoción”. Tal vez fuese aquel el momento exacto en que Mariana Orantes decidió, de una forma más o menos consciente, que iba a ser escritora. “Me di cuenta de la capacidad que tienen las palabras de remover, de llevar a alguien hasta las lágrimas”, rememora, tras obsequiarse con un tapeo a base de ensaladilla y bravas “bien picantes”, coronado ahora por un ron Santa Teresa tomado a pie de barra al compás de Yaotecatl de Los Cogelones.
Crecida en las afueras de México DF, el seno de una familia no especialmente lectora ---“a excepción de mi tía Coti, que siempre me regalaba libros, y de mi abuela paterna, que siempre había querido ser escritora”---, se curte escribiendo relatos y poesía y, más adelante, en las facultades de Literatura Hispánica y Creación Literaria. “Pero en ambos casos me quedé a las puertas de la licenciatura, porque no me quise plegar a la burocracia de las tesis y los trabajos finales. La academia me daba, y aún me da, alergia”.
Y ríe, con una risa profunda, ingobernable como es ella, dispuesta a permanecer siempre en los márgenes y, desde ahí, poder gritar su odio contra los de arriba. Poder desobedecer a todo menos a sus apetitos literarios, “y ser, como dice Merton en Incursiones en lo indecible, lo suficientemente pequeña para ser libre frente al poder”.
Esta ingobernabilidad la ha llevado a desarrollar una amplia obra que abarca novelas, como El día del diente de leche o La casa vertebrada, y ensayo, con títulos como Huérfanos, La pulga de Satán o Los caballeros se quedan a descansar. “Por coherencia, procuro trabajar siempre con editoriales independientes”, aclara. Ha recibido becas como la del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México, la de la Fundación para las Letras Mexicanas o la de Escritura Creativa Montserrat Roig.
Algunas historias de violencia
Con un pronunciado gusto por elaborar y desarrollar historias que subvierten la noción común de normalidad a partir de pequeños detalles, y con las violencias ---las físicas, pero también las sistémicas--- como pernio sobre el que gira su obra, Mariana Orantes pone palabras y nombres a esos “indecibles” de Merton. Y lo hace sin pedir permiso a nadie.Vio su primer cadáver con ocho años, “era un bebé al que la madre había matado y dejado en un matorral, cerca de donde vivíamos”, recuerda, estremecida. Poco después, llegó el primer gran revés: su mejor amiga, Claudia, fue asesinada. “Tenía once años, como yo”. A partir de ahí, su preadolescencia y adolescencia fue en caída libre. “Una larga depresión de la que salí a los dieciséis años, punk, oscura y rebotada”, explica con una sonrisa triste.
Años después, en 2022, abordó la muerte de Claudia en su libro Visita guiada al mundo de los muertos, que habla de los tres episodios de muerte que más huella le dejaron, con ilustraciones de Rosario Lucas. Ahora, vuelve a hablar de ella en su nueva novela, Caer bajo tierra (Candaya), un onírico descenso al mundo de los ausentes, de la mano de cuatro mujeres que entrelazan sus caminos en un universo de bosques mitológicos, artes subversivas y acervo cultural mexicano.
“Mi próximo trabajo, no obstante, no está tan centrado en la violencia, sino que será un ensayo que indaga sobre procesos artísticos no académicos y no ligados a la IA”, anuncia. La reivindicación de un arte orgánico y libre que nace de la pasión de la escritora por la obra de Joan Brossa, tras bucear en ella en el fondo del MACBA.
Amor y extrañeza
“Visité Barcelona por primera vez en 2019. Me enamoré de la ciudad y quise establecerme aquí”. Tras la obvia demora motivada por la pandemia, la escritora consiguió encadenar becas y trabajos que la han convertido en barcelonesa desde 2022. Aquí vive con su pareja y con su gato Pipo, “que encarna mi ideal de vida”.Enamorada de las bibliotecas ---“sobre todo, la Agustí Centelles”---, de la vida de barrio, “de los mayores y de los niños, que son los que más necesitan que los protejamos”, siente las calles de la urbe como suyas. “Mi relación con Barcelona es de mucho amor y extrañeza, y, aunque es cierto que en algunos casos hay racismo, estoy muy agradecida a toda esa gente estupenda que me ha abierto los brazos”, decreta, trasegando el último sorbo de ron.
--- ¿Te apetece otro? ¡Estás invitada!
Mariana Orantes detiene momentáneamente su operación de liado de cigarrillo para fumar fuera. Mira a alrededor. La tarde avanza sin todavía alcanzar el crepúsculo, el paisanaje del Bar se anima y los acordes de Demolición, de Los Saicos, retumban en el ambiente.
“Acepto ---responde, finalmente, con una amplia sonrisa---, pero esta vez que sea un ron Flor de Caña nicaragüense, que también me gusta mucho”.
