La fotografía de Sergio Larraín habita estos meses en Barcelona como una presencia silenciosa. Más que una simple revisión de su obra, la muestra Sergio Larraín. El vagabundo de Valparaíso (Foto Colectania) propone un viaje por la trayectoria de un hombre que empezó buscando ver el mundo a través del visor y terminó encontrándose a sí mismo en el vacío.
Las salas de Foto Colectania albergan una buena cantidad de personas visitando la muestra, así que lo mejor es moverse en dirección opuesta para evitar entorpecernos, y empezar con los niños. Esos seres en el umbral, frágiles y feroces a la vez. Que imaginamos protegidos por el mundo adulto y que, sin embargo, en las fotografías de Valparaíso aparecen vestidos como hombres. Fuman. Miran a la cámara con una mezcla de desafío y cansancio prematuro, y parecen saber algo que no deberían todavía.
En esta primera serie, las imágenes de Sergio Larraín tienen como protagonistas niños que posan con una dureza casi teatral. Niños de la calle que han aprendido demasiado pronto a sostener la mirada de los adultos, en contraste con la vulnerabilidad absoluta de cuando duermen, acurrucados unos contra otros, con la boca abierta y las suaves facciones de la infancia. Son fotografías que conmueven, pero no denuncian ni dramatizan, solo observan. Y en esa observación aparece una forma extraña de ternura.
La cámara de Larraín parece acercarse mucho, pero al mismo tiempo mantiene una distancia esencial. Hay algo en su manera de mirar que evita la intrusión. Como si entendiera que fotografiar también es una forma de perturbar. Mirar a través de la lente es un acto de amor que, paradójicamente, establece una distancia insalvable.
Esa distancia convierte al fotógrafo en una presencia casi invisible. Una nota al margen de la escena. No es el protagonista ni el juez de lo que sucede delante de él. Más bien parece un testigo tímido, familiar, alguien que está allí sin incomodar. Esa discreción se percibe también en las fotografías de los bares de prostitutas o en las esquinas donde se reúnen los desposeídos. Está allí sin estorbar, habitando la intimidad ajena con el respeto de un invitado inesperado.
Si el alma de Larraín tiene una geografía, esa es Valparaíso. El puerto chileno aparece en sus fotografías como un organismo vivo. Escaleras que suben y bajan por los cerros, callejones estrechos, balcones asomados al abismo del Pacífico y una verticalidad que marea. Era algo más que un escenario. Agnès Sire, comisaria de la exposición, señala que la ciudad fue el lugar de su libertad.
Durante años, caminó por sus cerros como un vagabundo. De hecho, se le conocía como el "vagabundo de Valparaíso", pero no por carencia, sino por elección existencial. Caminar sin destino, observar sin prisa, dejar que la ciudad revele sus secretos. En sus capturas, no solo contiene la escena; la abraza. Un niño que corre, una pareja que se besa, un hombre que espera en una esquina. La urbe respira dentro de las imágenes.
Y en esa respiración aparece algo más profundo. Larraín no observa la pobreza desde arriba, sino que de algún modo se reconoce en ella. En los niños abandonados y los errantes, el fotógrafo encuentra un eco de su propia inadaptación, una resonancia entre su soledad y la soledad del mundo.
"Rectángulo en la mano, busco la geometría". Con esta máxima, definía su oficio. Para él, la cámara era un instrumento de orden frente al caos centrífugo de la realidad. En su libro de 1963 y así titulado, El rectángulo en la mano, el fotógrafo reflexiona sobre esta idea con una claridad casi filosófica. La fotografía, dice, no consiste únicamente en capturar un momento. Es un ejercicio de atención. Una forma de organizar la realidad mediante líneas, sombras y espacios.
Sus composiciones son pura arquitectura emocional. Las escaleras, las puertas, las esquinas y las ventanas se convierten en marcos naturales que contienen la escena. El fotógrafo no espera el instante, lo construye. Busca en el entorno una estructura que permita que la imagen respire.
A veces baja la cámara al suelo, adoptando la perspectiva de un perro o de un niño. Otras, eleva el punto de vista hasta que la realidad se vuelve abstracción. Pero el resultado siempre produce una sensación extraña de equilibrio. Incluso, cuando la imagen está llena de elementos, no hay agobio. Los pesos visuales se distribuyen con una precisión casi intuitiva. Las masas de sombra y luz se compensan.
Y el claroscuro no es un simple recurso estético. Es una manera de dirigir la mirada hacia el sujeto, de aislarlo momentáneamente del ruido del mundo. En medio del caos urbano, la figura humana adquiere una presencia casi escultórica. Y estas fotografías cuentan historias (o las sugieren). Amor, soledad, supervivencia… En ese sentido, Larraín se parece más a un escritor que a un fotógrafo. Un escritor de luz.
Pero su trayectoria fue un ascenso meteórico que terminó en una renuncia voluntaria. Apadrinado por Henri Cartier-Bresson, entró en la agencia Magnum. Viajó por Londres, París e Italia, capturando el pulso del siglo XX. Era el momento de mayor reconocimiento. Pero también el inicio de su incomodidad. La urgencia del fotoperiodismo chocaba frontalmente con su sed de contemplación. "No puedo seguir adaptándome… me gustaría encontrar una vía que me permitiese actuar a un nivel que para mí sea más vital", le confesó en una carta a Cartier-Bresson.
Así que en el cénit de su carrera abandonó Magnum y se retiró progresivamente de la vida pública. “La fotografía es una concentración de la conciencia”, decía. La imagen perfecta, explicaba, es “una especie de milagro que aparece en un destello de luz”. Un instante en el que todo se alinea y el fotógrafo presiona el botón casi por casualidad. Influido por el pensamiento zen, empezó a entender el arte como una aproximación al satori (iluminación personal repentina).
Su retirada fue también un gesto de desapego. En un acto casi ritual, llegó a quemar parte de sus negativos. Renunció a la fama y al reconocimiento que el mundo de la fotografía le ofrecía. Y paradójicamente, esa renuncia reforzó su mito. Hoy se le recuerda como uno de los miembros más singulares de Magnum: el fotógrafo que alcanzó el éxito internacional solo para abandonarlo en busca de silencio.
La exposición actual —en la Fundación Foto Colectania hasta el 24 de mayo---, así como la retrospectiva que ofrecerá la Biennal Xavier Miserachs a partir de este verano en Palafrugell, muestran no solo sus fotografías, sino también materiales inéditos, como una película en 16 mm sobre niños vagabundos, copias de época de sus trabajos de prensa y los llamados “satori”, dibujos y escritos de su etapa de aislamiento espiritual.
El recorrido permite ver con claridad la evolución de su mirada. Primero está el fotógrafo que explora el mundo exterior: las calles de Valparaíso, los barrios de Londres, los pueblos italianos. Después aparece el hombre que empieza a cuestionar el sentido de esa búsqueda. Finalmente surge el contemplativo que dirige la mirada hacia el interior. En cierto modo, la exposición narra la historia de una desaparición.
Larraín expresó en vida su deseo de mantenerse alejado de la mediatización. Quería que su figura no se convirtiera en espectáculo. Sin embargo, sus fotografías pertenecen también a la historia de la mirada del siglo XX. Entonces, ¿tenemos derecho a mirar la obra de alguien que pidió silencio?
Quizá la respuesta resida en nuestra forma de observar. Si las contemplamos con prisa, como simples documentos o iconos del fotoperiodismo, traicionamos su espíritu. Pero si las miramos con la misma atención silenciosa que parece haber guiado su creación, entonces algo ocurre. En muchas de ellas aparece una sensación extraña, casi narrativa.
"La fotografía es una concentración de la conciencia"Un niño fuma y duerme en la calle. Un hombre espera sentado en una silla una pareja con la que bailar. Una sombra cruza una escalera. Es como si el fotógrafo estuviera buscando a alguien. Y en esa búsqueda, de pronto, nos encontrara a nosotros.
Y quizá, también, se encontrara a sí mismo.
