“A los cinco años les dije a mis padres que quería tocar el piano. Ni la guitarra ni otros instrumentos. El piano”. El músico y compositor Andreu Ros sorbe un trago de su cerveza mientras las notas del Epistrophy de Thelonious Monk vibran en la atmósfera nocturna del Bar. “Ni siquiera recuerdo el porqué, solo sé que eso era lo que quería tocar y que insistí hasta que, al cabo de un año, mis padres se rindieron… y me apuntaron a piano”.
Sonríe tímidamente al recordar aquella prematura respuesta a la llamada de las teclas. “A los trece años, harto de tocar clásico, me fui con un profesor de piano más moderno y este me habló de Jerry Lee Lewis”. No cuesta mucho imaginar el impacto que en aquel preadolescente tuvieron la música y la estampa del killer de Luisiana. “Aluciné. Y empecé a tirar del hilo, claro, descubriendo a otros: Chuck Berry, Fats Domino, Carl Perkins…”.
Acababa de asomarse al R&B y el R&R y, como suele ocurrir cuando este tipo de sonidos se cruzan en la vida de alguien en el momento adecuado, ya no hubo vuelta atrás. “Me pasé los siguientes años tocando durante horas, descifrando aquellas notas, aprendiendo la base de lo que sé ahora”. Hasta que llegó el día en que, en el instituto de Lleida donde Andreu estudiaba, montaban una fiesta y hacía falta una banda que amenizara el asunto. Y no se lo pensó. “Junté a algunos colegas y preparamos un repertorio de versiones. Aquel fue mi primer concierto sobre un escenario y así nacieron también los Boppin’ Cats, mi primera banda, con la que nos empezamos a mover por garitos de Lleida y alrededores”.
Parece que fue ayer, pero han pasado ya unos cuantos años en los que el artista ha ido madurando como instrumentista, descubriéndose compositor y participando en diversos proyectos (cuando no creándolos), hasta llegar a tocar con nombres míticos de la era dorada del R&R como Alton & Jimmy, Chan Romero, Robert Gordon o Santo & Johnny, y nombres mayúsculos de la escena actual como Deke Dickerson o Sister Cookie. Pero para llegar a eso, primero tuvo que dejar Lleida e irse a Barcelona.
Algo así como una mili
“Para mí venir a Barcelona desde Lleida fue un salto cualitativo inimaginable. Aquí había todo lo que en mi ciudad faltaba en aquel momento: conciertos, tiendas de discos y ropa, fiestas, librerías especializadas…”. Y también había bandas, muchas bandas. “Simultaneaba mis estudios de carrera y máster en informática con conciertos. Primero, con los Boppin’ Cats, pero enseguida me llamaron para integrarme en los Double Six, que era un grupo muy rodado con músicos que casi me doblaban la edad. Y aquello fue para mí como hacer la mili”, ríe.Pronto también se integró en los Full Time Fools del guitarrista Jorge Nunes y su actividad devino frenética, “con un montón de conciertos y festivales”. Andreu Ros se iba abriendo paso en el mundo de la música de raíz en eventos señalados como Screamin’ o Destination 2165 y salas míticas como Rock & Blues de Zaragoza o 16 Toneladas de Valencia.
Tras Boppin’ Cats y Double Six, el músico se integró en Sick Boys, potente combo de R&R y R&B clásico en el que no iba a tardar en desarrollar una nueva faceta. “En esta etapa empiezo a componer temas, a sentir la llamada del estudio, un poco como los Beatles del 66 cuando decidieron aparcar los directos para dedicarse a crear canciones”. Con esta banda grabó dos álbumes y un EP, dándose cuenta de que, como es lógico en un grupo que no se lidera, sus canciones no sonaban exactamente como las tenía pensadas.
“Llegó la pandemia y lo que tenía que ser un EP con unos pocos temas que iba a grabar por mi cuenta se convirtió en un repertorio más amplio”, rememora. Así nació su banda, Doc and the Mads, que debutaba en 2022 con el elepé homónimo publicado por Buenritmo y que vuelven ahora con el EP digital Believe it or not, con un sonido que mezcla lo mejor del lenguaje sonoro de los 50 y 60: R&R, R&B, Boogie Woogie y Blues.
Una relación poco clara
“Recuerdo cuando llegué aquí a mis dieciocho años. Aquello fue brutal”, evoca el parroquiano. “Al principio, volvía a Lleida cada fin de semana, pero poco después ya era cada dos fines de semana. Ahora voy de uvas a peras”. Y, aun así, confiesa no tener clara, ahora mismo, cómo es su relación con Barcelona.“Van desapareciendo todos los lugares referenciales, clubes, bares… Antes, cada semana había fiestas y cosas que hacer, ahora hay fines de semana que no hay nada. Por eso he impulsado con unos amigos el Hide-a-Way, un evento que funciona como nuevo punto de encuentro para amantes de sonidos de los 50 y los 60, y que hace un poco de contrapeso a esa ciudad que se desdibuja bajo el peso de la gentrificación y las masas de turistas atestando el centro”, concluye, sorbiendo un trago largo con el que se acaba su cerveza.
--- Lo que no va a desaparecer es la oferta gastronómica de nuestro Bar. Es la hora de cenar y tenemos de todo: carta, tapas, raciones, bocatas, platos combinados… ¡Riquísimo todo!
Andreu Ros dirige su expresiva mirada castaña a uno y otro lado. Monk arremete con las notas de Bemba swing. El músico sonríe sin perder su característico retraimiento.
“Creo que optaré por un plato combinado y un buen postre”, decide al fin, captando las esencias del bar, respirándolas. Y, quién sabe, tal vez convirtiéndolas algún día en grandes canciones.
