Los neoyorquinos de espíritu tenemos nuevo alcalde y, poniendo de manifiesto que Gotham todavía es la capital cultural del mundo, hemos visto cómo la polarización general de los cerebros hacía explotar un eco de opiniones delirante que han pintado la llegada de Zohran Mamdani al City Hall como el retorno esperanzador de la izquierda antifa-anticapi-antietcétera o, en la otra orilla de los paranoicos, como si los electores hubieran favorecido la reencarnación del propio Bin Laden.
La realidad, as usual, es mucho más prosaica, y debemos empezar recordando algo tan simple como que Zohran Mamdani es un producto tan esencialmente yanqui como un misil Tomahawk. A pesar de que, por obra y gracia del trumpismo, el Partido Demócrata se ha visto obligado a virar hacia posiciones centristas (o casiderechistas), provocando que un líder autodenominado socialista parezca un marciano, la historia y el pensamiento de Mamdani son tan previsibles como el mac and cheese.
Antes de histerizarse con tal de proclamar advientos o el Apocalipsis, a la hora de conocer a un político debe hacerse algo tan sencillo (y tan de pueblo) como preguntar quiénes son sus padres y dónde ha estudiado. La biografía de Mamdani es bastante explicativa en ese sentido, pues aunque nacido en Kampala, su americanismo proviene de la mística (y la lógica contracultura) provocada por la globalización.
El nuevo alcalde de Manhattan y barrios es hijo de Mahmood Mamdani, profesor de African Studies en la Columbia, especializado en la permanencia de las estructuras coloniales atascadas dentro de Estados africanos supuestamente libres, y de Mira Nair, buena cineasta de películas donde se mastica la herencia cultural india para que los occidentales puedan digerirla sin problemas. Pese a pasar un tiempo en Uganda, Mamdani es un americano prototípico, hijo del sueño económico de unos inmigrantes bastante enriquecidos que ahora ven cómo su retoño no puede pagarse el pisito.
Paralelamente, y lejos de ser el working class hero que la izquierda catalana quisiera para reeditar el fenómeno Colau en Barcelona, Mamdani fue un chico que tuvo la existencia cómoda que impera casi siempre en el Upper West Side; estudió en la Bank Street School for Children (a saber, una de esas escuelas donde se trabaja mucho la diversidad racial chupiguai pero donde el Fifth Grade en este preciso instante te cuesta casi setenta y mil pepinarros), después al público Bronx High School of Science (donde se enamoró del profesor experto en sindicalismo y activista Marc Kagan), terminando sus estudios de africanismo en el Bowdoin College de Maine, universidad privada donde continuó el espíritu intelectual de su progenitor con una tesis dedicada al post-colonialismo de Fanon y el pensamiento de Rousseau; este último, en casa lo conocemos como el culpable de todo lo espantoso que acontece en nuestro mundo...
Repaso todo esto por poner de manifiesto que la tradición ideológica en la que se ha urdido la carrera política de Mamdani no tiene nada de nuevo y está fuertemente imbricada en el imaginario de los estadounidenses. Dicho de otra forma, quien vea en el futuro alcalde estrella tanto un woke radical como un comunistoide chavista está algo desorientado. De hecho, sus medidas estrella ---a saber, la congelación de los alquileres en la categoría rent-stabilized apartaments, la gratuidad de los autobuses y la sanidad universal para los niños--- podrían ser ideas compartidas por un político nórdico de centro o incluso por algún líder de la derecha germánica. Esto no quiere decir que Mamdani no sea un contrapunto evidente al nativismo impulsado por Donald Trump (¡quién, también vale la pena recordarlo, tiene un voto inmigrante bastante fiel!) y que su táctica de derribar el trumpismo a base de mayor radicalidad no pueda cambiar el curso de la política en EEUU.
Sin embargo, como ocurrió con los Comuns en Barcelona, Mamdani tendrá que chocar con las limitaciones lógicas de un programa muy ambicioso que todavía no ha explicado cómo podrá sufragarse, más allá de la cancioncilla del tax the rich. También deberá matizar sus posiciones respecto a instituciones de la ciudad que son todo un contrapoder, como la NYPD, un grupo armado de hombres que supera en número a muchos ejércitos del mundo y que ha sido un factor clave en todas y cada una de las alcaldías que han precedido la presente. En cuanto a la inmigración, diría que en Nueva York el tema cambiará poco porque, a diferencia de nuestra tribu y de su estatus de región sin estado, la capacidad de asimilación cultural de esta ciudad resulta todavía prodigiosa. Sea como fuere, el impacto de Mamdani en la política nacional será limitado, porque un demócrata neoyorquino nada tiene que ver con un militante izquierdista de Wyoming u Oklahoma.
Barcelona comparte con Nueva York el aumento de los precios de los alquileres y otros problemas, pero en Manhattan se amasa una fortuna con la que ni podemos soñarEl embobamiento de los barceloneses con Mamdani es lógico, porque nos encanta cualquier cosa que ocurra en nuestra urbe hermana. Pero su traducción a nuestro país es difícil, no solo porque sea un líder de izquierda orgullosamente feliz con la economía de mercado, sino porque la participación de inmigrantes y minorías étnicas en la política yanqui ya está más que normalizada. Por decirlo de una forma más prosaica, los neoyorquinos no sufren por la salud del inglés a pesar de vivir en la ciudad más plurilingüística del mundo, simplemente porque ---a nivel cultural--- todo el mundo debe pasar por el aro del idioma común.
Barcelona comparte con Nueva York el aumento de los precios de los alquileres y otros problemas de la economía doméstica, pero en las oficinas y centros culturales de Manhattan se amasa una fortuna con la que aquí ni podemos soñar. Los catalanes y los barceloneses, por desgracia, somos New Yorkers sin ningún ejército... Pero lo más curioso del caso es comprobar de nuevo cómo La Ciudad tiene una capacidad asombrosa de integrar opuestos, puesto que Zohran Mamdani y Donald Trump son dos hijos de la misma barriada de Queens. Que así continúe Nueva York, pacificando las guerras del mundo, y que sea por muchos siglos.
