“Supongo que en el fondo siempre he tenido un alma un poco del siglo XIX, no en un sentido estricto, sino más bien por esa fascinación por lo antiguo, por las cosas que ya casi nadie mira”. Ainhoa Corts sorbe un trago de Guinness mientras el arrollador ritmo de Rough an’ready de Whitesnake pone en marcha la última hora de la tarde. “Empecé con una fascinación por la Edad Media ---prosigue---, por esas vidas que ahora ya solo figuran en antiguos manuscritos, y terminé cayendo rendida al siglo XX y XXI, donde todo parece arder más de cerca”.
Incapaz de estarse quieta, se gana la vida como profesora de Historia y también de francés, “gracias a mi etapa de estudios en Toulouse”, aunque su amor por escarbar en el pasado de lo que hemos sido la ha llevado a navegar por distintas aguas. Ha trabajado en proyectos de archivística y memoria histórica vinculados a la Diputación de Barcelona, ha hecho radio y se ha metido en toda suerte de fregaos culturales, buscando satisfacer su necesidad “de entender cómo hemos llegado hasta aquí”. Y todo esto lo ha hecho “siempre con la sensación de que la Historia está viva y se cuela en todo lo que hacemos”.
De una de estas experiencias, “un proyecto mediante el que recopilamos testimonios de la Guerra Civil y de la posguerra”, nació su primera novela: Bajo el cielo, frente al mar. Publicada hace un par de años, la obra repasaba la vida de Martin Leblanc, desde su infancia en la Bretaña sacudida por la crisis de 1929 hasta la irrespirable Francia de Petain en la II Guerra Mundial, pasando por la Barcelona polvorín de la Guerra Civil.
Ahora, tan solo dos años después, sale a la calle su segunda novela, Maktüb. Lo que está escrito (Sar Alejandría Editorial), una obra que traslada al lector al presente siglo para explorar los límites entre el destino y la libertad, a través de escenarios bélicos que unen Europa con Afganistán. Ahí donde, pese a la crudeza de la guerra, la sangre y la pérdida, el amor es posible en medio de reporteros, refugiados y operaciones de falsa bandera.
Sin saber bien hacia dónde lleva todo
Ainhoa Corts iba para investigadora. O ese era el horizonte hacia el que avanzaba, “hasta que entendí que la investigación, tal como la había imaginado, no siempre encaja con el mundo real”. Y si bien le hubiese encantado poderse dedicar plenamente “a estudiar, a investigar, a pasarme la vida entre archivos y manuscritos”, asevera que las circunstancias la llevaron a tener “que poner los pies en la tierra, porque las humanidades están muy dejadas de lado y llega un punto en que tienes que decidir entre seguir soñando o intentar construir algo estable”.Trabajando en proyectos de recuperación del patrimonio y en algunos entornos culturales, se encontró con un mundo muy burocrático, “a veces bastante cerrado, y donde no siempre te toman en serio, sobre todo si eres mujer”. Así que, aunque no fuera su primera opción, tomó la decisión de dedicarse a la docencia. “Con el tiempo se ha convertido en un espacio donde puedo seguir hablando de lo que me apasiona, y contagiar esa curiosidad a otros. Al final, creo que ese equilibrio entre la realidad y la pasión por lo que hago es lo que me ha traído hasta aquí, y lo que, al final, me llevó a escribir ficción histórica”, razona.
Cabezona confesa, se siente muy satisfecha “de seguir adelante, aunque las cosas no siempre sean fáciles. Pero yo sigo, supongo que empujada por esa mezcla de obstinación y fe absurda que me hace seguir escribiendo, enseñando y creando, a pesar de no saber muy bien hacia dónde lleva todo”.
Aunque, para no saber adónde lleva todo esto, parece estar encarando muy decidida sus siguientes proyectos, “que abordarán temas del siglo XX desde ángulos distintos, buscando un poco ese punto crítico y emocional que siempre intento transmitir”. Más cosas que arden de cerca. A la vez, se atreve con otros terrenos como el terror –“he participado en un compendio de relatos de este género que se publicará en breve”– o la música, “que para mí es otra forma de contar cosas. Canto góspel desde hace muchos años y eso me da otra energía, otra manera de expresar que luego se nota en mi escritura”.
La magia del titiritero sigue en las calles
A pesar de ser de Vic, la escritora siempre ha tenido “la sensación de que Barcelona era parte de mí”. Y eso se debe en buena medida a su abuelo, “un hombre muy catalanista y orgulloso de la ciudad que me contaba sus anécdotas, me hablaba de arquitectos, pintores, escritores y de todas esas historias que hacen que la ciudad tenga vida propia. Siempre me contaba que, cuando él era niño, en el Gòtic, había un titiritero que recorría las plazas con su teatrillo portátil y que narraba siempre la misma historia de un gato callejero que robaba objetos brillantes a los turistas y los escondía en los tejados de la ciudad”. Sorbe un trago largo de cerveza negra, y añade: “nunca supe si era verdad o si exageraba; nadie me lo ha aclarado. Pero cada vez que paso por esas calles me gusta imaginar que aquel hombre realmente existió, y que los niños de posguerra, con pantalones cortos y calcetines altos, lo perseguían con ojos asombrados allá donde iba”.Una magia que está más en el pasado que en un presente contagiado por el turismo masivo: “Barrios como el Gòtic o el Born, que para mí tienen una magia increíble, se vuelven difíciles de habitar y casi imposible de sentir en su verdadera historia. Entre las terrazas, el ruido y la burocracia cultural, se vuelve complicado conectarte con la esencia de la ciudad”, lamenta liquidando, ahora sí, el último trago de Guinness.
--- Lo que te reconectará a la esencia de esta ciudad es nuestra oferta gastronómica, por si quieres cenar algo, que ya es hora.
Here I go again de Whitesnake llena el ambiente con su tempo lento. Ainhoa Corts exulta. “Plato combinado, ¡siempre! ---replica---. Me gusta picar de todo, probar mezclas… ¡como en el arte o la literatura!”. Y se toma unos segundos, antes de rematar, riendo: “Y que haya postre, ¡eso no acepta discusión posible!”.
