Lleva toda la mañana en una mesa del bar, dibujando y escribiendo en un cuaderno de grandes dimensiones, deteniéndose en la composición de imágenes y texto sólo para mirar a su alrededor e impregnar su inspiración con los rostros, voces y colores del entorno. A medias, un cruasán y un café con leche ya templado. Y, de fondo, las notas de Sugar Magnolia de Grateful Dead que se solapan con los ruidos del ambiente. Ahora ha parado de dibujar y ha cerrado su cuaderno. Agustín Comotto está listo para charlar.
“Toda mi vida he tratado de pensar por mí mismo, para que no piensen otros por mí”, arranca este bonaerense afincado en Barcelona desde 1999, que usa la imagen y la palabra para ganarse la vida y expresarse. Su infancia tuvo lugar en un entorno muy sensible a la cultura y a la política. “Mi padre era militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, así que huimos en 1976 de la dictadura de Videla y nos establecimos en Madrid hasta 1982”. En su casa no sólo había política, sino mucha cultura: “libros, cómics y mucha música, desde Hendrix hasta Charlie Parker”.
En ese entorno aprendió una lección fundamental: “la cultura es el antídoto de la época que nos ha tocado vivir, es el antídoto contra dictadores e influencers. Es la herramienta que nos salva de la alienación, de sentirnos locos en un mundo loco. La que nos permite buscar la belleza y, cuando la hallamos, ser conscientes de que la hemos encontrado”.
A los diez años, una hepatitis lo postró en la cama durante dos meses. Fueron decisivos para alimentar su vocación, “no tanto de dibujar, sino de contar historias a través del dibujo”. Durante aquella convalecencia, Agustín recibió muchos cómics —“línea franco-belga y, muy importante, Hugo Pratt”— y materiales para dibujar: “lápices, colores y tinta china”. A partir de ahí, ya no hubo marcha atrás posible. Ahí estaba toda la belleza: la que buscaba y la que sabía que iba a ser capaz de crear.
Vida de un historietista
Agustín Comotto no cursó estudios, sino que trabajó de aprendiz y se curtió de forma totalmente autodidacta. “Estudié con Leopoldo Durañona y aprendí muchísimas cosas de Alberto Breccia y de su hijo, Enrique”. A finales de los 80 empezó a publicar en la revista Fierro y arrancó la vida que siempre había buscado: la de contador de historias mediante el dibujo y la palabra, publicando en diversos países y con diversos reconocimientos y galardones como el premio “A la orilla del viento”, otorgado por el Fondo de Cultura Económica de México, por su libro Siete millones de escarabajos.
“Hace 27 años me vine a Barcelona porque aquí estaban las editoriales que me interesaban”. Sus primeros años en la ciudad se centraron en la ilustración infantil, trabajando para editoriales como La Galera, “pero este mercado fue cambiando y transformándose en algo que no me gusta, así que en 2010 me planteé volver al cómic adulto”. Durante los siguientes seis años trabajó en la novela gráfica 155, una biografía del anarquista argentino Simón Radowitzky, publicada con notable éxito internacional.
Desde entonces, el parroquiano no ha parado. Ha publicado El peso de las estrellas, sobre la vida del anarquista Octavio Alberola; biografías en formato de novela gráfica de Antonio Nebrija, Lenin o Joan Salvat-Papasseit; el cómic Stein (piedra), en el que narra la historia de su familia, o la ilustración de libros como Exilio, de Clara Obligado. Guionizada por Salva Rubio, y a medio camino entre el cómic y la biografía ilustrada, su nueva obra, Gaudí, la Sagrada Família i l’èxtasi (Comanegra), sumerge al lector en un viaje por la vida, los sueños y los anhelos del genio que revolucionó la arquitectura. El místico ermitaño que definió aquel Modernisme catalán que transformó el fondo y la forma de Barcelona, definiendo en buena medida su belleza.
Ciudad vendida
Tras más de un cuarto de siglo en Barcelona, el artista confiesa que ahora la vive desde sus márgenes: “vivo en Corbera, y eso me permite no tener que soportar la presión de miles de turistas escupidos cada día de la temporada alta desde los insosteniblemente numerosos puntos de atraque de los cruceros”.
Así ve esta ciudad, “extraordinaria, hogar de bibliotecas y librerías preciosas, y salpicada por una historia única, marcada por el anarquismo y las revueltas obreras, pero que ahora los poderes han vendido y convertido en una tienda”. Sorbe el último trago del ya frío café con leche y liquida el último fragmento de cruasán, antes de rematar: “la han deshumanizado”, que es lo mismo que lamentar que su belleza ha sido arrebatada.
—Lo que no pueden deshumanizar ni vender al turista es este bar. Aquí guisamos casero y a precios acordes con el rango salarial local…
Agustín Comotto capta la indirecta. Noia de porcellana, de Pau Riba, suena, mientras el artista anuncia, con una amplia sonrisa: “soy bastante todoterreno y me gusta comer bien, ¡así que creo que optaré por un buen esmorzar de forquilla!”.
—¡Buena elección!
