Hemos vuelto a picar el anzuelo. Ha sido suficiente con que alguien, en este caso el arquitecto Fernando Caballero, haya soltado la cifra de los 10 millones de habitantes como horizonte para su Madrid DF en 2050 para que, en nuestro territorio, en un cerrar y abrir de ojos, nos encontremos discutiendo sobre la Catalunya de los 10 millones a diestro y siniestro y no siempre con la serenidad necesaria. Es cierto que no todo es fruto del astuto cronista madrileño. Algunos escenarios demográficos oficiales también nos proyectan estas cifras. Pero los escenarios son eso, escenarios, y suelen haber varios (alto, medio, bajo, optimista, pesimista, tendencial...) que dependen de la evolución de un conjunto de variables. Lo que hace falta es saber cuáles son estas variables que los determinan.
Ahora bien, sí que hay que tener en cuenta que cuando la fuente principal de variación de la población son las migraciones, como pasa desde hace ya muchos años, la predictibilidad de los escenarios se reduce considerablemente, porque el número y diversidad de variables que entran en juego es muy elevado y muy volátil. Eso sí, por ahora solo tenemos una certeza: que en 2050 seamos 7, 8, 10 o 14 millones dependerá sí o sí de los flujos migratorios.
Pero ya puestos, una vez levantada la liebre de los 10 millones resulta pertinente hacerse preguntas que nos lleven a pensar cómo nos tenemos que preparar si se da el caso. Una de estas preguntas es: si en Catalunya llegamos a los 10 millones de habitantes, ¿cómo se repartirán en el territorio? La respuesta es sencilla: depende de cómo planifiquemos hoy. O sea, de las decisiones que tomemos como sociedad y, en particular, las que los poderes públicos trasladen a normativas, inversiones y políticas. Y, en este sentido, una de las claves es si continuaría habiendo una concentración de población en el entorno metropolitano de Barcelona o si, contrariamente, se favorecerían otras polaridades territoriales.
Algunos cálculos sencillos nos ayudarán a hacernos una idea de qué estamos hablando. Si proyectamos conforme el reparto actual de la población, al ámbito metropolitano de Barcelona (según la Generalitat, el territorio que agrupa el Barcelonès, el Baix Llobregat, el Maresme, el Vallès Occidental y el Vallès Oriental), que cuenta actualmente con unos 5 millones de habitantes, le corresponderían unos 6,2 millones. Esto quiere decir que, a grandes rasgos, de los 2 millones de personas que van de los ocho a los diez, 1.200.000 irían a la metrópoli barcelonesa y 800.000 al resto del país.
A pesar de que quizás es más interesante ---y decisivo para el país--- especular sobre cómo se distribuiría esta parte de los 800.000 nuevos habitantes, a mí me toca centrarme en la cuota metropolitana. La cuestión es que la evolución demográfica prevista, evidentemente, determina las necesidades de nueva vivienda y reclama indicar dónde y con qué características serán generadas, y, por eso, tenemos que acudir a los planes que están en marcha.
Como decía antes, de escenarios hay varios, también en la planificación, y para citar uno de relevante, como son las proyecciones que utiliza actualmente el Área Metropolitana de Barcelona (AMB) para elaborar su planeamiento, la población del territorio que podemos considerar región metropolitana de Barcelona se situaría, con la vista fijada en 2050, rozando los 5,9 millones de habitantes. Así, el Plan Director Urbanístico Metropolitano del AMB nos dice que hay que proveer de unas 450.000 viviendas principales la región metropolitana de Barcelona. Si tenemos en cuenta que esta previsión se hace sobre 5,9 millones de habitantes y no sobre 6,2, la cifra de nuevas viviendas principales necesarias a la metrópoli en el hipotético contexto de los 10 millones superaría el medio millón.
Cómo reorganizar Catalunya de acuerdo con las necesidades de la gente que vive y que vivirá en el futuro es una decisión que ya tendría que estar tomada hace tiempoPuede ser que una parte de estas viviendas procedan del retorno al uso residencial de al menos una parte de la oferta que hoy en día está copada por los usos económicos, no solo turísticos sino también de todo tipo de servicios: desde despachos notariales a consultas dermatológicas. De momento, en Barcelona ciudad se ha anunciado la eliminación de las licencias por viviendas de uso turístico en 2028, cosa que se prevé que libere unas 10.000 unidades. Falta ver si los municipios del entorno los absorberán o si seguirán la misma línea restrictiva pero, en el mejor de los casos, estamos hablando de un par de decenas de miles de viviendas.
Asimismo, todavía hay cierto margen en algunas comarcas para la transformación de segundas residencias en primeras, una tendencia que viene de lejos, pero que la pandemia aceleró y la dinámica de precios en el municipio de Barcelona y alrededores ha sostenido. También hay las diferentes alternativas de redensificación que repasábamos en un artículo anterior. Y todavía hay otro factor que no nos gusta mucho recordar, pero que tendrá gran incidencia: a quién y para qué usos irán a parar de aquí a 2050 las viviendas que actualmente ocupa el elevado porcentaje de población mayor de 80 años.
Lo que está claro es que el grosor de las nuevas viviendas implicarán nueva construcción, y que esta construcción solo es posible ya de manera masiva en los municipios más alejados del corazón actual de la metrópoli, que será, por lo tanto, el destino de la mayoría de las 700.000 almas que el mismo plan pronostica que crecerá la población (o el millón largo en el escenario de los 10 millones).
Unas almas, no debemos olvidarlo, cada vez más solitarias: casi un tercio del parque residencial corresponde ya a hogares unipersonales, y la demanda es creciente. Por lo tanto, el número de viviendas tendría que crecer todavía en mayor proporción respeto al crecimiento de la población en comparación con lo que ha sucedido hasta ahora.
Por la banda de la oferta conocemos bien las principales operaciones urbanísticas que se prevén a medio plazo dentro del municipio de Barcelona o cerca de las rondas. Las más destacadas serían, por orden de finalización prevista de sus piezas fundamentales: la estación de la Sagrera y la ecobarrio de Mercedes (2028); el Plan Director Urbanístico (PDU) de las Tres Xemeneies y Catalunya Media City (2029); nuevas instalaciones del Hospital Clínic en la Diagonal (2035) y el barrio de la Marina del Prat Vermell (2036). Todas ellas contemplan, de una manera u otra, la construcción de vivienda, para sumar en conjunto unas 30.000 unidades. Ponemos que con otras medidas se consiguen construir unas 30.000 más. Todavía faltarían por repartir más de 400.000 por el resto de la metrópoli.
Si abrimos el zoom territorial hasta alcanzar los 36 municipios que componen el Área Metropolitana de Barcelona (AMB), veremos que la propuesta del Plan Director Urbanístico Metropolitano, todavía en fase de tramitación, señala algunos lugares como potenciales nuevas centralidades, pero no siempre con proyectos firmes que las sustenten todavía. Las más preparadas para que el planeamiento actúe serían Cruïlla Sant Boi, la Torrassa, Quatre Camins, Riera de Palau y Montgat, además del Besòs Central (que integraría la Sagrera) y Porta Diagonal (en torno al nuevo Clínic). De cifras concretas, todavía hay pocas.
Lamentar que la mayor parte de Catalunya se vacíe (y acabe, por ejemplo, consumida por las llamas) no es compatible con continuar concentrando actividad económica y empleos en el centro de la metrópoliMás allá de los límites de la AMB, la incertidumbre es mayor. De hecho, el gobierno de la Generalitat todavía tiene que encontrar dónde ubicar las 50.000 viviendas asequibles prometidas antes de 2030, de las cuales la mayoría corresponderían a municipios de la región metropolitana. Y así será sea cual sea la evolución y sea cual sea la población catalana en 2050 a menos que la revisión que empieza ahora del Plan Territorial General de Cataluña cambie radicalmente el dibujo de los asentamientos humanos del país. Pero, una vez más, lo que pase en el entorno metropolitano de Barcelona será determinante.
No es ninguna novedad que la evolución de los acontecimientos nos dice que tenemos que parar más atención a lo que sucede en esta parte del territorio que hace de bisagra entre el núcleo de la gran metrópoli y el conjunto del país. Tampoco lo es que los hechos no satisfagan esta necesidad. Y eso que Barcelona, como la mayoría de grandes ciudades españolas, hace tiempo que crecen demográficamente muy por debajo de lo que lo hacen sus entornos metropolitanos y que estos se expanden cada vez más (de aquí el desafiante “Madrid de los 10 millones” de Caballero). En cambio, otras ciudades europeas como Viena, Ámsterdam o Múnich, con políticas públicas de vivienda mucho más consolidadas y más margen para la densificación, ganan población en mayor medida que sus áreas metropolitanas.
Pero en España, el hecho metropolitano no tiene un reconocimiento explícito en las políticas nacionales, autonómicas ni locales, y esto hace que no se desarrollen las herramientas necesarias para hacer que estos crecimientos expansivos se produzcan en buenas condiciones. Barcelona, con la AMB, es la excepción, pero como ya hemos señalado una y otra vez en esta columna, desgraciadamente se queda corta respecto a las dinámicas cotidianas.
Tanto es así que el planeamiento territorial de la región lleva en stand-by desde 2010, que Rodalies va como va o que ciudades como las que configuran el llamado “arco metropolitano” (Mataró, Granollers, Mollet, Sabadell, Terrassa, Rubí, Martorell, Vilafranca y Vilanova) sufran fuertes tensiones en sus arcas municipales para mantener un nivel digno de prestación de servicios en la creciente población.
Sea, pues, la Catalunya de los 10 millones o sea todavía la de los 8, la metrópoli más allá de la AMB es el territorio clave para el futuro del paísEl planeamiento territorial no es, por desgracia, una materia que ocupe portadas. Pero sí lo son, a la larga, las consecuencias del mal planeamiento o de su ausencia, que provocan urgencias que todavía desvían más la atención sobre el planeamiento. La crisis de la vivienda, el caos de Rodalies o los eternos barracones escolares son claros ejemplos. Cómo reorganizar Catalunya de acuerdo con las necesidades de la gente que vive y que vivirá en el futuro es una decisión que ya tendría que estar tomada hace tiempo, pero a veces parece que ni siquiera se pueda debatir con un mínimo de rigor y seriosidad.
Lamentar que la mayor parte de Catalunya se vacíe (y acabe, por ejemplo, consumida por las llamas) no es compatible con continuar concentrando actividad económica y puestos de trabajo en el centro de la metrópoli. Negar que existe una realidad metropolitana de la que forman parte cinco millones de personas dentro de un país que tiene ocho en total (algunos en otras realidades metropolitanas más pequeñas, pero no oficializadas) solo hace que esta realidad vaya creciendo sin control, desarticulada del resto.
Sea, pues, la Catalunya de los 10 millones o sea todavía la de los 8, para la que hay que recordar que incluso el actual conseller de la Presidència de la Generalitat de Catalunya, Albert Dalmau, admitía recientemente que no hemos llegado debidamente preparados, la metrópoli más allá de la AMB es el territorio clave para el futuro del país y hay que abordar esta cuestión de una vez por todas con responsabilidad y decisión antes de que los hechos nos acaben desbordando.