Hace calor en el paseo Maragall. Desde el metro de Horta, un par de terrazas me han tentado para que tomara algo refrescante pero, en lugar de eso, hoy toca escalar las empinadas cuestas salpicadas de antiguos chalets y torres del barrio de la Font d’en Fargues.
Y qué mejor sitio para empezar que, según dicen, uno de los puntos que fue el germen del barrio. Escondida tras una frondosa capa de altos árboles, la masía de Can Fargues resiste al paso del tiempo junto al paseo Maragall. De origen medieval, el complejo está rodeado de unos jardines que, tras más de una década de lucha vecinal, se abrieron al barrio hace unos años, con la masía rescatada del abandono y reconvertida en una escuela de música municipal.
A estas horas y con este calor, solo un par de perros con sus respectivos acompañantes pasean por los jardines. La considerable altura de los árboles aleja el ruido y las siluetas de los edificios que cercan el parque, y es fácil olvidarse del tráfico y pensar en esa inevitable expresión de oasis en plena ciudad. Una familia que parece ser inmune al calor se pasea entre los árboles, y se detiene frente a una pequeña fuente.
Aprovecho para preguntar dónde ir a tomar algo en el barrio, y me retan a subir a la Font d’en Fargues, también rehabilitada hace pocos meses tras años de abandono. Las indicaciones son sencillas: al salir del complejo medieval, tomar la calle de subida; luego, seguir subiendo hasta que parezca que no se pueda subir más y, una vez ahí, subir un poco más, hasta toparse con el antiguo quiosco modernista, que ahora ofrece bebidas y algún tentempié.
La calle Frederic Rahola se encarama a la montaña en un sinuoso y algo laberíntico entramado que, lejos de dibujar líneas rectas sobre plano, resigue el terreno ascendente que acaba convirtiéndose en el boscoso Parc del Guinardó. Imponentes torres y chalets que levantó la burguesía catalana siguen protagonizando las calles, ahora con un aire decadente que traslada a novelas de misterio y de tiempos mejores.
Varios huertos se asoman entre desordenadas construcciones, junto a varias casonas que erigió la Cooperativa de Periodistas, que forzó la normativa para acogerse a la Ley de Casas Baratas de principios del siglo XX y la aprovechó para construir grandes casas de estilo señorial. La mayoría siguen en pie tanto en la Font d’en Fargues como en Can Baró; esas las buscaremos en otro paseo.
Nadie más pasea a estas horas por las empinadas calles que conectan Can Fargues hasta la Font d’en Fargues, desvelando una vista panorámica de la ciudad hasta Collserola. Fue la fuente la que dio nombre al barrio, y no al revés: la masía de Can Fargues se conocía antes como Mas Pujol, o incluso Mas Margarita. Sea como sea, ambos lugares con el nombre del barrio y recuperados del abandono se conectan de chalet en chalet y de equipamiento en equipamiento: una escuela, un casal de barri, una bressol. Y ahí parece acabarse todo: la bressol, poéticamente en la calle del Descans, se topa con la montaña. Pero más allá se oye un rumor de conversaciones pausadas, niños y algún que otro perro. Hay que seguir subiendo.
Una pequeña rampa que parece conducir a la nada trepa aún más hacia el parque —o bosque— del Guinardó. De repente, emerge el quiosco modernista, colorido, vibrante, rodeado de mesas, de la fuente y su cueva y de un parque infantil que se asoma sobre Barcelona desde las alturas.
El sol ya empieza a despedirse del día, y varias familias disfrutan de los últimos momentos de plena luz de agosto, mientras que un par de lectores solitarios devoran palabras absortos desde sus respectivas mesas. A lo lejos, un hombre cuida su huerto, mientras una mujer le da indicaciones desde lo alto de su terraza, en un barrio de terreno irregular donde las plantas bajas de unos son pisos elevados para sus vecinos.
El conjunto modernista de la fuente, el quiosco y una antigua sala de envasado de agua —que ahora alberga uno de los baños más curiosos e inesperados de la ciudad— se asoman sobre Barcelona mientras el sol se decide a esconderse, al mismo tiempo que lo hacen las familias y los lectores que, faltos de luz, bajan de la montaña para, tristemente, volver al asfalto.
