Jean-michel Jarre y Charlotte Rampling. Francia 1980. Foto de Jean-Claude Deutsch / Paris Match via Getty Images

‘We can walk it out’. El universo en un casete

A partir del Walkman hemos caminado de un lugar a otro junto a Michael Jackson, David Bowie o Tracy Chapman, hemos bailado ‘Don’t Get Me Wrong’ en el parque y nos hemos desgañitado con ‘Insurrección’ de Manolo García y Quimi Portet o ‘El carrer dels torrats’ de Sopa de Cabra. Los hay que han llorado en el asiento de atrás del coche de los padres camino del camping.

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n una de las escenas de la adaptación cinematográfica de American Psycho de Bref Easton (Vintage Books, 1991) pasamos de la vista aérea de los rascacielos de Nueva York al pasillo de una de los cientos de oficinas de Manhattan donde Patrick Bateman, el protagonista, camina impecable hacia el despacho mientras escucha Walking on sunshine en un Walkman último modelo, notablemente mejorado respecto del primer modelo comercializado el 1 de julio del año 79. A pesar de que el precio de mercado de la primera versión de la aparato quedaba lejos del alcance de la mayoría de bolsillos (150 dólares), la máquina que revolucionó la manera de interactuar con la música tardaría pocos meses a hacerse popular en buena parte del planeta.

 

El aparato tuvo diferentes nombres según la zona geográfica: Soundabout, Freestyle, Spowaway, pero fue Walkman la que se impuso. Y fue uno de los cofundadores de la multinacional japonesa Sony quien provocó la eclosión, porque la idea de un cacharro que permitiera escuchar música donde y cuando quisieras había sido soñada, diseñada e, incluso, prototipada. Pero hasta que el empresario nipón, cansado de no poder escuchar ópera durante sus vuelos intercontinentales, no se presentó en la mesa de la junta donde se sentaban el resto de compañeros y dijo algo así como -señores, tenemos que empezar a caminar por el lado salvaje [doo doo doo doo doo doo…]-, el milagro de Nobutoshi Kihara -el empresario se llamaba así-, comparable al de multiplicar panes y peces y, por tanto, difícil de superar, no se hizo realidad.

El Walkman abrió de par en par una dimensión que, hasta el momento, había quedado relegada a los coleccionistas: descubrir y compartir estilos, grupos y modas se convirtió en una de las primeras redes sociales masivas

A partir del Walkman hemos caminado de un lugar a otro junto a Michael Jackson, David Bowie o Tracy Chapman, hemos bailado Don’t Get Me Wrong en el parque y nos hemos desgañitado con Insurrección de Manolo García y Quimi Portet o El carrer dels torrats de Sopa de Cabra. Los hay que han llorado en el asiento de atrás del coche de los padres camino del camping; no tanto por el efecto de una balada, que también, sino por el hecho de no tener que tragar, una vez más, el último trabajo de Mocedades. Y todos hemos disfrutado de los efectos colaterales del invento, como es el caso de la proliferación de las listas de reproducción en cintas pirata, preludio de las que ahora creamos en Spotify, iTunes o YouTube Music. Había que desarrollar la destreza, digna de bata blanca, que suponía sincronizar la aguja del tocadiscos con las teclas play y rec, y la habilidad de rebobinar los casetes en aparatos que sólo contaban con la tecla forward: detén la cinta, saca la cinta, cambia la cara, pulsa el forward, pulsa Stop, saca la cinta, cambia la cara, pulsa Play, aún falta, vuelve a parar la cinta, saca la cinta, cambia la cara… hasta que el héroe o heroína de turno ingenió la técnica del boli Bic, cuyo encaje en los dientes del torno del casete superaba la virtuosidad del propio Walkman y, por supuesto, el prodigio de los panes y los peces.

El Walkman abrió de par en par una dimensión que, hasta el momento, había quedado relegada a los coleccionistas. Descubrir y compartir estilos, grupos y modas se convirtió en una de las primeras redes sociales masivas, y la propagación de la música, entendida como un regalo para los sentidos, se disparó. Al reproductor nómada también se le atribuye ser uno de los primeros robots domésticos que promovieron el aislamiento al que, actualmente, nos brindamos en todo momento a través de los smartphones. De hecho, el motivo por el que me he tirado a escribir este artículo ha sido darme cuenta de este principio de aislamiento a través de una fotografía de cuando tenía cinco o seis años (de eso ya hace más de treinta). En la foto, cerca de un caserío en el término de Litera, en el pueblo, salgo con mi prima, que debería haber cumplido la veintena. El contexto es el de un domingo de comida familiar y es probable que la noche anterior, ella, la hubiera pasado en Florida 135. Yo pongo la cara que todos hemos puesto junto a las primas, aquellos seres deseables a los que hacen referencia los Manel en el disco Jo Competeixo.

 

La prima, sentada en una silla plegable de ropa, vestía un peto tejano, calzaba unas Victoria blancas, lucía unas Ray Ban oscuras y se la veía molesta, como si alguien la hubiera arrebatado del universo que cabía en el casete que sonaba dentro de su Walkman, cuyos auriculares llevaba puestos. Quizás revivía una anécdota de la madrugada anterior, tal vez una mirada, una conversación, un beso, un encuentro en el reservado de aquel antro a las puertas del Farwest de los Monegros. Quizás, lo que sonaba, eran los Beatles: sólo el tiempo dirá si tenía razón o estaba equivocado, sonaría en una pieza que habrían podido titular, perfectamente, We can walk it out.