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Un lugar donde sentirse seguro

Si te estás un rato sentada en los bancos de los Jardinets de Gràcia te llegas a dar cuenta de que en Barcelona circulan muchos buses y motos al mismo tiempo. Como un vals imparable. Una corriente continua, incesante, que solo es atravesada por los bocinazos. Según el nomenclátor, este lugar se denomina propiamente Jardinets Salvador Espriu

Una pareja de abuelos se han sentado en un banco en lo alto de los Jardinets de Gràcia. Se diría que es un gesto que hace cada tarde. La señora conserva el deje de elegancia en la manera de llevar la ropa –que ahora se acuclilla sobre un cuerpo un poco huesudo–  y en el peinado del pelo blanco, echado hacia atrás. El señor anda un poco más derecho que ella y parece que mantenga algo de fuerza que le permite llevar una bolsa con la merienda. De esta bolsa saldrán un sándwich y una fruta, que se comerán bajo la sombra de los plataneros, en medio del ruido del tráfico que sube y baja. A su espalda tienen la Casa Fuster, aquel tipo de castillo encantado –y encantador– donde vivió el poeta Salvador Espriu, ahora un hotel con un botones vigilante fuera (sombrero de copa en la cabeza y rectitud en el ademán) y las lucecitas cálidas, anaranjadas del interior, que seducen al transeúnte, como un anuncio que le dijera: “Aquí dentro se está como en el vientre de la madre”.

Si te estás un rato sentada en los bancos de los Jardinets de Gràcia te llegas a dar cuenta de que en Barcelona circulan muchos buses y motos al mismo tiempo. Como un vals imparable. Una corriente continua, incesante, que solo es atravesada por los bocinazos. Según el nomenclátor, este lugar se denomina propiamente Jardinets Salvador Espriu. Este es un sitio donde encontrar abrigo, donde hacer parada y fonda un rato, como puede hacer un libro de poemas. Los Jardinets son la entrada a la calle Gran de Gràcia, a la Gracia históricamente menestral y popular, viniendo del Paseo de Gràcia señorial y burgués. A ambos lados, ahora hay sucursales bancarias, joyerías, ópticas, inmobiliarias, departamentos del gobierno de la Generalitat y clínicas de cirugía plástica a punto de abrir. ¿Qué diría, Espriu, de este renglón de comercios y nuevos servicios? Hace sonreír, solo con pensarlo.

La pareja de abuelos parece un matrimonio de Gràcia de toda la vida que hace lo que han hecho cada tarde desde que se jubilaron y los hijos fueron mayores y las obligaciones también se esponjaron. Cuando ha acabado de dar el último mordisco a una galleta, la señora se pone a leer una revista. Muy cerca del banco donde están sentados, queda una de las tres esculturas que atraviesan los Jardinets. Se trata de L’Empordà. Oda nova a Barcelona (1903-1991), obra de Ernest Maragall i Noble, hijo del poeta Joan Maragall. Aparece una chica desnuda y otra con ropa fina, que se miran. La escultura se creó para conmemorar el centenario del nacimiento de Maragall (1960) pero durante años estuvo instalada en el parque de Cervantes. El nieto del poeta y alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, mandó trasladarla a los Jardinets de Gràcia. La mirada sosegada de las dos figuras femeninas parece que ligue más con el espíritu recogido de espacio verde, un bulevar de dimensiones de andar por casa –si lo comparamos con los parisinos– diseñado a raíz de la Exposición Universal de Barcelona de 1929.

Los abuelos se levantan, se sacuden las migajas y van paso a paso Jardinets abajo. Una paloma –de la enorme comunidad de palomas que los pueblan– les paso rauda por delante. Otra da saltitos hasta levantar el vuelo. Y un poco más allá, a la derecha, tres amigos tratan de aparear algo similar a una canción. Llevan un piano que se sopla, una guitarra y la voz un poco desajustada de una chica. Al otro lado, hay dos hombres con cara de trabajar duro que esperan a otro para acabar la tarea.

CAJA-OBELISCO EN EL SUELO
Los abuelos se ríen al ver cómo un perro se zambulle en la fuente que hay bajo las dos figuras de damas con ademán de oda. El perro se sacude el agua con gozo y sin soltar la pelota que ha atrapado con la boca. Es joven y también se ha acostumbrado a pasar la tarde en los Jardinets, en pos de la pelota, conociendo todos los agujeros y vericuetos escondidos en esta burbuja verde. Cuando sale del agua, su propietario le saca de la boca la pelota y ya tienes al perro lejos, tras él, corriendo con la lengua fuera como si en ello se jugara la vida. Ahora ha ido a parar al Solc, la obra de Frederic Amat dedicada a Espriu, la última de las obras instaladas en los Jardinets (en 2014). Es una caja excavada en el suelo, en forma de obelisco, que mide 17 metros de longitud. Y hace de sombra del monumento a Francesc Pi i Margall, en la plaza Cinc d’Oros, la confluencia de Diagonal y Paseo de Gràcia. Por esta caja se desliza el perro, una vez ha atrapado de nuevo la pelota, intentando frenar el impulso. Ha pasado por alto la placa de mármol, con relieve (La lectura, obra de Josep Clarà), que homenajea a Pompeu Fabra.

El perro vuelve feliz hacia su dueño, como diciéndole: te he vuelto a ganar. La pareja de abuelos sigue avanzando, paso a paso, imperturbable a la caja y a la velocidad general, hacia la parte baja de los Jardinets. Los saluda la inscripción que figura en el surco espriuense de Frederic Amat: “Brilla, dentro del único conocimiento del negro, el oro de mi sueño”. La inscripción saluda al perro y a la pareja, la juventud y la vejez, el paso del tiempo y las esperanzas vanas. La abuela se detiene de repente, como para descansar. Y en un gesto poético, coqueta, se alisa la falda y se pasa la mano por el pelo, hacia atrás.