Todo cine es fantástico. Sitges celebra los 50 años de ‘2001’

Un monolito emerge de las aguas marinas, frente a un horizonte crepuscular, coronado por un satélite natural que asociamos a la luna. Al pie del extraño y sin embargo familiar objeto, el logo del Festival de Sitges -la silueta amenazante de King Kong- acaba de contextualizar la imagen. Se conmemoran así los 50 años desde que Stanley Kubrick hiciera pública la joya del género de ciencia ficción '2001. Una odisea del espacio', obra celebrada también en la imprescindible exposición que podrá verse en el CCCB a partir del 24 de octubre.
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parecida casualmente el mismo año que El planeta de los simios, aquella obra pionera sugiere algunas de las consecuencias de la hipertrofia de la tecnología, tanto en lo que respecta a los seres humanos más evolucionados, científicos prácticamente apáticos, como al superinteligente ordenador de a bordo, HAL, que acaba desarrollando sentimientos patológicos. Además de la trama de thriller, la película de Kubrick ilustra alucinantes saltos evolutivos, inducidos por la presencia de esa “cosa” esencialmente inaprehensible, insinuando una nueva comprensión del espacio-tiempo mediante imágenes de insólita pregnancia, que la música (desde un vals de Strauss a las Atmosphères de Ligeti, pasando por la célebre versión sinfónica del nietzscheano Zaratustra) acaba de fijar en la memoria del espectador, y que recientemente hemos reencontrado en Arrival de Denis Villeneuve.

El cine fantástico comprende el cine de terror y el de ciencia ficción, categorías que no son estancas, pues en la representación de lo imposible -lo que se teme o anhela- se revela a menudo la cara oscura del progreso

La tópica contraposición entre una racionalidad extrema y la dictadura de lo irracional es tan fantasiosa y antigua como las ficciones románticas, en que se basan muchas de las primeras películas de ciencia y terror, como el Frankenstein de J. Searle Dawley (1910) o el Dr. Jekyll y Mr. Hyde protagonizado en 1920 por John Barrymore. Y es que el cine fantástico, lejos de ser un género menor, es el género fundamental -prácticamente fundacional- de la cinematografía. Ya lo había mostrado años antes Georges Méliès con su Viaje a la luna de 1902. Como ilusionista y hombre de teatro, nada más fascinante que la posibilidad de realizar la fantasía, de mostrar realmente aquello considerado imposible o irreal. Por eso muchas de sus cintas plasman apariciones y desapariciones, así como metamorfosis varias, muy exitosas en la época. Del año 1908 es la serie de transformaciones tituladas Fantasmagorie por Emil Cohl, que anticipa el género de la animación a través del dibujo. Siguiendo esta laboriosa senda en 1914 se “resucita” a la primera criatura jurásica (la entrañable Gertie the Dinosaur) mientras que en 1918 The Ghost of Slumber Mountain -más conocida como The Lost World– ya reproduce, a partir de engendros mecánicos, la temible posibilidad de un encuentro con especies extintas.

El cine fantástico de hecho comprende el cine de terror y el cine de ciencia ficción, categorías que no son estancas, pues en la representación de lo imposible -lo que se teme o anhela- se revela a menudo la cara oscura del progreso, que posibilita aquella extraña realidad, de hecho, a través de visiones distópicas. Un ejemplo conocido es Metrópolis de Fritz Lang (1927), en que las maravillas de los avances científicos, en la forma de una vida automatizada, deviene posible gracias al trabajo de unos cuantos, bajo la superficie de la ciudad. Este sistema será terriblemente desbaratado por causa de la primera criatura artificial, replicante de la adorable y pacífica Maria; el robot que, con su misma apariencia, traerá la muerte y la destrucción. De ahí que el diseño futurista conviva con escenarios góticos, y medios de transporte ultra-eficientes con imágenes y temas medievales -como el Dies irae, canción que anuncia el final de los tiempos- en paradójica retroalimentación.

 

En esta edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, no sólo tiene protagonismo uno de los cineastas más obsesivamente cuidadosos en la recreación de los mundos posibles que habilita la ficción cinematográfica, como Stanley Kubrick, sino que se concede premios a artífices destacados de ese género híbrido y total. El gran premio honorífico se le concederá al director Peter Weir, autor películas de corte variado, entre las que se ha desatacado la barroca The Truman Show, en que el Segismundo de turno (Jim Carrey) se encuentra tragicómicamente atrapado -sin que él lo sepa, a priori- en un mundo que no es más que un enorme plató. Sus aventuras y desventuras constituyen un reality para los telespectadores, fascinados por la inconsciencia y la autenticidad del actor (que no sabe que lo es). La identificación del espectador de la película con aquellos telespectadores es inevitable, así como eventualmente con la vida -restringida en libertades- del protagonista, alternándose la condición de incomprendido protagonista y de coro que canta, celebra o llora la suerte del héroe, desde una distancia sumamente empática. De este modo se reproduce la esencia de la fantasía cinematográfica, la visión que se despliega y realiza desde una posición solo aparentemente pasiva, como enseñó Hitchcock en La ventana indiscreta.

La representación de la fantasía provoca un exceso de realidad o surrealismo que convive perfectamente con la realidad cotidiana, por poco sensible que sea el espectador

Otro ganador de un premio honorífico, en la categoría de actor, es Ed Harris, que curiosamente caracterizó a la figura de director en la ficción de Weir. Los amantes de las series lo tendrán presente por su papel de forajido atemporal, atrapado -en este caso voluntariamente- en la recreación de Westworld. Esta exitosa serie de HBO escenifica un parque temático sin ley, poblado de autómatas de apariencia humana que se dejan hacer de todo sin apenas conciencia de su condición artificial, lo cual apunta poderosos vínculos con un título esencial para la ciencia ficción, como Blade Runner. Parte de la grandeza de la serie, en este mismo sentido, radica en la explotación de la ambigua línea que separa y reúne seres humanos y artificiales: los primeros capacitados de comportamientos manifiestamente irracionales (violencia/deseo), los otros cada vez más conscientes de sí, con una memoria que se desarrolla a través de sentimientos asociados a su vida pasada, e incluso a su temido acabamiento, en la línea de aquel monólogo final (“como lágrimas en la lluvia…”) solemnemente declamado por el replicante en la película de Ridley Scott. Se produce frente a un atónito Harrison Ford, no en vano ha sido salvado por el asesino sólo para oír su historia -ser espectador- y salvaguardar su testimonio más allá del tiempo, una actividad que se considera(ba) exclusivamente “humana”.

 

Junto a Ed Harris, Nicolas Cage es el otro actor que recibirá ese galardón, protagonista de películas como Corazón salvajeLeaving las Vegas o -ya puestos a referir misteriosos (y gozosos) desdoblamientos- de la imprescindible Adaptation de Spike Jonze. En esta estrambótica secuela de Being John Malkovich, pródiga en efectos de metaficción, Cage representa tanto a Charlie Kaufmann -guionista de aquella película- como a su hermano gemelo, Donald (aspirante a guionista en la ficción, pero completamente inexistente en la vida real… a pesar de haber sido nominado a los Oscar, Golden Globe y British Academy Awards, ¡por constar en los créditos junto a Charlie, como responsables del screenplay!). La representación de la fantasía provoca ese exceso de realidad o surrealismo que convive perfectamente con la realidad cotidiana, por poco sensible que sea el espectador a su día a día.

Son muchas las películas que podrán verse en la Sección oficial del certamen, y que sobreabundan en la existencia de mundos posibles, semejantes o emparentados con el pretendidamente real. Además de los grandes nombres del circuito -Lars von Trier, con el estreno de su The House Jack Built, por ejemplo- se presta atención a la producción alternativa norteamericana y a los creadores de nuestro contexto más cercano, configurando en suma un programa de gran atractivo. No podemos concluir sin recordar una de las presencias más esperadas: la actuación en concierto de John Carpenter, autor de cintas de terror memorables, además de compositor de sus bandas sonoras.