Star Wars (III): El fracaso es el maestro más importante

Una de las escenas más memorables -una escena central, inserida en el epicentro de la trilogía original- explica la superación del paradigma maniqueo en Star Wars, contra las opiniones más simplistas, que pretenden ver una mera lucha del bien contra el mal.

Una de las escenas más memorables -una escena central, inserida en el epicentro de la trilogía original- explica la superación del paradigma maniqueo en Star Wars, contra las opiniones más simplistas, que pretenden ver una mera lucha del bien contra el mal. La encontramos en El Imperio contraataca, durante la formación del joven Jedi por el maestro Yoda. Concretamente, cuando éste le invita a adentrarse en un recinto cavernoso, sin armas: “¿Qué hay adentro?”, pregunta el aprendiz. Yoda contesta: “Sólo lo que llevas contigo”.

 

DESDOBLAMIENTOS SINIESTROS
Luke desobedece las indicaciones, y lleva consigo la espada láser de su padre. En un momento dado, se le aparece la figura de Darth Vader, el archienemigo mítico, cuyo linaje todavía desconoce. De forma inmediata se enfrenta a él, y sin demasiada resistencia logra decapitarlo. La aparición verdaderamente siniestra, con todo, es otra: bajo la máscara del representante del mal lo que ve Luke, la faz desprendida del robótico tronco, es una imagen de sí mismo.

El cineasta que supo en aprovechar de forma pionera las posibilidades más siniestras que ofrece la virtualidad cibernética fue Friz Lang, al concebir en Metròpolis (1927) el primer replicante, el doble perverso de aquella -de nombre María- que previamente es caracterizada por su comportamiento bondadoso. Los dos extremos -egoísmo, interés inmediato y particular, frente a desapego, entrega a los demás-, son representados por una misma actriz, para el desconcierto del protagonista, que en la trama de Lang ignora el artificio de la reduplicación, producido por la ingeniería robótica. El vértigo que experimenta al ver a (la que cree que es) su María en comportamientos poco decorosos, cuando de hecho se trata del robot, es comparable a la experiencia de “lo siniestro”, que Freud había identificado en la narración más celebrada de E. T. A. Hoffmann, El hombre de arena (1816).

Como en Metropolis, se plantea la insoportable realidad de la amada que, de algún modo, no es: a pesar de las apariencias no existe, pues se trata de autómata, un engendro mecánico bellísimo, fabricado por un individuo vinculado a su vez a la muerte del padre del protagonista. Los desdoblamientos femeninos, que hacen inalcanzable a la mujer, no pertenecen sólo a la imaginación romántica y postromántica. Pensemos por ejemplo en Ese oscuro objeto del deseo de Luis Buñuel, en que dos actrices representan a la misma e inaprensible mujer. Más reciente todavía, Carretera perdida, de David Lynch, retoma la escisión de la insuperada Vertigo, de Alfred Hitchcock, al emplear una misma actriz para dos personalidades disímiles con algo en común: son atractivas, a la para que inaprensibles.

Pero, volviendo a la aparición siniestra de Vader en El imperio contrataca, cabe decir que aquel otro -el más distinto y odiado- se aparece familiar, como una contra-imagen de uno mismo, que es realizada a través del vínculo emocional. Puede esa imagen no ser, en efecto, “real”; pero, si afecta, es porque podría serlo. Coincidentia oppositorum, decían los antiguos, que anticipa -en aquella escena- la realidad. Pues Darth Vader es, en efecto, Luke. De algún modo, él es (producto de) aquél, o mejor, producto de aquello. Luke actualiza su asimilación a Vader por el modo como lo ataca, presa del miedo y movido por el odio.

El otro, el más distinto y odiado se aparece familiar, como una contra-imagen de uno mismo, realizada a través del vínculo emocional

La necesidad de dilucidar su destino familiar es lo que empuja asimismo a Rey, en Los últimos Jedi, a una siniestra cavidad, en las profundidades de la isla sagrada. Allí busca respuestas, atraída por la oscuridad matricial de su interrogante vital: ¿puede saber quién es ella, si no sabe quiénes son sus padres? En esta experiencia telúrica, que inevitablemente remite a la del joven Skywalker, no halla la solución, sí en cambio una multiplicación de su propia imagen, reproducida en serie, que le conduce a un cristal que se desempaña progresivamente, y detrás del cual espera ver a sus padres. El espectador la acompaña con ansias, para descubrir la verdad: lo que se acaba por ver es su propia faz buscándose, reflejada en el mirar que anhela una reparación del daño sufrido.

 

“¿QUÉ DEBO HACER, MAESTRO?”
Odio y amor
, en tanto que sentimientos motores, se reclaman respectivamente como más poderosos a lo largo de la saga, también en la batalla que libran los caballeros Jedi contra sus propios intereses. Experimentar el arrebato de la furia en la acción marcial aboca al lado oscuro. Es requerido el desinterés en la más instintiva de las acciones, la autoconservación frente al enemigo. Suprema paradoja que engancha al espectador. “Si me abates con ira te acompañaré siempre”, dic e Luke a Kylo Ren. Algo semejante había trasladado Obi-Wan a Vader, antes de desvanecerse, en La guerra de las galaxias (Episodio I), rebautizado Una nueva esperanza: “si me abates volveré más poderoso”

Prevenir la forma reactiva de nihilismo es el propósito subyacente a la advertencia que Nietzsche vertió en El ocaso de los ídolos: se trataría de derribar los ideales falaces -las imágenes huecas, otrora veneradas- sin enfado ni resentimiento, como por juego, para no quedar atrapado en una relación de dominación, ejercida, paradójicamente, por aquello que se quiere eliminar. Desde una perspectiva descaradamente budista, menos agresiva en sus planteamientos, al Jedi se le exige como imperativo moral el desapego y la concentración plena en el momento, dos de las actitudes menos frecuentes en nuestra época. Es probable que por este mismo motivo sean tan apreciadas en pantalla, aprehendidas como propias de héroes, con la habilitación de un espacio para la vivencia de una segunda realidad que complementa la que se vive de forma inmediata.

Al Jedi se le exige como imperativo moral el desapego y la concentración plena en el momento, dos de las actitudes menos frecuentes en nuestra época

Recordemos cómo el enamorado Anakin Skywalker, preso de la angustia (por causa a las recurrentes admoniciones que, en sueños, le hacen temer la muerte de su esposa embarazada) había preguntado a Yoda, como si se tratara del oráculo: “¿Qué debo hacer?”. La respuesta del maestro Jedi es tan clara como difícil de realizar en la práctica, por parte del implicado: “Practica el dejar marchar todo aquello que temes perder”.

Ese let go, relativo a lo que más se quiere poseer, resulta antinatural, contrario al sentido común; y puede ser comparable al movimiento de la fe que ilustra Abraham, el patriarca del Antiguo Testamento que accede a entregar en sacrificio a su hijo Isaac, después de tantos años (décadas) esperándolo.

Søren Kierkegaard explotó in extenso el pasaje bíblico en Temor y temblor para apuntar críticamente la inadecuación del pensamiento racional a la hora de comprender y comunicar los designios espirituales del hombre, en su relación con la dimensión trascendente. Su alternativa preferida -la concepción de la fe desde el absurdo, como movimiento que no se deja teorizar- halla acomodo en la radicalidad de cierta cosmovisión luterana, que no sólo se aproxima subrepticiamente a la explosión nietzscheana, sino que mantiene con la versión pacífica del budismo un cierto paralelismo. Rudolf Otto, en su ensayo Sobre el zazen com a forma extrema de l’irracional numinós, refiere afirmaciones “chocantes” de los maestros, “como cuando dicen que no quieren saber ni oír nada de Buda o del propio zen. Cuando se llega a tener conciencia de todas esas cosas -prosigue- es porque ya no se poseen de forma originaria y auténtica”.

 

EL FINAL (MÁS ALLÁ DE LA APARIENCIA)
Retornemos, en este párrafo final, al inicio de la primera parte. A la afirmación paradójica de Yoda en Los últimos Jedi (Episodio VIII), que en tiempos de coaching masivo quizá -sólo “quizá”- estemos más cerca de entender: “El maestro más importante, el fracaso es”. La sentencia está relacionada con el problema detectado también por Luke Skywalker, aquella suerte de endiosamiento implícito en el hecho de “ser una leyenda”, de ser considerado desde el mito y, en suma, una autoimagen excesivamente complaciente.

Que se acabe la disciplina Jedi como mito es la condición para que, en un sentido gatopardiano, se actualice su verdadera razón de ser. La ambigüedad no cesa en Los últimos Jedi: se intuye una brizna de esperanza en el corrompido Kylo Ren, del mismo modo que Luke se confirma falible. La decisión de destruir del templo y los textos sagrados -compartida por Yoda y Luke- busca reanudar una nueva estirpe de héroes, al tiempo que cuestiona el valor incondicional de la leyenda, y de paso recuerda en tono crítico la humana (y no obstante irracional) necesidad de creer.

Que se acaben la disciplina Jedi como mito es la condición para que, en un sentido gatopardiano, se actualice su verdadera razón de ser

Aquella afirmación de Yoda, alineada con la crisis que experimenta el todavía “joven Skywalker” -así se refiere a él venerable maestro- denuncia la flaqueza del sentimiento que acompaña a la victoria. Se suma a la crítica de la relación de dependencia que genera la creencia, así como a la asimilación meramente teórica, y a la pretendida posesión de cosas o personas. Esas formas de aprehensión habilitan la corrupción, abonan la senda oscura de la fuerza. También de otro maestro, Mace Windu, el joven Anakin, había recibido -en vano- una advertencia muy concreta (“Be mindful of your feelings”), que le invitaba a reconocer sus condicionantes internos, para trascenderlos y no ser víctima de ellos.

El pensamiento de reminiscencias budistas no se muestra precisamente secreto en la disciplina Jedi, y el entrenamiento de Rey en Los últimos Jedi enfatiza la correlación, nunca completamente excluyente, de bien y mal, lo cual -recordemos- trasciende el aparente maniqueísmo de la propuesta narrativa. El “lado oscuro” de la fuerza no posee una entidad -bien puede ser entendido en negativo, aún con San Agustín, como corrupción o ausencia de bien- pero tampoco el lado positivo es algo que se pueda poseer, sin más, y esgrimir de forma privilegiada por el mero hecho de saberse caballero Jedi.

Yoda, siempre entrañable, representa al maestro zen, y como tal postula el desapego, el desprendimiento de todo interés y pasión para la consecución de una atención plena, para la concentración en el momento de vida y la eliminación del temor, que a su vez diluye la posibilidad del sufrimiento. El término para este tipo de conciencia es mindfulness, vinculada a la práctica de la meditación, que vemos a Luke explotar hasta las últimas consecuencias –spoiler alert!– y gracias a la magia de la ficción cinematográfica en el final mismo de Los últimos Jedi.  El poder de la mente es empleado para confundir al enemigo, recreando a distancia una falsa imagen de sí, una apariencia (irreal) que se fragua desde la plena concentración, al margen del vaivén de las emociones. Luke está y no está. Es aquél que canaliza y condensa el odio de Kylo Ren, la sed de afirmación desde la destrucción, por lo que inevitablemente ha de dejar de ser.

Ofreciendo desde otro lugar un modelo de conducta con final feliz -final que implica un renacer, más allá del tiempo- se certifica la función religiosa del mito

Desde la distancia se desvanece Luke y deja su vestimenta sin soporte carnal, como lo había hecho Obi-Wan Kenobi. Y, del mismo modo, la aparente aniquilación bajo el efecto del odio eterniza su realidad espiritual, tanto para el enemigo como para las generaciones de discípulos y admiradores. Las reapariciones traslucidas serán fantasmagóricas y amenazantes para unos, pero beatíficas para otros, básicamente para los que creen o quieren creer desde la ficción, en esta época de crisis. Se sumará Luke a Yoda, o al mismo Obi-Wan, como ser inmortal que aconseja y guía a los vivos. Ofreciendo desde otro lugar un modelo de conducta, con final feliz -final que implica un renacer, más allá del tiempo-, se certifica la función religiosa del mito. (Fin de la trilogía).

Star Wars (III): El fracaso es el maestro más importante

Una de las escenas más memorables -una escena central, inserida en el epicentro de la trilogía original- explica la superación del paradigma maniqueo en Star Wars, contra las opiniones más simplistas, que pretenden ver una mera lucha del bien contra el mal.

Una de las escenas más memorables -una escena central, inserida en el epicentro de la trilogía original- explica la superación del paradigma maniqueo en Star Wars, contra las opiniones más simplistas, que pretenden ver una mera lucha del bien contra el mal. La encontramos en El Imperio contraataca, durante la formación del joven Jedi por el maestro Yoda. Concretamente, cuando éste le invita a adentrarse en un recinto cavernoso, sin armas: “¿Qué hay adentro?”, pregunta el aprendiz. Yoda contesta: “Sólo lo que llevas contigo”.

 

DESDOBLAMIENTOS SINIESTROS
Luke desobedece las indicaciones, y lleva consigo la espada láser de su padre. En un momento dado, se le aparece la figura de Darth Vader, el archienemigo mítico, cuyo linaje todavía desconoce. De forma inmediata se enfrenta a él, y sin demasiada resistencia logra decapitarlo. La aparición verdaderamente siniestra, con todo, es otra: bajo la máscara del representante del mal lo que ve Luke, la faz desprendida del robótico tronco, es una imagen de sí mismo.

El cineasta que supo en aprovechar de forma pionera las posibilidades más siniestras que ofrece la virtualidad cibernética fue Friz Lang, al concebir en Metròpolis (1927) el primer replicante, el doble perverso de aquella -de nombre María- que previamente es caracterizada por su comportamiento bondadoso. Los dos extremos -egoísmo, interés inmediato y particular, frente a desapego, entrega a los demás-, son representados por una misma actriz, para el desconcierto del protagonista, que en la trama de Lang ignora el artificio de la reduplicación, producido por la ingeniería robótica. El vértigo que experimenta al ver a (la que cree que es) su María en comportamientos poco decorosos, cuando de hecho se trata del robot, es comparable a la experiencia de “lo siniestro”, que Freud había identificado en la narración más celebrada de E. T. A. Hoffmann, El hombre de arena (1816).

Como en Metropolis, se plantea la insoportable realidad de la amada que, de algún modo, no es: a pesar de las apariencias no existe, pues se trata de autómata, un engendro mecánico bellísimo, fabricado por un individuo vinculado a su vez a la muerte del padre del protagonista. Los desdoblamientos femeninos, que hacen inalcanzable a la mujer, no pertenecen sólo a la imaginación romántica y postromántica. Pensemos por ejemplo en Ese oscuro objeto del deseo de Luis Buñuel, en que dos actrices representan a la misma e inaprensible mujer. Más reciente todavía, Carretera perdida, de David Lynch, retoma la escisión de la insuperada Vertigo, de Alfred Hitchcock, al emplear una misma actriz para dos personalidades disímiles con algo en común: son atractivas, a la para que inaprensibles.

Pero, volviendo a la aparición siniestra de Vader en El imperio contrataca, cabe decir que aquel otro -el más distinto y odiado- se aparece familiar, como una contra-imagen de uno mismo, que es realizada a través del vínculo emocional. Puede esa imagen no ser, en efecto, “real”; pero, si afecta, es porque podría serlo. Coincidentia oppositorum, decían los antiguos, que anticipa -en aquella escena- la realidad. Pues Darth Vader es, en efecto, Luke. De algún modo, él es (producto de) aquél, o mejor, producto de aquello. Luke actualiza su asimilación a Vader por el modo como lo ataca, presa del miedo y movido por el odio.

El otro, el más distinto y odiado se aparece familiar, como una contra-imagen de uno mismo, realizada a través del vínculo emocional

La necesidad de dilucidar su destino familiar es lo que empuja asimismo a Rey, en Los últimos Jedi, a una siniestra cavidad, en las profundidades de la isla sagrada. Allí busca respuestas, atraída por la oscuridad matricial de su interrogante vital: ¿puede saber quién es ella, si no sabe quiénes son sus padres? En esta experiencia telúrica, que inevitablemente remite a la del joven Skywalker, no halla la solución, sí en cambio una multiplicación de su propia imagen, reproducida en serie, que le conduce a un cristal que se desempaña progresivamente, y detrás del cual espera ver a sus padres. El espectador la acompaña con ansias, para descubrir la verdad: lo que se acaba por ver es su propia faz buscándose, reflejada en el mirar que anhela una reparación del daño sufrido.

 

“¿QUÉ DEBO HACER, MAESTRO?”
Odio y amor
, en tanto que sentimientos motores, se reclaman respectivamente como más poderosos a lo largo de la saga, también en la batalla que libran los caballeros Jedi contra sus propios intereses. Experimentar el arrebato de la furia en la acción marcial aboca al lado oscuro. Es requerido el desinterés en la más instintiva de las acciones, la autoconservación frente al enemigo. Suprema paradoja que engancha al espectador. “Si me abates con ira te acompañaré siempre”, dic e Luke a Kylo Ren. Algo semejante había trasladado Obi-Wan a Vader, antes de desvanecerse, en La guerra de las galaxias (Episodio I), rebautizado Una nueva esperanza: “si me abates volveré más poderoso”

Prevenir la forma reactiva de nihilismo es el propósito subyacente a la advertencia que Nietzsche vertió en El ocaso de los ídolos: se trataría de derribar los ideales falaces -las imágenes huecas, otrora veneradas- sin enfado ni resentimiento, como por juego, para no quedar atrapado en una relación de dominación, ejercida, paradójicamente, por aquello que se quiere eliminar. Desde una perspectiva descaradamente budista, menos agresiva en sus planteamientos, al Jedi se le exige como imperativo moral el desapego y la concentración plena en el momento, dos de las actitudes menos frecuentes en nuestra época. Es probable que por este mismo motivo sean tan apreciadas en pantalla, aprehendidas como propias de héroes, con la habilitación de un espacio para la vivencia de una segunda realidad que complementa la que se vive de forma inmediata.

Al Jedi se le exige como imperativo moral el desapego y la concentración plena en el momento, dos de las actitudes menos frecuentes en nuestra época

Recordemos cómo el enamorado Anakin Skywalker, preso de la angustia (por causa a las recurrentes admoniciones que, en sueños, le hacen temer la muerte de su esposa embarazada) había preguntado a Yoda, como si se tratara del oráculo: “¿Qué debo hacer?”. La respuesta del maestro Jedi es tan clara como difícil de realizar en la práctica, por parte del implicado: “Practica el dejar marchar todo aquello que temes perder”.

Ese let go, relativo a lo que más se quiere poseer, resulta antinatural, contrario al sentido común; y puede ser comparable al movimiento de la fe que ilustra Abraham, el patriarca del Antiguo Testamento que accede a entregar en sacrificio a su hijo Isaac, después de tantos años (décadas) esperándolo.

Søren Kierkegaard explotó in extenso el pasaje bíblico en Temor y temblor para apuntar críticamente la inadecuación del pensamiento racional a la hora de comprender y comunicar los designios espirituales del hombre, en su relación con la dimensión trascendente. Su alternativa preferida -la concepción de la fe desde el absurdo, como movimiento que no se deja teorizar- halla acomodo en la radicalidad de cierta cosmovisión luterana, que no sólo se aproxima subrepticiamente a la explosión nietzscheana, sino que mantiene con la versión pacífica del budismo un cierto paralelismo. Rudolf Otto, en su ensayo Sobre el zazen com a forma extrema de l’irracional numinós, refiere afirmaciones “chocantes” de los maestros, “como cuando dicen que no quieren saber ni oír nada de Buda o del propio zen. Cuando se llega a tener conciencia de todas esas cosas -prosigue- es porque ya no se poseen de forma originaria y auténtica”.

 

EL FINAL (MÁS ALLÁ DE LA APARIENCIA)
Retornemos, en este párrafo final, al inicio de la primera parte. A la afirmación paradójica de Yoda en Los últimos Jedi (Episodio VIII), que en tiempos de coaching masivo quizá -sólo “quizá”- estemos más cerca de entender: “El maestro más importante, el fracaso es”. La sentencia está relacionada con el problema detectado también por Luke Skywalker, aquella suerte de endiosamiento implícito en el hecho de “ser una leyenda”, de ser considerado desde el mito y, en suma, una autoimagen excesivamente complaciente.

Que se acabe la disciplina Jedi como mito es la condición para que, en un sentido gatopardiano, se actualice su verdadera razón de ser. La ambigüedad no cesa en Los últimos Jedi: se intuye una brizna de esperanza en el corrompido Kylo Ren, del mismo modo que Luke se confirma falible. La decisión de destruir del templo y los textos sagrados -compartida por Yoda y Luke- busca reanudar una nueva estirpe de héroes, al tiempo que cuestiona el valor incondicional de la leyenda, y de paso recuerda en tono crítico la humana (y no obstante irracional) necesidad de creer.

Que se acaben la disciplina Jedi como mito es la condición para que, en un sentido gatopardiano, se actualice su verdadera razón de ser

Aquella afirmación de Yoda, alineada con la crisis que experimenta el todavía “joven Skywalker” -así se refiere a él venerable maestro- denuncia la flaqueza del sentimiento que acompaña a la victoria. Se suma a la crítica de la relación de dependencia que genera la creencia, así como a la asimilación meramente teórica, y a la pretendida posesión de cosas o personas. Esas formas de aprehensión habilitan la corrupción, abonan la senda oscura de la fuerza. También de otro maestro, Mace Windu, el joven Anakin, había recibido -en vano- una advertencia muy concreta (“Be mindful of your feelings”), que le invitaba a reconocer sus condicionantes internos, para trascenderlos y no ser víctima de ellos.

El pensamiento de reminiscencias budistas no se muestra precisamente secreto en la disciplina Jedi, y el entrenamiento de Rey en Los últimos Jedi enfatiza la correlación, nunca completamente excluyente, de bien y mal, lo cual -recordemos- trasciende el aparente maniqueísmo de la propuesta narrativa. El “lado oscuro” de la fuerza no posee una entidad -bien puede ser entendido en negativo, aún con San Agustín, como corrupción o ausencia de bien- pero tampoco el lado positivo es algo que se pueda poseer, sin más, y esgrimir de forma privilegiada por el mero hecho de saberse caballero Jedi.

Yoda, siempre entrañable, representa al maestro zen, y como tal postula el desapego, el desprendimiento de todo interés y pasión para la consecución de una atención plena, para la concentración en el momento de vida y la eliminación del temor, que a su vez diluye la posibilidad del sufrimiento. El término para este tipo de conciencia es mindfulness, vinculada a la práctica de la meditación, que vemos a Luke explotar hasta las últimas consecuencias –spoiler alert!– y gracias a la magia de la ficción cinematográfica en el final mismo de Los últimos Jedi.  El poder de la mente es empleado para confundir al enemigo, recreando a distancia una falsa imagen de sí, una apariencia (irreal) que se fragua desde la plena concentración, al margen del vaivén de las emociones. Luke está y no está. Es aquél que canaliza y condensa el odio de Kylo Ren, la sed de afirmación desde la destrucción, por lo que inevitablemente ha de dejar de ser.

Ofreciendo desde otro lugar un modelo de conducta con final feliz -final que implica un renacer, más allá del tiempo- se certifica la función religiosa del mito

Desde la distancia se desvanece Luke y deja su vestimenta sin soporte carnal, como lo había hecho Obi-Wan Kenobi. Y, del mismo modo, la aparente aniquilación bajo el efecto del odio eterniza su realidad espiritual, tanto para el enemigo como para las generaciones de discípulos y admiradores. Las reapariciones traslucidas serán fantasmagóricas y amenazantes para unos, pero beatíficas para otros, básicamente para los que creen o quieren creer desde la ficción, en esta época de crisis. Se sumará Luke a Yoda, o al mismo Obi-Wan, como ser inmortal que aconseja y guía a los vivos. Ofreciendo desde otro lugar un modelo de conducta, con final feliz -final que implica un renacer, más allá del tiempo-, se certifica la función religiosa del mito. (Fin de la trilogía).