HIPPIES EN UNA TERRAZA DE IBIZA, ISLAS BALEARES 1972. FOTO DE RUDOLF DIETRICH, GETTY IMAGES

“Sobre un lecho mullido posaré mis miembros”. Islas, la felicidad en un rincón

La idea de felicidad (modesta pero real) atribuida a las islas es consecuencia de no experimentar las unidades de tiempo de la misma manera que se experimentan en el continente. Pero un solo percibe esta cualidad si es extranjero. Este hecho en buena parte se explica por el propio aislamiento, el cual hace indudablemente más fecundos los amplios ciclos de influencia que forjan el carácter: el legado de los grandes imperios, la herencia de los períodos de invasión y los vientos, efluvios de sabiduría.

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osep Pla explica que en los tiempos en que las barcas empezaban a moverse a motor, cuando un forastero ponía los pies en Formentera lo era hasta que la llegada de otro forastero no le sustraía tal condición. Poco acostumbrados a presencias foráneas, la noticia se esparcía tan deprisa que cuando el recién llegado entraba en un establecimiento, o se cruzaba con algún curioso, aquellos se le dirigían para decirle: -así que usted es el forastero. En palabras de Pla, Formentera era un paraíso de felicidad modesta pero real. Es un juicio que incluso ahora es válido. Los mismos formenterenses, sin embargo, no lo veían así. ¡Nos faltan tantas cosas!, decían. Cuando el ampurdanés les preguntaba cuáles eran esas cosas que pedían a gritos, la rogativa acababa circunscrita a poco más que un interés desmedido por vivir entre boticarios, médicos y abogados. Entonces Pla les respondía, refiriéndose a la isla, que aquél, un país de gente saludable y sin pleitos por suerte para ellos, se hacía desagradable a la gente de carrera. Aun así, no consiguió desapegarlos de la nostalgia que sentían por la mala vida continental.

No es extraño que determinadas almas continentales, sobre todo las atormentadas, de vez en cuando busquen cobijo en la inercia pausada de las islas

La idea de felicidad (modesta pero real) atribuida a las islas es consecuencia de no experimentar las unidades de tiempo de la misma manera que se experimentan en el continente. Pero un solo percibe esta cualidad si es extranjero. Este hecho en buena parte se explica por el propio aislamiento, el cual hace indudablemente más fecundos los amplios ciclos de influencia que forjan el carácter: el legado de los grandes imperios, la herencia de los períodos de invasión y los vientos, efluvios de sabiduría. Del mismo modo que ocurre con las personas expuestas a largos intervalos de quietud, las islas son identidades mucho más cercanas a la plenitud. Por el contrario, el carácter continental, exceptuando los territorios con escasas vías de comunicación, es incompleto y siempre interferido por el ruido y estímulos breves y cambiantes que provienen del trasvase de tierras vecinas. No es extraño que determinadas almas continentales, sobre todo las atormentadas, de vez en cuando busquen cobijo en la inercia pausada de las islas.

Explica Baltasar Porcel que Tiberio, el emperador romano, encontraba en las islas el encaje para su temperamento y condición desconfiada, malévola y avara. De joven se recluyó en Rodas y de viejo a Capri, donde se explayaba practicando orgías y sadismo. Otros encontraron el escondite perfecto para el contrabando, o bien un lugar desde donde abandonarse a los bostezos soporíferos. El consuelo de un huerto que pregona el fruto verdadero y las nubes que, como un faro para los navegantes errantes que somos -al fiar la vida a los móviles- nos devuelven al curso original, lo que nos acerca al detalle, a la piel que queremos, al perfume y a la disposición cromática.

Una isla es una idea para los románticos, los esquizofrénicos, los lunáticos. Un círculo de complicidades invisibles tramado para preservar el secreto de una forma de vivir que se hace difícil de adjetivar. Quizás lo más acertado sea calificarla de diáfana. Vida diáfana

En Sicilia, por ejemplo, el grado de parsimonia de las carreteras de interior, la deriva de quien faena en la cocina mientras espera que suba el café, o el sueño de quien en el bar se mira la partida de cartas no se corresponde al de buena parte de los pueblos continentales. Tampoco en Camiguin, la isla con más volcanes e iglesias por metro cuadrado del planeta, de naturaleza exuberante, mercado abarrotado de moscas y con el rostro de Jesucristo, desafiante como el del Che, Kurt Cobain o Janis Joplin, estampado en el pecho de las camisetas. Y tampoco en Rosala, antiguo emplazamiento vikingo donde en invierno juegan a seguir el chorreo morboso de los cuerpos imprecisos en la sauna.

Una isla es una idea para los románticos, los esquizofrénicos, los lunáticos. Un círculo de complicidades invisibles tramado para preservar el secreto de una forma de vivir que se hace difícil de adjetivar. Quizás lo más acertado sea calificarla de diáfana. Vida diáfana. Y por diáfana, sin otro remedio, de soledad, añoranza y exenta de sentimentalidad pulcra. Mirad si no como lo dibuja Safo, la poetisa de Lesbos -génesis del lesbianismo- en uno de sus versos: sobre un lecho mullido / posaré mis miembros.

El desespero perpetuó en Safo la condición de extraña. Su desespero, como todos los desesperos, quería tiempo y límites alcanzables y, en la isla, a pesar del tormento, encontró su rincón.

De la obra de Safo se conserva poco. Los documentos quemaron en las hogueras de la Iglesia católica. Dedicaba parte de su arte a escribir canciones por encargo. En buena medida para bodas, y entre éstas, para la boda de sus alumnas, de las que se enamoró perdidamente tal como manifestaba, sin reserva, en algunos de los versos: Me parece igual a los dioses / el hombre que frente a ti / se sienta, y de cerca te escucha / hablar dulcemente / y risa encantadora; esto de verdad, / me golpea el corazón dentro del pecho, / pues cuando te miro un instante, ya no me es posible / decir palabra […].

El desespero perpetuó en Safo la condición de extraña. Un reencuentro constante y parsimonioso con los contornos familiares de Lesbos que la mantuvieron en el papel de forastera. Su desespero, como todos los desesperos, quería tiempo y límites alcanzables y, en la isla, a pesar del tormento, encontró su rincón; un rincón de felicidad, modesta pero real.