Rotterdam. Foto de Stijn Hanegraaf.

Rotterdam, el Nueva York holandés

Después de quedar reducida a cenizas tras el bombardeo nazi de 1940, Rotterdam se volvió a dibujar a sí misma mirando sólo hacia el futuro. Hoy, el mayor puerto de Europa es una capital de perfil postmoderno y encanto cosmopolita donde lo convencional es ser atrevido. Bienvenidos al Nueva York holandés.
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otterdam es la antítesis visual de Holanda. Una aldea gala de rascacielos en medio del bucolismo neerlandés. En un país donde el corazón de las ciudades siempre parece una colección de casitas de muñecas, Rotterdam se alza orgullosa y desacomplejada encaramada sobre sus futuristas torres de cemento y cristal. Enamorarse de ella no es cuestión de una noche, pero con el tiempo necesario, su alma de puerto, su buen paladar y su carácter creativo y valiente dejan una impronta difícil de olvidar.

Casas-cubo de Rotterdam. Foto de Victor Garcia

Aquí, lo imposible tiende a la normalidad. Llegar en tren a la ciudad es como emerger a través de una gigantesca aleta de tiburón blanco. En las noches de invierno, su rascacielos vecino se ilumina con leds tintineantes pintando un cielo estrellado. Junto al antiguo puerto brota un barrio en forma de bosque amarillo donde las copas de los árboles son casas-cubo (Kubus Woning). Hay torres como piezas de lego en equilibro (Dock21), rascacielos que se calientan con el agua del río (Maastoren) y pirulís de más de 100 metros de altura (Euromast) donde se puede comer y dormir en las alturas y después bajar a tierra haciendo rappel o tirolina. También hay puentes como arpas titánicas que saben abrirse (Erasmusbrug) e incluso mercados cubiertos en forma de dolmen aerodinámico (Markethall) donde comprar debajo frescos de frutas mientras los vecinos hacen vida entre las paredes del edificio. En 2025, un edificio redondo de 174 metros (Dutch WindWheel) emergerá del agua del puerto con una hélice en su centro para ser restaurante, hotel, hogar, oficina, mirador y, sobre todo, icono de la Rotterdam que nunca deja de reinventarse.

LA CIUDAD QUE SOÑÓ DIFERENTE

 

El 12 de mayo de 1940, Rotterdam fue amputada de su antigua identidad. 15 minutos de bombas cargadas con 97.000 kilos de explosivos destruyeron 24.000 viviendas y 600 años de calles adoquinadas, edificios a dos aguas y ventanas sobre canales, convirtiendo el centro en un mar de escombros donde sólo la iglesia gótica de San Laurent (Sint-Laurenskerk) quedó de pie como un faro entre las ruinas.

Fue el abrupto final de siglos de tradición y décadas de modernidad. Rotterdam fue, entre guerras, la capital del espionaje y del jazz, de la cultura y la nocturnidad. Pensadores, traidores, emigrantes, hombres de negocios, artistas y canallas habitaron sus calles hasta que la guerra detuvo el tiempo. Tras la liberación, la ciudad hizo tabula rasa y se emancipó de su propio destino. No hubo sentimentalismo: Rotterdam decidió ser otra. El centro entero fue expropiado, nivelado y convertido en un lienzo blanco: ni siquiera el trazado de las calles debía ser respetado. La libertad fue total.

Rotterdam suplió su pérdida identitaria con el desarrollo de una nueva personalidad: la de “ciudad del trabajo” (werk stad). Y con el empuje del orgullo de la reconstrucción, la ciudad avanzó a través de las décadas como las grandes metrópolis americanas: entre las luces de los hitos arquitectónicos y las sombras de la delincuencia y las drogas. Pero, a partir de la segunda década de los años dos mil, los rotterdammers empezaron a exigirle a su ciudad algo más que oficinas y escaparates: quisieron vida, disfrute. Una nueva escena cultural y gastronómica empezó a consolidarse. Hoy, en la urbe donde no se teme a lo nuevo e innovar parece la esencia de pertenecer, el año es cinéfilo (IFFR, Architecture Film Festival, Wildlife Film Festival) y melómano (Festival Jazz Internacional, REC Festival, North Sea Jazz festival); el arte sale a menudo de museos y galerías para ocupar la calle y el buen comer se ejerce tanto entre estrellas Michelín como en puestitos de mercados callejeros.

Rotterdam, Hotel New York. Rijksmonument. Foto de F. Eveleens, 2007

ROTTERDAM Y NUEVA YORK, LA HISTORIA QUE ES SIN PODER VERSE

La conexión entre Rotterdam y Nueva York no es una cuestión de apariencia física. Un cordón umbilical en forma de ruta marítima latió entre las dos ciudades durante más de un siglo. En 1872, la naviera holandesa Holland Amerika Lijn inauguró una ruta por mar que unió Rotterdam con Nueva York hasta mitad de la década de los setenta del siglo pasado. Durante años, millones de personas partieron de los muelles del actual barrio de Kop Van Zuid huyendo de una Europa pobre y convulsa hacia un futuro incierto al otro lado del Atlántico.

Titanics anónimos zarpaban cada semana con entre 2.000 y 4.000 historias individuales a bordo, cargados de pobres hacinados en bodegas y ricos dándose festines en primera clase. La mayoría pasaron por las antiguas oficinas de la Holland Amerika Line, hoy renacidas tras años de abandono y convertidas en el Hotel New York. La mayoría esperaron su turno de embarque en grandes naves portuarias que también perecieron bajo las bombas nazis, pero que fueron reconstruidas y rebautizadas Fénix, como el ave. Hoy, esos espacios fabriles acogen restaurantes mientras esperan convertirse, en pocos años, en un lugar para el recuerdo. Porque en Rotterdam la historia es incorpórea. Pero, como los átomos, está en la esencia de todo aunque no se la pueda ver.