Skater en el Macba, Barcelona. Foto de Frans.

Respetad los embates de los patines

La plaça dels Àngels está asociada a una sonoridad: la de los monopatines deslizándose por el empedrado. Aquellos chicos inocentes de los noventa se han ido haciendo mayores, y ver skaters talluditos, que podrían tener hijos y nietos, ya no es nada excepcional. Siempre hay algún chiquillo que empieza, haciendo equilibrios en algún lateral, pero a los mejores se les reconoce a la legua, porque llevan un amigo lapa pegado a la espalda, persiguiéndolos con una cámara para grabar los saltos.

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ue la ciudad contemporánea es un espacio de choque rara vez se percibe tan claramente como en la Plaça dels Àngels: intente atravesarla sin mirar, que ya nos veremos en el hospital. La plaza originaria, mucho más pequeña, se remontaba a varios siglos atrás, pero la enorme explanada actual, un ejemplar orgullosísimo de aquellas plazas duras socialistas, inauguró los noventa, cuando la nave espacial del Macba aterrizó en medio del Raval. Desde entonces, la plaza de los Ángeles ha ido asociada a una estética, sí, pero sobre todo a una sonoridad: la de los monopatines deslizándose por el empedrado.

Hay plazas de los barceloneses, plazas de las palomas y plazas de los turistas: esta es de los monopatinadores. Llegan a media mañana -los espíritus libres no entienden de madrugones- y a partir de entonces los verás todo el día, entre piruetas, birras y el dolce far niente del diletante, hasta la tarde, la hora punta de mirar y dejarse ver. Patinar tampoco entiende de estaciones del año: igual da que sea invierno y haga un frío que pela, que siempre habrá alguno sin camiseta, luciendo los tatuajes, y ninguno de ellos llevará casco, que hace parecer un aficionado. Como máximo, alguna gorra tapacalvas, para que aquellos chicos inocentes de los noventa que se han ido haciendo mayores, y ver skaters talluditos, que podrían tener hijos y nietos, ya no es nada excepcional. Siempre hay algún chiquillo que empieza, haciendo equilibrios en algún lateral, pero a los mejores se les reconoce a la legua, porque llevan un amigo lapa pegado a la espalda, persiguiéndoles con una cámara para grabar los saltos. De toda una tarde yendo por el suelo, la grabadora salvará los dos o tres trucos con final feliz, y este fragmento irá derechito al Instagram.

Más o menos a cada hora, la escena se para un rato, el tiempo justo para que pase la patrulla de la urbana. Se están unos minutos plantados, como para intimidar, pero enseguida que les suena el walkie reclamándolos en otra parte, los skates lo intuyen y todo vuelve a rodar.

Las diversas especies conviven en harmonía, con un reparto tácito del espacio: los turistas ocupan las terrazas de debajo del Chillida gigante – «nos echan de casa, el barrio no se resigna» dice un cartel gigante, mientras que a unos metros de allí, siguiendo el mural de Keith Haring hasta la plaça Coromines, es donde se reúne la comunidad de freestyle, con cientos de jóvenes que improvisan versos en las escaleras de la Blanquerna. Antes había una numerosa comunidad de sin techo, por estos lares, y también se habían visto las partidas espectaculares de críquet de la comunidad paquistaní, pero los tiempos cambian y eso también ha pasado a mejor vida.

Hoy por hoy, en la plaça dels Àngels sólo hay patinadores, vecinos que esquivan los patinadores y la juventud que lo mira todo sentada en el poyo del museo, mientras el segurata enloquece diciéndoles que no se acerquen a la puerta, que podrían arrollar a algún visitante. Se habían visto lateros, pero ahora no hacen ni falta: la calle Joaquim Costa surte al personal de cerveza y cortes de pizza baratos.

A mediodía se acercan a los estudiantes de la central, que comen un tupper mientras toman el sol en la rampa, pero siempre deben vigilar de no sentarse en medio del paso. «Antes era otra cosa, con la especie autóctona aún, pero la especie invasora es mucho más agresiva»: eso les he oído conversar. Los únicos seres inmunes al estruendo de los monopatines son los niños de la Escola Vedruna: con tantos años de convivir con el ruido, esquivan con un instinto natural a este invasor caracol manzana sobre ruedas.