Pere Rovira. 70 años. Una crónica.

Antes de ver su rostro congelado en aquel punto entre el asombro y la alegría, leo en los ojos que le sonreirán que es un poeta. Y entre pestañas encuentro más de un acento para comprender qué es un poeta. Porque sus versos –que ya no son suyos– forman parte de nuestra prosa vital
M

iro a mi alrededor. Poetas, novelistas, músicos, pintores, periodistas, profesores. Ninguno parece, sin embargo, tener otro oficio en este momento que esperar con una desazón creciente, casi infantil, que aparezca Pere Rovira por la puerta y nos regale su cara por sorpresa. El hilo invisible que nos cose los unos a los otros en esta emoción es la amistad con un hombre que cumple 70 años y que, de un momento a otro, emergerá del contraluz del verano en los ventanales de un restaurante del Delta.

Entonces, pocos minutos antes que llegue, me pongo a leer las miradas expectantes. Leo que, para muchos, Pere es un maestro. En las universidades se encuentran muchos profesores, pero pocos maestros. Uno de aquellos que inoculan literatura durante años, sin miramientos. Y que todavía ahora se propaga por las clases, los escritos, los pensamientos de tantos y tantos alumnos y alumnos de los alumnos. Solo tuvo que hacernos entender que todavía debíamos aprender a leer y escribir. Y tan pronto como lo entendimos, aprendimos que la poesía, la literatura, tiene una arquitectura, una estructura necesaria para construir cualquier creación. Un artificio necesario para atar los sentimientos. Tan sencillo, tan difícil para la impetuosidad de la primera juventud. Y después nos vertía poesía a la cara para despertarnos del susto. Lecciones para recordar. Por eso todavía hay un aula donde se guarda el silencio del final de su última clase.

Antes de ver su rostro congelado en aquel punto entre el asombro y la alegría, leo en los ojos que le sonreirán que es un poeta. Y entre pestañas encuentro más de un acento para comprender qué es un poeta. Porque sus versos –que ya no son suyos– forman parte de nuestra prosa vital. O al revés, a veces no lo sabemos distinguir. Y esta es la poesía. Versos que nos dosifica como un cometa, con un libro cada siete años, después de completar una órbita en torno a su vida y sus lecturas. Poesía que se entiende, como dicen los que saben menos de letras pero más de los días.

Mientras no llegan los abrazos para marcarle en el cuerpo la estima, compruebo que en algunas pupilas aún quedan rastros recientes de sus novelas. Porque las historias que explica tienen eso, dejan poso. Quizás es culpa de la mezcla de ternura con realidad cruda. O de las historias de la historia que sabe cocer. El hijo de un albardero: quién le iba a decir que nos haría reír y llorar, que sería capaz de contagiarnos el orgullo y la rabia de los que pierden las guerras, la sabiduría y el chismorreo de pueblo. Sus novelas, otra forma de poesía.

Después llegará el momento de sentarse y nos mirará a todos y se hartará antes de saborear el arroz, mientras muchos ya querríamos estar en la sobremesa, que es el lugar donde saborear la amistad. El momento de degustar la inteligencia de una discusión, el comentario mordaz, donde encontrar la abrumadora vehemencia del Rovira desencadenado. Donde la anécdota vivida se puede convertir en capítulo. Es fácil encontrarlo en la confluencia de los libros, la música, el cine. Donde la vida y el arte se tocan.
Vendrán incluso las lágrimas para marcar a fuego el momento en que comprobará que hay mucha gente que le quiere y es capaz de hacer kilómetros y literatura para regalarle un libro que recoge qué parte y qué todo de él nos hemos quedado cada cual. Páginas llenas de palabras, dibujos, imágenes. Décadas de poesía, jazz, nocturnos urbanos, mesas bien puestas, algún disgusto, más de una pérdida, tanta ganancia.

Pero ahora miro cómo sus hijos esperan que entre en la escena que han preparado como quien elabora un soneto. Es uno de los regalos que no verá. El otro es la alegre complicidad de quien lo lleva del brazo hasta la trampa, Celina, su mujer.

Y todavía nos haremos, al caer la tarde, una foto en la frontera entre el azul del cielo y el verde de los campos de arroz. Mucha gente a quien este hombre ha filtrado de una manera u otra la vida. El rompecabezas de un día feliz. Pero ahora, que lo intuimos en el umbral, ya tengo un retrato del orgullo de conocer a uno de los mejores escritores que ha dado el país. La crónica de una amistad.

Featured Video Play Icon

Pere Rovira. 70 años. Una crónica.

Antes de ver su rostro congelado en aquel punto entre el asombro y la alegría, leo en los ojos que le sonreirán que es un poeta. Y entre pestañas encuentro más de un acento para comprender qué es un poeta. Porque sus versos –que ya no son suyos– forman parte de nuestra prosa vital
M

iro a mi alrededor. Poetas, novelistas, músicos, pintores, periodistas, profesores. Ninguno parece, sin embargo, tener otro oficio en este momento que esperar con una desazón creciente, casi infantil, que aparezca Pere Rovira por la puerta y nos regale su cara por sorpresa. El hilo invisible que nos cose los unos a los otros en esta emoción es la amistad con un hombre que cumple 70 años y que, de un momento a otro, emergerá del contraluz del verano en los ventanales de un restaurante del Delta.

Entonces, pocos minutos antes que llegue, me pongo a leer las miradas expectantes. Leo que, para muchos, Pere es un maestro. En las universidades se encuentran muchos profesores, pero pocos maestros. Uno de aquellos que inoculan literatura durante años, sin miramientos. Y que todavía ahora se propaga por las clases, los escritos, los pensamientos de tantos y tantos alumnos y alumnos de los alumnos. Solo tuvo que hacernos entender que todavía debíamos aprender a leer y escribir. Y tan pronto como lo entendimos, aprendimos que la poesía, la literatura, tiene una arquitectura, una estructura necesaria para construir cualquier creación. Un artificio necesario para atar los sentimientos. Tan sencillo, tan difícil para la impetuosidad de la primera juventud. Y después nos vertía poesía a la cara para despertarnos del susto. Lecciones para recordar. Por eso todavía hay un aula donde se guarda el silencio del final de su última clase.

Antes de ver su rostro congelado en aquel punto entre el asombro y la alegría, leo en los ojos que le sonreirán que es un poeta. Y entre pestañas encuentro más de un acento para comprender qué es un poeta. Porque sus versos –que ya no son suyos– forman parte de nuestra prosa vital. O al revés, a veces no lo sabemos distinguir. Y esta es la poesía. Versos que nos dosifica como un cometa, con un libro cada siete años, después de completar una órbita en torno a su vida y sus lecturas. Poesía que se entiende, como dicen los que saben menos de letras pero más de los días.

Mientras no llegan los abrazos para marcarle en el cuerpo la estima, compruebo que en algunas pupilas aún quedan rastros recientes de sus novelas. Porque las historias que explica tienen eso, dejan poso. Quizás es culpa de la mezcla de ternura con realidad cruda. O de las historias de la historia que sabe cocer. El hijo de un albardero: quién le iba a decir que nos haría reír y llorar, que sería capaz de contagiarnos el orgullo y la rabia de los que pierden las guerras, la sabiduría y el chismorreo de pueblo. Sus novelas, otra forma de poesía.

Después llegará el momento de sentarse y nos mirará a todos y se hartará antes de saborear el arroz, mientras muchos ya querríamos estar en la sobremesa, que es el lugar donde saborear la amistad. El momento de degustar la inteligencia de una discusión, el comentario mordaz, donde encontrar la abrumadora vehemencia del Rovira desencadenado. Donde la anécdota vivida se puede convertir en capítulo. Es fácil encontrarlo en la confluencia de los libros, la música, el cine. Donde la vida y el arte se tocan.
Vendrán incluso las lágrimas para marcar a fuego el momento en que comprobará que hay mucha gente que le quiere y es capaz de hacer kilómetros y literatura para regalarle un libro que recoge qué parte y qué todo de él nos hemos quedado cada cual. Páginas llenas de palabras, dibujos, imágenes. Décadas de poesía, jazz, nocturnos urbanos, mesas bien puestas, algún disgusto, más de una pérdida, tanta ganancia.

Pero ahora miro cómo sus hijos esperan que entre en la escena que han preparado como quien elabora un soneto. Es uno de los regalos que no verá. El otro es la alegre complicidad de quien lo lleva del brazo hasta la trampa, Celina, su mujer.

Y todavía nos haremos, al caer la tarde, una foto en la frontera entre el azul del cielo y el verde de los campos de arroz. Mucha gente a quien este hombre ha filtrado de una manera u otra la vida. El rompecabezas de un día feliz. Pero ahora, que lo intuimos en el umbral, ya tengo un retrato del orgullo de conocer a uno de los mejores escritores que ha dado el país. La crónica de una amistad.