Sede de Lehman Brothers en Nueva York el 16 de septiembre de 2008.
Foto de Mehmet Demirci / ZUMAPRESS.com.

No hay futuro sin clases medias

La crisis del 2008 ha dañado gravemente la hegemonía de las clases medias en Europa o los Estados Unidos pero, al mismo tiempo, los expertos calculan que, en términos globales, alrededor del 42 % de la población mundial es clase media, con un total de unos 3.200 millones de personas, y que, salvo imprevistos fatídicos, en unos años esta superará el 50 % de la población mundial. El crecimiento de las clases medias en los países emergentes alcanza ya una magnitud global.
L

a clase media no fue un tema recurrente en el debate público internacional hasta que compren­dimos la dimensión del colapso financiero y económico iniciado por la quiebra de Lehman Brothers. Desde entonces ha crecido el núme­ro de expertos que le prestan aten­ción. Y no son pocos los que se han encargado de vociferar a los cuatro puntos cardinales que la clase me­dia ha muerto o que está a punto de hacerlo. Hay quien no llega a tanto, aunque sí se subraya la lista de in­numerables problemas a los que esta se enfrenta. Christine Lagarde ha advertido en numerosas ocasiones de la profunda «crisis de las clases medias en las economías avanzadas» y de la necesidad de en­contrar soluciones para paliar sus efectos. Como directora del Fondo Monetario Internacional, sostenía hace unos meses que el desencanto ante el futuro, la falta de trabajo, un escaso crecimiento de las econo­mías implicadas, la creciente des­igualdad y la falta de transparencia habían alimentado el declive de la clase media.

Christine Lagarde FMI
Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, enero de 2013. Foto de Michael Wuertenberg

CLASE MEDIA Y CRISIS DEL 2008. Un informe publicado por el think tank Pew Research Center remarcaba que en algunos países europeos, como era el caso de España, Alemania o Finlandia, la clase media había sido una de las principales damnificadas de la crisis económica. Según este estu­dio, la clase media española, que había representado casi el 70 % de los hogares a inicios de la década de los noventa, se había reducido en siete puntos porcentuales en el 2013. E incluso se podrían rebajar estos cálculos. Una monografía de la Fundación BBVA y del Institu­to Valenciano de Investigaciones Económicas establecía que la clase media es el 52 % de la población española. Según esta investigación, más de tres millones de españoles habían sido desplazados de la zona media de la distribución de la renta. Pero el fenómeno también traspasa las fronteras europeas. La clase media estadounidense se ha visto afectada con dureza, y es uno de los aspectos clave del debate público en los Estados Unidos. De hecho, la Administración Obama se vio obligada a crear un grupo de tra­bajo, en el que participaron varias agencias federales, para responder a los problemas de la clase media. Los frutos no fueron los esperados y, en la actualidad, el presidente Trump sigue prometiendo un enorme re­corte tributario que permita aliviar la situación de la clase media.

DEFINICIÓN AMBIGUA. Sin embargo, ¿de qué hablamos cuando decimos clase media? Quizá deberíamos co­menzar utilizando el plural, como es habitual en el uso francés, por la extremada diversidad de este grupo social. Y es que, a pesar de los cen­tenares de definiciones propuestas por sociólogos, economistas o his­toriadores, aún no acotamos ade­cuadamente el concepto. El objeto, por tanto, es frágil y complejo. ¿Qué tienen en común las clases medias? Hay quien da preferencia a los ingresos económicos, otros al con­sumo y los hay que se concentran en precisar los rasgos de una identidad sociocultural. Probablemente todos tengan algo de razón, porque estas dimensiones se encuentran inte­rrelacionadas y son inseparables. Al final, la mayoría de los expertos eligen el camino fácil y ambivalen­te: la clase media sería aquella que se encuentra entre las clases altas y las bajas.

En España, se considera que la clase media está formada por profe­sionales exitosos, pasando por fun­cionarios, pequeños empresarios o trabajadores de contrato fijo en fábricas. Tanto es así que el «todos somos clase media» se convirtió en un adagio común, aunque hoy se encuentra en horas bajas. Lo mis­mo sucedería si recorriéramos el resto de la eurozona. De esta forma, se favorece una identidad fuerte pero demasiado genérica y frágil, de la que es imposible extraer un denominador común. Hay autores como Branko Milanović que creen que no se puede hablar de una clase media global, dadas las fuertes va­riaciones regionales y nacionales. Y es que, sin salir de Europa, la dife­rencia salarial entre los miembros de este grupo es de hasta 30.000 euros en las rentas medias. De poner el acento en el campo de los ingresos, caeremos en una defini­ción demasiado mecánica y difusa. El fenómeno no es nuevo. A lo largo del siglo XIX, cuando aún se habla­ba de una pequeña y media burgue­sía, los artesanos eran un ejemplo paradigmático. Por capacidad de ascenso y propiedad deberían ha­ber encajado en la clase media que, en la España de entonces, representaba un escaso 5 % conformado por funcio­narios públicos, maestros, médicos, ingenieros o caseros. Sin embargo, los artesanos no quisieron pertene­cer al club porque lo que convierte a los individuos en clase media es que estos quieran serlo. Las clases medias existen como grupo en un nivel de representación que cree compartir una forma de ver el mun­do e interpretar la realidad, aunque sepamos que la diversidad de este grupo hace imposible delimitar objetivamente cuáles son estos va­lores, actitudes y estilo de vida. La autoidentificación, por tanto, será la principal clave interpretativa, si bien se trata de una definición de una consistencia un tanto líquida.

LOGROS DE LAS CLASES MEDIAS. El mundo tal y como lo conocemos es una consecuencia del ascenso de las clases medias, un fenómeno que refutaba las ensoña­ciones de Karl Marx sobre su desa­parición temprana. Como señaló el historiador Jürgen Kocka, la clase media asumió el control de la cultura burguesa y así pudo abanderar la lucha por estos ideales. Los que en un tiempo no fueron más que privi­legios al alcance de las élites (como el derecho al sufragio, la educación o el consumo) se universalizaron, especialmente durante la edad de oro de la clase media, lo que cono­cemos como los treinta años glorio­sos. Por esta razón, Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi han defendido que el fin de la clase media sería la puntilla de la estabilidad social y política que esta representa.

Tras los devastadores efectos de la Segunda Guerra Mundial, las cla­ses medias construyeron el consen­so demoliberal de la posguerra has­ta la crisis del petróleo. El contexto era favorable como consecuencia del crecimiento demográfico o las políticas del estado de bienestar, con el desarrollo de las pensiones, el seguro de desempleo, la sanidad o la educación pública. La mayoría de los trabajadores se convirtieron en propietarios en aquellos días, po­dían viajar durante las vacaciones y, lo que no era poco, consumir. En palabras de Tony Judt, el estado de bienestar fue el creador de la clase media y este grupo será su principal beneficiario y valedor. Pero la crisis golpeó con fuerza en los años seten­ta y se inició un lento retroceso.

La crisis del petróleo provoca una reducción del horario de las gasolineras americanas. National Archives, United States, 1973. Foto de Smith Collection/Gado/Getty Images.

En España, el proceso fue dis­tinto por su particular contexto sociopolítico. El primer impulso para el fortalecimiento de una clase media amplia fue el desarrollismo franquista, por lo que fue a re­molque de las transformaciones que se habían iniciado décadas antes en los países del entorno. La llegada de la democracia impulsó realmente la construcción del es­tado de bienestar español, mien­tras la clase media emergente se miraba en el espejo europeo. Esta consolidación se produjo cuando ya se estaban sintiendo los primeros problemas graves del sistema en el resto del continente. No es difícil, por tanto, enlazar la fragilidad que se constata en la actualidad en la clase media española con las limita­ciones de esta evolución tardía.

A pesar de los profetas de cala­midades, para muchos especialistas el futuro será de las clases medias o no será. Una de las mayores autori­dades en este campo de estudio, el economista Homi Kharas, ha calcu­lado que actualmente alrededor del 42 % de la población mundial podría ser clasificada como clase media. En términos globales estaríamos hablando de unos 3.200 millones de personas. Pero el crecimiento no se ha estancado. Al contrario, y siem­pre según la prospectiva de Kharas: en unos años llegará a superar el 50 % de la población mundial. La principal razón de este avance será el crecimiento de las clases medias en los países en desarrollo, lo que ya tendrá un carácter global. De hecho, mientras el crecimiento anual en países europeos se sitúa en un mí­nimo 0,5 %, en lugares como China o India se está creciendo al 6 %. No cabe duda de que esta nueva clase media se convertirá en un agente transcendental de cambio social en las próximas décadas.

INCERTIDUMBRES DE LA CLASE MEDIA. Otros estudiosos no son tan optimistas. En Se acabó la clase media (2014), Tyler Cowen considera que nos encaminamos hacia una depauperación social y económica como consecuencia del impacto tecnológico. Cowen calcula que existirá un 10-20 % de hogares donde se vivirá con holgura y un 80 % que tendrán que luchar por su subsistencia. Desde esta perspecti­va, parece que la revolución digital que estamos viviendo será devas­tadora para los intereses de la clase media. Aunque haya voces discor­dantes, algunos autores cifran en un 50 % la destrucción de puestos de trabajo a corto y medio plazo como consecuencia del desarrollo de una tecnología que es disruptiva. De nuevo, la clase media aparece en el centro de la diana como la principal protagonista de la crisis. El tecnopesimismo tiene muchas bazas a su favor, pero se olvida de otras dimensiones centrales como la existencia de una regulación la­boral que nos ayudará a paliar los efectos negativos que este proceso conlleva.

Con todo, es demasiado teme­rario anunciar la muerte de la clase media. No morirá, pero se tendrá que transformar para responder a los retos que le envía el mundo glo­balizado. Para Moisés Naím, uno de los principales conflictos del futuro tendrá lugar en el campo de las expec­tativas frustradas, tanto de las cla­ses medias que declinan en los paí­ses ricos como de las que crecen en los países pobres. Y es que la clase me­dia en Europa no va a desaparecer. De hecho, ha sobrellevado la crisis mucho mejor que las clases más bajas, que han sido las principales víctimas de este letargo económico. La clase media tendrá que resolver antes, eso sí, la crisis de identidad en la que está sumida. Los sueños de antaño han demostrado ser qui­meras. De ahí que el optimismo de los años dorados haya devenido en una sensación común de vulnera­bilidad y desconfianza. La cuestión es cómo canalizar estos problemas a través de programas reformistas que mejoren la salud de nuestras instituciones políticas, ayuden a atenuar las desigualdades sociales y den respuesta a las principales inquietudes de unas clases medias que, hasta la fecha, siempre han sido la garantía de la estabilidad democrática frente al riesgo de la polarización.

Sede de Lehman Brothers en Nueva York el 16 de septiembre de 2008.
Foto de Mehmet Demirci / ZUMAPRESS.com.

No hay futuro sin clases medias

La crisis del 2008 ha dañado gravemente la hegemonía de las clases medias en Europa o los Estados Unidos pero, al mismo tiempo, los expertos calculan que, en términos globales, alrededor del 42 % de la población mundial es clase media, con un total de unos 3.200 millones de personas, y que, salvo imprevistos fatídicos, en unos años esta superará el 50 % de la población mundial. El crecimiento de las clases medias en los países emergentes alcanza ya una magnitud global.
L

a clase media no fue un tema recurrente en el debate público internacional hasta que compren­dimos la dimensión del colapso financiero y económico iniciado por la quiebra de Lehman Brothers. Desde entonces ha crecido el núme­ro de expertos que le prestan aten­ción. Y no son pocos los que se han encargado de vociferar a los cuatro puntos cardinales que la clase me­dia ha muerto o que está a punto de hacerlo. Hay quien no llega a tanto, aunque sí se subraya la lista de in­numerables problemas a los que esta se enfrenta. Christine Lagarde ha advertido en numerosas ocasiones de la profunda «crisis de las clases medias en las economías avanzadas» y de la necesidad de en­contrar soluciones para paliar sus efectos. Como directora del Fondo Monetario Internacional, sostenía hace unos meses que el desencanto ante el futuro, la falta de trabajo, un escaso crecimiento de las econo­mías implicadas, la creciente des­igualdad y la falta de transparencia habían alimentado el declive de la clase media.

Christine Lagarde FMI
Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, enero de 2013. Foto de Michael Wuertenberg

CLASE MEDIA Y CRISIS DEL 2008. Un informe publicado por el think tank Pew Research Center remarcaba que en algunos países europeos, como era el caso de España, Alemania o Finlandia, la clase media había sido una de las principales damnificadas de la crisis económica. Según este estu­dio, la clase media española, que había representado casi el 70 % de los hogares a inicios de la década de los noventa, se había reducido en siete puntos porcentuales en el 2013. E incluso se podrían rebajar estos cálculos. Una monografía de la Fundación BBVA y del Institu­to Valenciano de Investigaciones Económicas establecía que la clase media es el 52 % de la población española. Según esta investigación, más de tres millones de españoles habían sido desplazados de la zona media de la distribución de la renta. Pero el fenómeno también traspasa las fronteras europeas. La clase media estadounidense se ha visto afectada con dureza, y es uno de los aspectos clave del debate público en los Estados Unidos. De hecho, la Administración Obama se vio obligada a crear un grupo de tra­bajo, en el que participaron varias agencias federales, para responder a los problemas de la clase media. Los frutos no fueron los esperados y, en la actualidad, el presidente Trump sigue prometiendo un enorme re­corte tributario que permita aliviar la situación de la clase media.

DEFINICIÓN AMBIGUA. Sin embargo, ¿de qué hablamos cuando decimos clase media? Quizá deberíamos co­menzar utilizando el plural, como es habitual en el uso francés, por la extremada diversidad de este grupo social. Y es que, a pesar de los cen­tenares de definiciones propuestas por sociólogos, economistas o his­toriadores, aún no acotamos ade­cuadamente el concepto. El objeto, por tanto, es frágil y complejo. ¿Qué tienen en común las clases medias? Hay quien da preferencia a los ingresos económicos, otros al con­sumo y los hay que se concentran en precisar los rasgos de una identidad sociocultural. Probablemente todos tengan algo de razón, porque estas dimensiones se encuentran inte­rrelacionadas y son inseparables. Al final, la mayoría de los expertos eligen el camino fácil y ambivalen­te: la clase media sería aquella que se encuentra entre las clases altas y las bajas.

En España, se considera que la clase media está formada por profe­sionales exitosos, pasando por fun­cionarios, pequeños empresarios o trabajadores de contrato fijo en fábricas. Tanto es así que el «todos somos clase media» se convirtió en un adagio común, aunque hoy se encuentra en horas bajas. Lo mis­mo sucedería si recorriéramos el resto de la eurozona. De esta forma, se favorece una identidad fuerte pero demasiado genérica y frágil, de la que es imposible extraer un denominador común. Hay autores como Branko Milanović que creen que no se puede hablar de una clase media global, dadas las fuertes va­riaciones regionales y nacionales. Y es que, sin salir de Europa, la dife­rencia salarial entre los miembros de este grupo es de hasta 30.000 euros en las rentas medias. De poner el acento en el campo de los ingresos, caeremos en una defini­ción demasiado mecánica y difusa. El fenómeno no es nuevo. A lo largo del siglo XIX, cuando aún se habla­ba de una pequeña y media burgue­sía, los artesanos eran un ejemplo paradigmático. Por capacidad de ascenso y propiedad deberían ha­ber encajado en la clase media que, en la España de entonces, representaba un escaso 5 % conformado por funcio­narios públicos, maestros, médicos, ingenieros o caseros. Sin embargo, los artesanos no quisieron pertene­cer al club porque lo que convierte a los individuos en clase media es que estos quieran serlo. Las clases medias existen como grupo en un nivel de representación que cree compartir una forma de ver el mun­do e interpretar la realidad, aunque sepamos que la diversidad de este grupo hace imposible delimitar objetivamente cuáles son estos va­lores, actitudes y estilo de vida. La autoidentificación, por tanto, será la principal clave interpretativa, si bien se trata de una definición de una consistencia un tanto líquida.

LOGROS DE LAS CLASES MEDIAS. El mundo tal y como lo conocemos es una consecuencia del ascenso de las clases medias, un fenómeno que refutaba las ensoña­ciones de Karl Marx sobre su desa­parición temprana. Como señaló el historiador Jürgen Kocka, la clase media asumió el control de la cultura burguesa y así pudo abanderar la lucha por estos ideales. Los que en un tiempo no fueron más que privi­legios al alcance de las élites (como el derecho al sufragio, la educación o el consumo) se universalizaron, especialmente durante la edad de oro de la clase media, lo que cono­cemos como los treinta años glorio­sos. Por esta razón, Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi han defendido que el fin de la clase media sería la puntilla de la estabilidad social y política que esta representa.

Tras los devastadores efectos de la Segunda Guerra Mundial, las cla­ses medias construyeron el consen­so demoliberal de la posguerra has­ta la crisis del petróleo. El contexto era favorable como consecuencia del crecimiento demográfico o las políticas del estado de bienestar, con el desarrollo de las pensiones, el seguro de desempleo, la sanidad o la educación pública. La mayoría de los trabajadores se convirtieron en propietarios en aquellos días, po­dían viajar durante las vacaciones y, lo que no era poco, consumir. En palabras de Tony Judt, el estado de bienestar fue el creador de la clase media y este grupo será su principal beneficiario y valedor. Pero la crisis golpeó con fuerza en los años seten­ta y se inició un lento retroceso.

La crisis del petróleo provoca una reducción del horario de las gasolineras americanas. National Archives, United States, 1973. Foto de Smith Collection/Gado/Getty Images.

En España, el proceso fue dis­tinto por su particular contexto sociopolítico. El primer impulso para el fortalecimiento de una clase media amplia fue el desarrollismo franquista, por lo que fue a re­molque de las transformaciones que se habían iniciado décadas antes en los países del entorno. La llegada de la democracia impulsó realmente la construcción del es­tado de bienestar español, mien­tras la clase media emergente se miraba en el espejo europeo. Esta consolidación se produjo cuando ya se estaban sintiendo los primeros problemas graves del sistema en el resto del continente. No es difícil, por tanto, enlazar la fragilidad que se constata en la actualidad en la clase media española con las limita­ciones de esta evolución tardía.

A pesar de los profetas de cala­midades, para muchos especialistas el futuro será de las clases medias o no será. Una de las mayores autori­dades en este campo de estudio, el economista Homi Kharas, ha calcu­lado que actualmente alrededor del 42 % de la población mundial podría ser clasificada como clase media. En términos globales estaríamos hablando de unos 3.200 millones de personas. Pero el crecimiento no se ha estancado. Al contrario, y siem­pre según la prospectiva de Kharas: en unos años llegará a superar el 50 % de la población mundial. La principal razón de este avance será el crecimiento de las clases medias en los países en desarrollo, lo que ya tendrá un carácter global. De hecho, mientras el crecimiento anual en países europeos se sitúa en un mí­nimo 0,5 %, en lugares como China o India se está creciendo al 6 %. No cabe duda de que esta nueva clase media se convertirá en un agente transcendental de cambio social en las próximas décadas.

INCERTIDUMBRES DE LA CLASE MEDIA. Otros estudiosos no son tan optimistas. En Se acabó la clase media (2014), Tyler Cowen considera que nos encaminamos hacia una depauperación social y económica como consecuencia del impacto tecnológico. Cowen calcula que existirá un 10-20 % de hogares donde se vivirá con holgura y un 80 % que tendrán que luchar por su subsistencia. Desde esta perspecti­va, parece que la revolución digital que estamos viviendo será devas­tadora para los intereses de la clase media. Aunque haya voces discor­dantes, algunos autores cifran en un 50 % la destrucción de puestos de trabajo a corto y medio plazo como consecuencia del desarrollo de una tecnología que es disruptiva. De nuevo, la clase media aparece en el centro de la diana como la principal protagonista de la crisis. El tecnopesimismo tiene muchas bazas a su favor, pero se olvida de otras dimensiones centrales como la existencia de una regulación la­boral que nos ayudará a paliar los efectos negativos que este proceso conlleva.

Con todo, es demasiado teme­rario anunciar la muerte de la clase media. No morirá, pero se tendrá que transformar para responder a los retos que le envía el mundo glo­balizado. Para Moisés Naím, uno de los principales conflictos del futuro tendrá lugar en el campo de las expec­tativas frustradas, tanto de las cla­ses medias que declinan en los paí­ses ricos como de las que crecen en los países pobres. Y es que la clase me­dia en Europa no va a desaparecer. De hecho, ha sobrellevado la crisis mucho mejor que las clases más bajas, que han sido las principales víctimas de este letargo económico. La clase media tendrá que resolver antes, eso sí, la crisis de identidad en la que está sumida. Los sueños de antaño han demostrado ser qui­meras. De ahí que el optimismo de los años dorados haya devenido en una sensación común de vulnera­bilidad y desconfianza. La cuestión es cómo canalizar estos problemas a través de programas reformistas que mejoren la salud de nuestras instituciones políticas, ayuden a atenuar las desigualdades sociales y den respuesta a las principales inquietudes de unas clases medias que, hasta la fecha, siempre han sido la garantía de la estabilidad democrática frente al riesgo de la polarización.