Valeria Ciangottini. FOTO DE ALESSANDRO ANTONELLI [PUBLIC DOMAIN]

Nausica, el dolor y la vida más dulce

“Toda la poesía —dijo Carles Riba a propósito de su segunda traducción al catalán de La Odisea—, incluso la que parece entornada más adentro del ánima y de sus silencios, es en la voz y únicamente por ella que se comunica plenamente”. Y es precisamente la voz lo que le falta al encuentro último de Nausica y Ulises en la playa final de La dolce vita (1960) de Federico Fellini: “Non capisco. Non si sente”.

“Acuérdate de mí cuando estés en tu patria”, pide Nausica a Ulises, que se siente listo para volver a casa. Y a quien hemos conocido como Homero, el primero de los poetas, lo relata en La Odisea ocho siglos antes de la era cristiana. Este recuerdo épico de más de 12.000 versos se vuelve raíz en el ánima de la literatura occidental, de la cultura y del espíritu. “Saludos, huésped, acuérdate de mí cuando estés en tu patria, pues es a mí la primera a quien debes la vida”, rememora Nausica a Ulises, quien emergiendo de su baño restaurador ya mora dentro de los ojos de la joven. A través de Nausica, Ulises ha reencontrado la vida al reencontrar su propia ánima. El azote de Troya, el héroe, el astuto y divino Ulises derribado en un violento naufragio sobre las costas que señorea el padre de Nausica: devastado, reducido, viejo, con el corazón vencido de tristeza, desnudo, topa con la chica, quizá la niña, desnuda, que extiende sus brazos blancos y lo ampara. A ras de un río que viene a desaguar en el mar: él no sabe si ve a una dea o a una mortal y se maravilla. Ella remarca que es mujer, hija de mortal, que ve a un andrajoso forastero, temible y se ampara en él.

Nausica restaura a Ulises. El baño, los ungüentos, los vestidos donosos, el alimento, la calidez de las puertas abiertas del palacio son el conforte que horada el muro que lo separa del ánima. I la mesa dispuesta para la compañía de los invitados y el vino en las copas y el pan y los manjares y la lumbre y el canto de un bardo ciego que relata las gestas de Ulises y Ulises que recuerda. Y Ulises que llora y lágrimas adentro navega hacia sí mismo. Y el amor de Nausica, que lo querría suyo y que ha hecho posible para Ulises un barco y una tripulación, un retorno a la patria. El retorno a la propia ánima como la más antigua patria, según la idea del poeta romántico Novalis.

Es la joven más dulce, el ánima pura e indómita que conoce que la vida puede ser ilimitadamente intensa. Nos lo dijo Maragall. Cada sociedad reformula su Homero y Goethe clava su ojo romántico en Nausica y ve en ella a la doncella inocente, vaporosa, extremadamente sensible: un espíritu turbado y punzado por el amor, sublevado contra su trágico destino de ser lugar de paso del camino épico de Ulises. Goethe quiso, con ello, sustanciar “un concentrado dramático de La Odisea” en cinco actos, pero no culminó nunca esta obra de teatro que Nausica debía finalizar abismando su dolor en el mar.

El ánima de Ulises llevaba ya cuatro centurias ardiendo condenada en el infierno de Dante y Nausica legaba un dolor que al final del siglo romántico, que aún no es ayer, se transmutaba en bronce, un bronce semejante al de las picas con las que tres mil años atrás Ulises desmembraba al enemigo. Un bronce, ahora, trémulo, con el que Maria Bashkirtseff esculpió Douleur de Nausicaa (1884): con el gesto vencido, las palmas de las manos presionan los ojos para sostener el llanto que, lágrimas afuera, la va deshaciendo. Nos lo dijo Maragall que, retomando el testigo de Goethe, él sí que culminó una obra de teatro para Nausica, estrenada en 1912, póstumamente. “Dioses, nada os pido: nada más guardadme / viva la clara fuente de la alegría…”.

 

Ulises y Nausica, de Jean Veber, 1888

Non capisco. Non si sente”. De La Odisea de Homero hemos sabido que compendia relatos épicos de tradición oral que sirvieron para levantar un imaginario común, una identidad. El valor del recuerdo y la palabra viva, como la del bardo ciego que transporta a Ulises hasta sí mismo. “Toda la poesía —dijo Carles Riba a propósito de su segunda traducción al catalán de La Odisea—, incluso la que parece entornada más adentro del ánima y de sus silencios, es en la voz y únicamente por ella que se comunica plenamente”. Y es precisamente la voz lo que le falta al encuentro último de Nausica y Ulises en la playa final de La dolce vita (1960) de Federico Fellini.

En esta película de posguerra mundial, Nausica y Ulises se transmutan en una camarera y un periodista: Paola y Marcello. Marcello, devastado, reducido, viejo, con el corazón vencido de tristeza, topa con Paola al amanecer en la última playa. Les separa un riachuelo que muere en un mar que ruge. Marcello, solo entre tanta gente, al final de una odisea que no ha de traerle ninguna redención, cree sentir remotamente a la joven, quizá la niña, que lo llama: se acerca de rodillas mientras ella, gesticulando, le extiende sus brazos blancos y le ruega que se acuerde de ella, que un día bailaron, que huyan juntos. “Non capisco. Non si sente y Marcello con un gesto de resignación acerca la mano a su sien y mueve los dedos mientras se evapora el recuerdo del amor, de Paola, de la vida más dulce. Nausica lo mira fijamente con una cuasi sonrisa fatigada y acto seguido fija su mirada en nosotros.