Materia y misterio: el espíritu tangible de Plensa

El éxito de la exposición que el Macba ha dedicado al escultor Jaume Plensa, y que puede visitarse hasta el 22 de abril, no tiene nada de azaroso. Sus inquietudes, profundamente humanísticas, interpelan al espectador. Referencias a filósofos, artistas y poetas, explícitas o subterráneas, revelan en las obras de Plensa el imaginario heredado y transmitido por generaciones de creadores a lo largo de la historia: individuos excepcionales, de marcada personalidad, que realizan la alquimia consistente en decantar el tipo de verdades a las que ningún ser humano puede ser ajeno.
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os gongs aparentemente idénticos, frente a frente, con inscripciones distintas en el centro de cada uno de ellos: “Matter” y “Spirit”. El espectador es invitado a hacerlos sonar, y participar de una vibración creciente, siendo él mismo afectado. Junto al aspecto inmaterial que parece derivar de la materia, el carácter especular de la obra sugiere la posibilidad contraria, que a la materia subyazca algún tipo de fundamento espiritual. A modo de disyuntiva lo plantea el título de esta obra, realizada en 2005, pero no sabemos si la barra que relaciona los términos materia/espíritu los vincula o escinde. La conexión, o correlación de ambas realidades es hasta cierto punto indiscernible, pues la realidad toda se constituye para el ser humano en su conjunción, en el límite que separa y reúne, como solía decirnos Eugenio Trías, uno de los primeros intelectuales a quienes oí hablar de Jaume Plensa, hace ya unos 15 años.

El éxito de la exposición que el Macba ha dedicado al escultor barcelonés, y que puede visitarse hasta el 22 de abril, no tiene nada de azaroso. Sus inquietudes, profundamente humanísticas, interpelan al espectador y le llevan a revisar el sentido de lo creído de forma inconsciente. En la era del mindfulness, la función del arte es todavía crucial. Supone un anclaje en el presente más propio, que renuncia a acariciar meramente las conciencias. El arte abre interrogantes acerca del sentido de la obra y del espectador con relación a ella, evitando dar por supuesta la comprensión de su propósito. Su relevancia es capital. Modestamente lo expresa Plensa en un video de presentación: “lo he dicho muchas veces, el arte no sirve para nada, por eso es tan importante…”.

 

Semejante “inutilidad” libra al arte de la necesidad de rendir cuentas. Parecería que ubica al creador en la posición del bufón, la de aquel que, bromeando, tanteando, jugando -es decir, por medios parabólicos, siempre a modo de aproximación o ensayo- se atreve a formular lo que de manera directa -dicho en serio- resultaría intolerable y quizá hasta incomprensible. Antes de que Friedrich Nietzsche formulara la necesidad de concebir el juego como una tarea muy seria, determinante de la propia vida, Friedrich Schiller ya había escrito en sus Cartas para la educación estética, en los últimos años del siglo XVIII: “El hombre solo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y solo es enteramente hombre cuando juega. Esta afirmación, que en este momento puede parecer paradójica, alcanzará una amplia y profunda significación una vez que la hayamos aplicado a la doble seriedad del deber y el destino. Sobre esta afirmación, os lo aseguro, se fundamentará todo el edificio del arte estético y del aún más difícil arte de vivir”. Los misteriosos hilos de la necesidad –ananke, para los griegos- se entrelazan con la libre acción del hombre, en la forma de una comprensión intensamente vivida.

Si bien Immanuel Kant había advertido que la experiencia estética no era fuente de conocimiento, la generación de pensadores subsiguiente -entre los cuales Schiller, “padre” del Idealismo según Rüdiger Safranski- entendió que abría la posibilidad de trascender el mundo físico para elevarse platónicamente en la concepción de ideas. Sea esta trascendencia entendida metafísicamente, o en un sentido mucho más llano y próximo a la tierra, la cuestión es que el espacio-tiempo que se inaugura en la contemplación de piezas como las de Plensa posiciona al espectador en el centro del tablero de juego, sin otra referencia que su propia mirada, enfrentada al interrogante. ¿Qué significa esa retahíla de letras metálicas colgando jocosa e implacablemente, que giran sobre sí y trastocan el sentido delineado con un tintineo aleatorio, un sonido siempre nuevo pero que uno diría programado por alguna fuerza cósmica y ajena a la razón humana?

Jaume Plensa potencia la búsqueda de respuestas, desde el reconocimiento originario -y necesario- de la propia ignorancia. El esfuerzo por descifrar un mensaje oculto en su obra Glückauf?, de 2004, revelará la dificultad inherente a la aplicación de aquello que el texto dice. Se trata de la Declaración de los Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas en 1948. Lo más natural -la disposición de unos derechos inalienables desde el nacimiento- se muestra intrincado, indescifrable, y con ello se plantea con urgencia la reflexión. La perplejidad que despierta esa obra -con un título, “¿buena suerte?”, más juguetón y desafiante que cínico, como el enigma lanzado por el bufón- surge de lo misterioso de su realidad móvil. Parece reflejar el trastoque constante, o cuanto menos potencial, de la razón humana. La naturaleza libre e igual en derechos de los seres vivos puede creerse comprensible por todo ser racional -Kant hablaría de la reciprocidad que ello implica, en términos morales- pero en cualquier caso se confirma difícil de respetar y cuidar, en determinadas circunstancias.

Pues, ¿cómo mantener la genuina universalidad de los principios morales, y saltar por encima de esas circunstancias, comprensibles como “obstáculos de humana naturaleza” en palabras del sabio de Königsberg? El arte, como la filosofía, en muchos casos permite denunciar, señalar contradicciones, erigir interrogantes, antes que proporcionar respuestas claras y distintas. Un hecho que lo distancia de la ciencia. Y, con todo, posee un lenguaje, unos caracteres. Aquéllos, colgantes, no son los únicos que el espectador descubre en la muestra del Macba. La caída vertiginosa se reencuentra en la sala contigua: palabras como “padre” y “madre” penden de efigies de huérfanos ancladas en la pared, en paralelo al suelo. Otro de los momentos -esta vez de remanso- en que el vocabulario delinea una verdad que alterna materialidad e inmaterialidad nos traslada al exterior, a una especie de jardín. Árboles aparecen abrazados por varias esculturas idénticas -son rostros del propio artista, cerrado sobre sí- en un abrazo vegetal, con nombres de ríos y de compositores clásicos inscritos en su cuerpo.

 

En realidad se trata de dos obras, compuestas de figuras de metal fundido, que interactúan especularmente: The Heart of Trees (2007) y The Heart of Rivers (2016). El fluir de las melodías que los caracteres aluden, con armonías distantes o emparentadas -como los ríos con “aguas siempre distintas”, diría Heráclito- permite al espectador descansar, y ver desde afuera la introspección de otro, que podría ser uno mismo. El transporte, el salto por encima de lo material requiere de la materia, y aunque la matemática interviene -lo sabían los pitagóricos- asimismo se invoca el carácter mágico, misterioso, inherente al hecho de sentirse otro y al mismo tiempo absolutamente unido, fundido con el ser. Ese ensimismamiento puede contemplarse en la obra Carmela -precioso y monumental rostro metálico frente al Palau de la Música Catalana- así como en la serie de rostros cerrados sobre sí -en la exposición del Macba, tallas de madera- que parecen advertir el carácter inescrutable de la persona.

Conmueve hondamente esa cerrazón y la inagotable gama de matices en cada personalidad, que en el caso de la obra de Plensa se manifiesta por la sorpresa que depara la madera al ser trabajada. Matices imprevistos que trazan desde la aleatoriedad máxima el camino de lo necesario, como señaló Schiller, haciendo participe de esa via trascendental, de esa fusión con el destino, también al interprete o al espectador. Ser uno con el curso fluctuante del tiempo, asumir la presencia de lo irrepetible -por inescrutable que sea- no representa un credo o algún tipo de espiritualidad posmoderna. Desde la antigua Grecia al pensamiento nietzscheano, que insemina el arte de Siglo XX, se ha manifestado episódicamente el anhelo que Jaume Plensa plasma. Más que un discurso teórico, la reivindicación humanística de su arte atañe a inquietudes universales y concretas. En tono coloquial traslada una verdad de gran trascendencia “la base del arte es profundizar mucho, mucho, mucho en tus raíces. Cuanto más adentro vaya yo de mí, más podré hablar de ti, porque nos encontraremos en esta base tan profunda”.