Más que mi sangre. La eclosión emocional de una generación

La corriente del Rock en Català de los años 90 fue el preludio del actual espectáculo de música pop rock del país, del todo normalizado: los Manel, Txarango, Catarres, Mazoni, Mishima, La Iaia y tantos otros hoy cantan para referirse a lo cotidiano más que en tu o mi sangre, o a saber qué hay más allá del sol; cuestión, esta última, que continúa importándonos más bien poco.
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urante los estadios cercanos a la adolescencia y en la misma adolescencia, en los jóvenes occidentales tiene lugar una eclosión emocional. En Cataluña, la manifestación juvenil que vivieron los nacidos entre mediados de los 70 y mediados de los 80 sucedió en medio de un contexto excepcional. Quizás deliberadamente excepcional. Un estadio que es posible haya jugado un papel más determinante de lo que pensamos en el proceso que está viviendo el país. Recién estrenada la década de los 90, los jóvenes quedaron estrechamente vinculados a tres fenómenos mediáticos: el nacimiento del Club Súper 3 –con la emisión diaria de Bola de Drac-Dragon Ball –, la ola entorno a los Juegos Olímpicos, y la última y más relevante de las tres: el estallido de bandas de pop-rock que componían en catalán.

En un país normal estos hechos habrían sido esto: normales. Pero entonces la gente empezaba a alejarse del franquismo oficial y, por primera vez en la era moderna, una generación de catalanas y catalanes se disponía a construir el imaginario colectivo en la lengua propia. Sin darse cuenta, se encontraban aportando contenido en el universo natural de una nación, la forja, sin obstáculos, de los sentimientos, porque los sentimientos de uno mismo y de un colectivo no son ni naturales ni favorables a la autoestima mientras éstos no se puedan desarrollar en el contexto de la propia lengua y la propia cultura. Aquellos años, encerrarse en la habitación un sábado después de comer, desenfundar el disco Roda de Sopa de Cabra –el de la carcasa roja con la efigie en negativo de un Gerard Quintana con los ojos abiertos como platos–, poner el disco en el aparato y escuchar los primeros acordes de El carrer dels torrats –La calle de los chalados– seguido del conocidísimo grito de uiée es, aún hoy, una sensación por la que yo mismo siento un respeto inmenso, dada la capacidad de transporte al origen.

 

Y no es el único caso. Otras canciones del mismo disco: Tot queda igualTodo queda igual, Dies de carretera–Días de carretera, No tinguis pressaNo tengas prisa, así como piezas de otros grupos: S’ha acabatSe acabó de Els Pets, Quina nit–Qué noche, o Corre’t, Corre, Corre’tCórrete, Corre, Córrete de Sau, fueron la puerta de entrada a la dimensión de la normalidad y la invitación a explorar hasta la última de las esquinas. Además, es necesario tener en cuenta que ese movimiento de normalización tenía lugar en una época en la que internet y las redes  sociales estaban en pañales, lo que todavía lo hace más singular, y más aún, un último apunte de extravagancia: todo nació en comarcas, lejos de la centralidad Condal. Según informaba La Vanguardia, en poco más de quince años el pop-rock en catalán dio pie a la aparición de más de 250 bandas, la edición de más de medio millón de discos y unos índices de ventas admirables. Al éxito también hay que sumar la aparición de los primeros videoclips en catalán, algunos registrados en el extranjero, como es el caso de És inútil continuar de la banda Sau, de la comarca de Osona, dirigido por Ricard Reguant y que cuenta con localizaciones en Londres, Nueva York y Santo Domingo. Los videoclips compartirían espacio televisivo con grupos emergentes del panorama mundial en programas musicales como Sputnik.

Sobre el origen de Sangtraït, el grupo más arriesgado del panorama musical de aquel momento, recae una versión que contradice la oficial. El relato no oficial incluso especula que la letra y la música de las canciones eran obra de los también ampurdaneses y cantautores, Josep Tero y Lluís Llach

Fueron los propios protagonistas del movimiento que quisieron deshacerse del epígrafe catalán en la etiqueta. La mayor parte, sin embargo, hoy aceptan el oportunismo y el valor de haber sido así. En ese momento era lógico que lo rechazaran. Los grupos más destacados del momento estaban haciendo realidad el sueño de cualquier banda. Contaban con decenas de conciertos programados y acceso directo al reconocimiento de las masas, y no por la puerta de servicio. Quizás quien mejor ha definido la etiqueta del Rock Catalán ha sido Lluís Llach en unas declaraciones a Televisión de Cataluña: «respondía a la toma del poder por parte de los medios de comunicación musicales en catalán». Y circunscribía el acierto al tratarse de «un movimiento nacido en comarcas, rompiendo una tradición que ya empezaba a ser demasiado larga». Fuera cual fuera la opinión que suscitaba, el impacto en clave nacional era evidente.

En este sentido, hicieron referencia las palabras que iniciaron el mítico concierto del Palau Sant Jordi (1991). Fue Carles Sabater, el cantante de Sau. quien ante casi 22.000 asistentes –el concierto en recinto cerrado más multitudinario que hasta el momento había tenido lugar en Europa– afirmó: «estais escribiendo una página de la historia de Cataluña». Después seguirían piezas como No he nascut per militarNo he nacido para militar, Perestroika, y la que con el tiempo se ha convertido en un himno, Boig per tuLoco por ti, el rock agrícola y festivo de los de la ciudad de Constantí, Els Pets, con un Marc Grau inmenso, y los nacidos entre Blanes y Cadaqués –aludiendo a la letra de L’Empordà– Sopa de Cabra. Los encargados de cerrar el concierto fueron Sangtraït, del pueblo ampurdanés de La Jonquera. Sobre el origen de Sangtraït, el grupo más arriesgado del panorama musical de aquel momento, recae una versión que contradice la oficial. Algunas voces sitúan la creación del grupo en torno a la discográfica Picap, que supo leer como oportunidad la falta de una banda de rock duro de calidad. El relato no oficial incluso especula que la letra y la música de las canciones eran obra de los también ampurdaneses y cantautores, Josep Tero y Lluís Llach. Este último, por ejemplo, aparece en el tema Freddie Memorium, un homenaje al líder de los Queen. La banda de Quim Mandado, Lupe Villar –que no pudo contener las lágrimas al bajar del escenario del Sant Jordi–, Josep M. Corominas, Papa Juls y Martín Rodríguez, de una sonoridad inconfundible y que ha dejado baladas legendarias como El vol de l’home ocellEl vuelo del hombre pájaro y Somnis entre boiresSueños entre nieblas, cerraban un espectro musical que registraba compositores como Montse Llaràs del conjunto Bars, Cris Juanico de Ja T’ho Diré, o el extraordinario Adrià Puntí de Umpah Pah.

 

Dejando de lado el presupuesto ridículo que sigue sufriendo la cultura catalana, la corriente del Rock en Català fue el preludio del actual espectáculo de música pop rock del país, del todo normalizado: los Manel, Txarango, Catarres, Mazoni, Mishima, La Iaia y tantos otros hoy cantan para referirse a la cotidianidad más que en tu sangre o la mía, o a saber qué hay más allá del sol; cuestión, esta última, que continúa importándonos más bien poco.