Casco antiguo de Bucarest. Foto: farainspiratie/Pixabay

Maravilla y maldición de Bucarest

¿Por qué vale la pena visitar, específicamente, Bucarest u otras ciudades rumanas? Solo por el raro placer de pasar unas horas bajo los tilos de algún encantador, secreto bistró del barrio señorial de Cotroceni vale la pena el viaje. Ningún otro país tiene chalés, casas particulares, palacetes y palacios en un estilo particular llamado ‘neoromanesc’ o ‘neobrancovenesc’. Maravilla y maldición.
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e vuelta en Bucarest he notado, como en cada viaje, la profunda y rápida transformación de esta ciudad dueña de un patrimonio arquitectónico espléndido aunque un tanto fané, la restauración de monumentos y edificios singulares, la proliferación de rincones agradables y de bares, cafés, restaurantes y espacios de ocio. La calidad del aire que ahora se respira, como la del combustible que se quema, también se ha depurado mucho desde aquellos primeros años del poscomunismo en que empecé a visitarla con regularidad y en que podía mascar el smog impregnado de partículas de carbón y otras sustancias tóxicas, en un entorno urbano uniformemente gris y ruinoso. Todo cambia para mejor, salvo por un signo de retraso que retrata a una sociedad: la persistencia de esa maldita querencia por la música llamada ligera que resulta ser pesadísima, en los espacios públicos. En efecto, el primitivismo de cualquier sociedad puede medirse por la omnipresencia de esa lata. Y en Bucarest se sigue oyendo en los taxis, los vestíbulos de los aeropuertos, los restaurantes que no son de lujo. Aquí, como en cualquier otro sitio, el mayor lujo es el silencio.

Pero hay por doquier otros signos de sentido contrario. Los bucarestinos vuelven a querer a su ciudad permanentemente bloqueada por un tráfico caótico y desesperante. Hay, por ejemplo, una asociación llamada ARCEN —Asociación Rumana por la Cultura, la Educación y la Normalidad— que entre otras imaginativas iniciativas de redescubrimiento y recuperación de edificios espléndidos organiza los llamados paseos con bastón, en los que los participantes son llevados de visita por la ciudad por unos guías que les descubren el tesoro de maravillosos espacios y joyas arquitectónicas menos conocidos, menos obvios de la ciudad. La “lección” se imparte en lengua rumana, de manera que quienes se apuntan a él son vecinos de la misma ciudad, que así aprenden a conocerla. Lo asombroso de estos “paseos con bastón” es que se apuntan a ellos mil, dos mil y hasta tres mil “paseantes” que los convierten en una fiesta urbana espontánea y peripatética: en el fondo una fiesta de autocelebración de ese nuevo reencuentro de los vecinos con su ciudad.

Claro que la reunión de masas en la calle no es un fenómeno raro en el Bucarest de los últimos años. Se han celebrado cien manifestaciones reclamando una regeneración de la vida política nacional que ni las autoridades de la Unión Europea ni los mismos rumanos ven por ninguna parte. La última manifestación, en protesta, fue por el cese de Laura Covesi, fiscal jefe de la Dirección Nacional contra la Corrupción desde el año 2013 hasta el pasado mes de julio de 2018, y que ha llevado a juicio literalmente a cientos de exmagistrados y políticos. Covesi se había convertido en una especie de Juana de Arco a los ojos de los rumanos pero, ya fuera de juego, no podrá hurgar en la última y asombrosa medida gubernamental que atribuye a los representantes públicos a partir de cierto nivel unas dietas diarias de 300 euros para alojamiento en hoteles extranjeros. Hasta los 300 euros, no se exige justificación de esos gastos diarios por alojamiento con recibos o facturas. De este modo, al alto funcionario le conviene convertirse en un rumano errante, estar en permanente viaje, instalándose en hoteles de cien euros la noche y reservando para sus chucherías los otros doscientos.

Es la picaresca típicamente levantina que han demostrado las elites rumanas para sortear la ley y que ha hecho popular el chiste que dice que los políticos juiciosos deben al principio de su carrera dedicarse a la gestión municipal, y solo cuando ya son veteranos aspirar a un escaño en el Parlamento; y eso es porque el político joven debe dedicarse a ganar dinero —o sea a robarlo, y el dinero está en la administración de las ciudades—, y una vez ha amasado una fortuna acogerse a la inmunidad parlamentaria que proporciona el Congreso.

Así las cosas, nada tiene de extraño que se palpe entre la juventud una especie de desesperación nacional después de dos inviernos de repetidas pero estériles protestas multitudinarias contra los intentos de la clase política por ponerse a salvo de las investigaciones de algunos elementos incordiantes del poder judicial. Al mismo tiempo, sigue funcionando en la mentalidad rumana, herencia psicológica de los tiempos de la dictadura, un sentido conspirativo de la historia que hace que algunos, como mi amigo el erudito politólogo Mircdea Popa —hombre ya entrado en años, de convicciones marxistas aunque sea también consejero de una diputada nacionalista–, estén convencidos de que la corrupción no es sino una leyenda difundida por las potencias occidentales para arrebatar la economía nacional de las manos de los ciudadanos rumanos y pasarla a las multinacionales y a las potentes empresas europeas.

He constatado que todavía ahora, exactamente igual que en la época comunista que concluyó hace casi treinta años, cuando vas al hospital, si quieres que el médico te atienda es mejor que le lleves de regalo una botella o alguna otra dádiva. Lo más curioso es que la gente acepta la lógica, o se resigna a ese peaje, y algunos lo justifican en los sueldos ridículamente bajos del personal sanitario.

Hablé con el filósofo Horia-Roman Patapievici, director desde el año 2004 de la revista Ideas en Diálogo, que defiende la política económica liberal, a la que considera “la mejor tradición en contra de la pereza de pensamiento”. Tiene en España publicados varios libros, que yo conozca Los ojos de Beatriz —un ensayo sobre el mundo de Dante y la continuidad entre la concepción medieval del universo y las teorías de la física cuántica y el Big Bang— y El hombre reciente, una crítica de la modernidad. Le conocí cuando era el muy eficiente director del Instituto de Cultura Rumana (ICR), equivalente al Instituto Cervantes, con la diferencia de que la lengua española y la cultura hispánica se difunden casi solas mientras que la cultura rumana está aislada en un mar de otras lenguas y culturas de una potencia de expansión muy superior, la italiana, la alemana, la rusa. Patapievici es un intelectual liberal, de derechas, que reivindica sobre todo la tradición cultural de la época de entreguerras y concretamente la figura de Mircea Eliade. Patapievici se ganó muchos enemigos que, cuando cayó del ICR, levantaron sus alfombras pero no pudieron encontrar nada que le avergonzase. Cosa que no me extraña nada porque recuerdo una conversación que mantuvimos cuando la corrupción era ya un problema grave de la política española, pero aún no se percibía como un escándalo de dimensiones colosales en Rumanía. Él sostenía que un poco de corrupción no es necesariamente mala, que es como el aceite que hace girar de una manera más suave, más fluida, los engranajes de la economía y que el Estado debe resignarse a ella como al defecto menor de un amigo o de un vecino. Ahora bien, lo grave es cuando se instala como sistema estatal en sí mismo, cuando ha colonizado las instituciones, cuando substituye, por una debilidad moral de los políticos y de los funcionarios, la lealtad de los detentadores del poder hacia la ciudadanía y se convierten en sus parásitos; entonces drena las energías de la sociedad entera, que enferma.

Patapievici me dijo: “Mire usted, yo como director del ICR tengo derecho legal a viajar en avión en clase business. Pero vuelo siempre en clase turista. ¿Sabe por qué? Por el mismo motivo por el que, pudiendo tener un coche nuevo de alta gama, que me corresponde por mi cargo, prefiero seguir con el coche de mi antecesor, que ya tiene algunos años pero aún funciona. Porque soy un liberal y en consecuencia no me parece oportuno ni apropiado que los contribuyentes paguen por mi comodidad. Respeto demasiado los impuestos que pagan y aspiro a que paguen menos. Y eso naturalmente excluye los lujos innecesarios de los gestores y altos cargos”.

Me impresionó bastante Patapievici, aunque quizá alguno dirá que es un desdichado, un cándido. En fin, ninguna de estas miserias es visible mientras vas de paseo por el centro, por la zona del casco antiguo rebosante de juventud dorada y de turistas, cuyos edificios antes estaban marcados por una placa roja que advertía algo así como “este edificio puede sufrir terremotos”. Se han reforzado cientos de inmuebles, urbanizado y peatonalizado algunas calles, monumentalizado los edificios más singulares de la Curtea Veche, que precisamente sufrió los efectos de un terremoto devastador siglos después de que Vlad Tepes, el famoso conde Drácula de la literatura, que había instalado allí su residencia real, la abandonara en una retirada táctica ante la llegada de los ejércitos abrumadoramente superiores del Imperio otomano. Cuando los jenízaros de la Sagrada Puerta llegaron a estos entonces suburbios de Bucarest les sorprendió el insoportable hedor de miles de enemigos que Vlad había mandado empalar y dejar allí como regalo de bienvenida. Los otomanos, especialistas en terrorismo de Estado, quedaron altamente admirados por la crueldad de Vlad, el Empalador. Cinco siglos después, restaurada la residencia real, por el área urbana resplandecen los atractivos como la antigua Hanul cu Tei —posada con tilos— que se presenta exactamente como era el día de su inauguración, en 1833, pero ahora aloja una serie de galerías de arte y de bagatelas y una bodega popular, aunque yo prefiero la no menos popular Care Cu Bere —carro de la cerveza—, cervecería y restaurante apenas un poco menos antiguo, forrado de madera enteramente, de dimensiones colosales, donde mientras comes o bebes puedes asistir a algún espectáculo más o menos folclórico: el otro día en medio de la sala había una orquesta de cámara de cuatro muchachas vestidas de tules y gasas rosa, como vírgenes chifladas, tocando el repertorio de María Tanase —la más venerada cantante del folclore nacional, la Amália Rodrigues rumana—. Ese mismo día había tenido ocasión de escuchar, muy cerca de allí, la misa cantada según el rito bizantino por el coro del antiguo monasterio Stavropoulos, mientras disfrutaba de la contemplación de sus frescos, de gran valor artístico, aunque la verdad es que han sido ampliamente restaurados. Y ese mismo día visité, también muy cerca, en la calle Lipscani, la librería Carturesti, una de las mejores de Europa, que hace honor a la formidable tradición literaria rumana y a su potente nómina actual de prosistas y poetas.

Librería Carturesti. Foto: Marius George Oprea / unsplash

Ahora bien, si me preguntasen: ¿Por qué vale la pena visitar, específicamente, Bucarest, u otras ciudades rumanas, qué tienen que no tengan otras ciudades de otros países?, respondería que solo el raro placer de pasar unas horas bajo los tilos de algún encantador, secreto bistró del barrio señorial de Cotroceni vale la pena el viaje. Y si eso a mi interlocutor no le pareciese un argumento lo bastante convincente para tomar un avión, añadiría que, si en otras ciudades europeas se puede disfrutar, igual que en Bucarest, del interiorismo y las arquitecturas racionalistas, y de ese brutalismo de influencia soviética que el próximo curso será consagrado por una exposición en el MOMA neoyorquino, ningún otro país tiene chalés, casas particulares, palacetes y palacios en un estilo particular llamado neoromanesc o neobrancovenesc. Un estilo de finales del XIX diseñado por Ion Mincu como un proto Art Nouveau que en el periodo de entreguerras —periodo triunfal para Rumanía, que a costa de Hungría y de la destrucción del imperio Habsburgo había incorporado al territorio nacional las tierras con las que formó la “Gran Rumanía”— el arquitecto Petre Antonescu —no confundir con el dictador Ion Antonescu— difundió con una encantadora revisión del estilo de brancoveanu; el príncipe valaco que a finales del siglo XVII y principios del XVIII, bajo el dominio otomano dio nombre a ese estilo híbrido, con influencias balcánicas e ítalo-venecianas.

Todo lo que hay ahí, en la interminable guirnalda de villas, chalets y edificios públicos en estilo neorrumano, esa sensualidad de la piedra, esa fusión entre el modern style y el orientalismo, esa difusa celebración de la alegría de vivir se contradice —también en Bucarest como en ninguna otra ciudad— con el pomposo monumentalismo del descomunal Palacio del Pueblo donde desemboca el inmenso Bulevar de la Unificación (Unirii), antes llamado de la Victoria del Socialismo, que el dictador Ceaucescu mandó levantar mediados los años ochenta arrasando para ello iglesias, monasterios, sinagogas, palacios, e imponiendo sobre la lógica de desarrollo orgánico de la trama urbana un molde y una dirección por completo contrarias, inasumibles por ningún urbanismo armónico por ecléctico que se avenga a ser. Esa fealdad monumental, de una monotonía sin paliativos, sin descanso, sin remedio, acaso es la señal de una maldición sobre Bucarest, tan inmerecida como la que pende sobre todos nosotros.