FUENTE: FACEBOOK GALA GONZÁLEZ

Mamá, quiero ser influencer

¿Cuál es el secreto para, sin ser profesional de la moda ni de las artes, convertirse en una presencia valiosa en cualquier acto social, por ejemplo, de Barcelona?
N

o son modelos, ni actrices, ni diseñadoras de moda, ni fotógrafas, ni estilistas. Pero cobran por posar, por asistir a fiestas, por poner su nombre en colecciones de moda, por llevar un bolso, por rodar videos en YouTube, por hacerse selfies. Andrea Belverf, Dulceida, Marta Rimbau, Belén Hostalet, Gala González. Son solo algunas de las reinas de Instagram que el mundo virtual ha coronado como influencers, esta novísima profesión que consiste en exhibir el –supuesto– propio estilo de vida en las redes sociales con el fin de provocar el deseo de millones de jóvenes a ser como ellas. Miles y miles de likes afianzan la credibilidad de estas chicas como prescriptoras de marcas, cuando escogen una bamba, un peinado, una crema.

Dicen que la crisis económica ha ensalzado su poderío. Los directivos del fashion business las reclaman como una estrategia más en la promoción de sus productos. Cuando Tommy Hilfiger y Gigi Hadid presentan nueva colección en Barcelona no es suficiente que asista personalmente al evento la súper modelo americana, los departamentos de marketing y comunicación deciden que se unan a la fiesta instagramers locales con pedigrí, es decir, con un número considerable de seguidores. A más followers, más caché. La cola de fans en el Paseo de Gracia se engrosa con más consumidores directos.

¿Y qué hay que hacer para ser influencer? ¿Cómo se pasa de un pasatiempo –o hábito– diario, subir una foto o la otra, a un negocio con empresa, manager y equipo? Ejércitos de jovencísimas internautas están empeñadas en conseguirlo. Actualizan sus outfits a diario, se inventan momentos idílicos que compartir, llenan sus cuentas de buen rollo, naturalidad, del style life perfecto a la caza de novios-asesores con el objetivo de alcanzar un sueño: abandonar el común estatus de seguidoras para convertirse en una líder.

Se podría afirmar que nunca hasta ahora había sido tan fácil. La última generación de influencers ya no necesita hacer realities shows como las Kardasian, ni presentar noticieros como la Carbonero, ni ser la prometida de un príncipe. Ni tan siquiera les resulta imprescindible escribir un blog. La nueva ornada de influencers que ha hecho el cambio de niña a mujer de la mano de Instagram y You Tube es casi una desconocida para el mundo de a pie. Es lista, tiene buen gusto y mucho desparpajo. Pero es una chica normal.

Y ¿por qué unas llegan y otras no? ¿Por qué hay adolescentes que sí abrazan su anhelado tesoro –front row en los desfiles de París, Londres, Milán, seis mil euros por foto, fichajes con marcas de lujo– y la mayoría no?

Lo fácil sobreviene difícil cuando no hay explicación objetiva. Es una cuestión de gracia y la gracia es intangible. Es lo mismo que preguntarse porqué una chica y no otra es la más popular de la clase. Quizá no sea la más guapa, ni la más alta, ni tan siquiera la más inteligente. Pero es la que cae bien a todo el mundo. Es especial, tiene carisma, provoca una cierta envidia, casi rabia, pero cuando te hace caso, te derrites. Son líderes natas. Y el resto, nosotras, ese millón o dos de seguidoras, queremos vestir, vivir y divertirnos como ellas. Mientras morimos porque sea nuestra amiga.