Llueve en Barcelona

Aquí no es que la lluvia no sepa llover, es que los barceloneses no sabemos vivir con la lluvia, y el manual del seny i rauxa—esa cordura y pronto que consideran los catalanes que les es natural—no dice nada de cómo mojarse. Los gallegos, ¡ni paraguas, oiga! Cuando llueve en Barcelona, el mal humor impera y los conductores dejan ir (aún más) improperios.

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sta primavera, de vez en cuando llueve, ¡sí, en Barcelona! O eso dicen: muchos días estoy metido en mi trabajo y ni me doy cuenta, hasta que veo en Twitter una serie de sonados que empiezan a hacer una ronda de corresponsales y explican, barrio por barrio, como va el aguacero. Entonces miro por la ventana y veo que, efectivamente, llueve: por una vez no me han colado una fake news.

Los años que la sequía no entra dentro del “ranking de los principales problemas de los barceloneses”, la lluvia es más bien una externalidad, un efecto secundario no deseado. Una murga, vaya, que obstaculiza nuestra esforzada carrera diaria hacia ninguna parte. Aquí no es que la lluvia no sepa llover, es que los barceloneses no sabemos vivir con la lluvia, y el manual del seny i rauxa—esa cordura y pronto que consideran los catalanes que les es natural—no dice nada de cómo mojarse. Los gallegos, ¡ni paraguas, oiga! Cuando llueve en Barcelona, el mal humor impera y los conductores dejan ir (aún más) improperios. Tanto da que el agua se lleve las cagadas del parabrisas, un aguacero significa tacos y mala leche. De repente, los buses se asardinan y hacen tufo de humedad, los andenes del metro se inundan—de las goteras, y algún sabio vierte serrín y acaba todo en un lodazal de chap-chap. No hay ni un taxi y tratar de llegar a pie a los puestos es garantía de llegar empapado como un pato y encadenar los estornudos al día siguiente. Una lata, vaya.

En el centro, la lluvia significa que el bus turístico pone el toldo y los japoneses sacan aquellos chubasqueros llamativos que compraron en el Eurodisney: cuadriculados como son, los han cargado todo el día porque el iPhone se lo recomendaba. También deben haber revisado el tiempo online a primera hora de la mañana las decenas de paquistaníes que, puntuales como caracoles, aparecen tan pronto caen las primeras gotas vendiendo paraguas a tres euros. Los turistas que han pensado, lucen los paraguas de cortesía de los hoteles—Melià, Hotel H10, gigantescos e innecesarios, creadores de aún más atascos y colisiones en las calles ya de por sí pequeñas del Gótico. Eso sí, en el Raval, las prostitutas y los proxenetas de Pau Miró acaban de lo más empapados. Sabes que esa chica es hipster por el paraguas transparente, sabes que esa vecina es autóctona por la bolsa en la cabeza que le protege la permanente. La vendedora de chancletas de Plaza de Cataluña bosteza, consciente de que hoy no hará agosto—calles mojadas, cajas secas. Sólo harán caja en la zapatería de al lado, que los que iban con chanclas ahora corren a calzar normal. En el lavabo del Burger King, una madre gamba intenta secar los calcetines de su hijo con el secador eléctrico, que su pequeño gambón va loco por pisar charcos. Si la alineación astral ha querido vendaval, las papeleras se llenarán de paraguas lisiados que no han resistido la batalla, y si ha tocado aguacero fuerte, los bares harán agosto aquel ratito, entre las Voll Damm de los que lo toman con calma y los resoplidos de los que miran el reloj porque llegan tarde a quién sabe dónde.

Afortunadamente, la lluvia en Barcelona dura poco, el tiempo de este pequeño simulacro. Enseguida volveremos a guardar paraguas—e inevitablemente nos los dejaremos por todas partes, y las terrazas, vaciadas de golpe, volverán a la vida: un camarero se dedicará a sacudir el agua de mesas y sillas, algún señor mayor lamentará un patinazo y todo volverá a su sitio.