Retrato de Mary Shelley por Richard Rothwell, 1840

Las horas lentas. El nacimiento de un artista

Hermann Hesse dice que sentimentalismo es recrearse en sentimientos que, en la realidad de los demás, no se toman en serio y, este hecho, nos lleva al sufrimiento. El sentimentalismo son horas lentas, las que hemos pasado esperando una llamada, sentados en la silla de plástico en la sala de espera de urgencias o las que algunos hemos vivido cuando aún éramos niños, en la cama, en medio de una discusión de los padres

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uando en 1818 Mary Shelley adentraba en el laboratorio para crear Frankenstein tuvo en cuenta una serie de magnitudes físicas como son la longitud, la masa, la intensidad de corriente eléctrica… De hecho, de las básicas, prácticamente todas. Para referirnos a ellas, a las magnitudes, empleamos unidades de medida arbitradas. Es esencial para neutralizar el factor tiempo que, atrincherado, condiciona su impresión. De no ser así, en términos absolutos, los cien metros que este verano separaban tu toalla del chiringuito de la playa serían muy distintos de los cien metros de caminar sin rumbo por el desierto, aunque conservan algunas similitudes como el calor o la arena sobre la que dejarías las huellas. Igual de dispares serían los metros cúbicos excavados para la fosa de un mismo y los metros cúbicos análogos excavados para la fosa ajena. Del conjunto de 7 magnitudes, el tiempo es la única unidad de medida anclada en los sentimientos. Tanto es así que su huella depende de las emociones y de la escalera por donde trepan tales emociones. Mary Shelley, por ejemplo, crea un ser atormentado por la falta de amor de su padre, el científico Víctor Frankenstein, y es la soledad prolongada en el tiempo lo que empuja a Frankenstein, el nuevo ser, al sentimentalismo y al odio.

La relación que mantenemos con los padres durante la niñez actúa sobre nuestra intención en la vida. Con las horas lentas, el ser niño traza las líneas maestras de lo que acabará convirtiéndose en su mundo interior, el cual situará en la órbita de la sensualidad

Hermann Hesse dice que sentimentalismo es recrearse en sentimientos que, en la realidad de los demás, no se toman en serio y, este hecho, nos lleva al sufrimiento. El sentimentalismo son horas lentas, las que hemos pasado esperando una llamada, sentados en la silla de plástico en la sala de espera de urgencias o las que algunos hemos vivido cuando aún éramos niños, en la cama, en medio de una discusión de los padres. Es evidente que en el caso de este último ejemplo, una discusión de los padres, un adulto no la asumiría de la misma manera que un niño. Un adulto se levantaría de un salto y los mandaría al carajo. Pero el niño, claro, no tiene el coraje de enfrentarse a ello y vive aquella discusión como un espacio de tiempo tan eterno como doloroso, convirtiendo el intervalo en una de las peores experiencias de la entonces todavía tierna existencia. Tal como le ocurrió al Frankenstein, estos estadios de impotencia ponen al niño ante la necesidad de protegerse del brutal estado de vulnerabilidad.

 

La relación que mantenemos con los padres durante la niñez actúa sobre nuestra intención en la vida. Con las horas lentas, el ser niño traza las líneas maestras de lo que acabará convirtiéndose en su mundo interior, el cual situará en la órbita de la sensualidad. Es en la sensualidad donde el niño empieza a diseñar los cánones de belleza propios, y es en la belleza donde reencuentra la felicidad que no encuentra en el contexto familiar. Es un viaje que le permite definir su arte, el valor y la amplitud del cual quedarán determinados por la capacidad de proyectar amor. El amor ausente en la relación de los padres y que ha tenido que tejer con hilo propio. Dentro de su arte, el niño se olvida de sí mismo y sustituye la angustia de unos ojos que ven demasiado claro por la felicidad.

Fuera de la felicidad, el ser -tanto el no adulto como el adulto- seguirá imponiendo sus cánones de belleza para interpretar el mundo exterior a su manera. Será una belleza triste, pero esta tristeza hermosa es lo que le mantendrá literalmente vivo

Este es un camino de no retorno y puede derivar en lo abstracto o, por el contrario, terminar en conductas propensas a la destrucción y comportamientos criminales como ocurre con la creación de Shelley.

Fuera de la felicidad, el ser -tanto el no adulto como el adulto- seguirá imponiendo sus cánones de belleza para interpretar el mundo exterior a su manera. Será una belleza triste, pero esta tristeza hermosa es lo que le mantendrá literalmente vivo: la excitabilidad del alma, la capacidad perentoria de enamorarse, la capacidad de amar ardorosamente, entregarse y experimentar, en el mundo de los sentimientos, un cosmos insólito que lo aleje de la realidad.

Por fortuna, al cabo de los años y habiendo despedido episodios trágicos, los que han podido abandonar el refugio del tormento y los que han conseguido no quitarse la vida, convierten las horas lentas en imágenes fijas, inalterables. En definitiva, las convierten en voz, en luz, en creación artística. Mientras el ser no adulto vive en la tragedia, obviamente, la percepción aún es demasiado temprana para comprender con entereza el acierto que supondría retener dignamente las emociones para, más adelante, cuando tendrá al alcance las herramientas, transformarlas. Pero la intuición del futuro del artista, torpe cuando todavía es un niño, lo único que sabe es encontrar el enamoramiento.

Porque los hijos de las horas lentas se mueven, sólo, por el enamoramiento. Todo lo que no sea por enamoramiento, toda realidad que no sea transformable, le parecerá rechazable y la rechazará. Así actúa el engranaje de quien, de pequeño, se ve obligado a construir un universo propio donde sobrevivir. Está claro que hay otras maneras de parir a un artista. Esta vía sólo es una, la que nace a través de las lágrimas y la dolorosa tensión, a la que, al mismo tiempo, nos hemos entregado alegremente para poder perdonar.