Najia Mehadji, Drapé, 2012. ©Jean-Louis Losi, © Adagp, París 2018

La voluptuosidad del movimiento: Najia Mehadji en Ceret

Recorrer y comprender la destreza de los motivos de inspiración del artista es uno de los grandes valores del trayecto que propone la exposición, que se puede visitar hasta el próximo 4 de noviembre. Comisariada por la directora del Museo de Arte Moderno de Céret, Nathalie Gallissot, esta es la primera retrospectiva dedicada a Mehadji. A pesar de ser poco conocida en España, tiene una dilatada trayectoria y obra repartida en destacadas colecciones públicas y privadas, y en museos como el Centro Pompidou y el Instituto del Mundo Árabe de París o el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo Mohammed VI de Rabat.
L

os motivos florales, la estructura de las cúpulas o las formas de las olas pueden parecer tópicos recurrentes en la pintura, llamados a no tener más recorrido. Pero en manos de Najia Mehadji (1950) se convierten en otra cosa. Si alguien huye del lugar común es esta artista franco-marroquí, que vive y trabaja a caballo entre París y Essaouira. La retrospectiva que le dedica el Museo de Arte Moderno de Céret, La trace et le souffle (“La huella y el aliento”), es una bocanada de viveza y de intensidad: una potencia que se expresa a través de la fijación por las estructuras arquitectónicas, el mundo vegetal, los repliegues y juegos de la ropa y las olas. Cargada de autenticidad, es capaz de dotar a todos estos elementos de una vibración renovada, de un ritmo que sorprende y sacude. El recorrido por las 150 piezas que integran la muestra parece que coja del brazo el visitante y le quiera hacer girar y bailar como la escultura de Camille Claudel, La Valse, que le sirve de inspiración para algunos cuadros.

Recorrer y comprender la destreza de los motivos de inspiración del artista es uno de los grandes valores del trayecto que propone la exposición, que se puede visitar hasta el próximo 4 de noviembre. Comisariada por la directora del Museo de Arte Moderno de Céret, Nathalie Gallissot, esta es la primera retrospectiva dedicada a Mehadji. A pesar de ser poco conocida en España, tiene una dilatada trayectoria y obra repartida en destacadas colecciones públicas y privadas, y en museos como el Centro Pompidou y el Instituto del Mundo Árabe de París o el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo Mohammed VI de Rabat. Cuatro años atrás, Ceret ya había descubierto una parte de la obra de Mehadji con la muestra Le peintre et l’arène.

Es una obra que se impregna de referentes de Oriente y de Occidente, a los que rinde tributo y se esparce a través de múltiples técnicas y formas redescubiertas. La exposición consigue reflejar la coherencia interna de su producción. Tomando el hilo de la influencia que ejercen sobre ella la arquitectura de Le Corbusier y la oriental, se exhiben dibujos antiguos (de una mezquita de Argel, de la Alhambra de Granada, de la basílica de Santa Sofía…) que permiten contemplar con más perspectiva los cuadros de la artista franco-marroquí. Más adelante, aparecerán un cuadro de El Greco (El espolio); los filmes Ordet (de Carl Theodor Dreyer) y La danse serpentine (de los Hermanos Lumière), la danza de los derviches (un baile turco donde danzan sobre sí mismos hasta el éxtasis) o la música subsahariana gnawa soul. Así de diversas son las relaciones artísticas que entabla, donde, como se puede comprobar, sobresalen el movimiento y los repliegues de la ropa. Son sus constantes vitales. Con particularísima destreza y paso firme, su universo pictórico se adentra en la captura del dinamismo del movimiento. Un movimiento que a menudo se eleva con sentido simbólico, espiritual, que respira voluptuosidad por los cuatro costados.

Mehadji hace buena la frase del filósofo Gilles Deleuze: “en el arte no se trata de reproducir las formas sino de capturar las fuerzas”.

Najia Mehadji, Coupole, 1995. ©Jean-Louis Losi, © Adagp,

Todo parece tener su sentido y su motivo en Mehadji. En un vídeo al final de la muestra, la misma artista explica que una serie de cuadros de cúpulas la creó a raíz del impacto de la guerra de Bosnia, en los años 90. Atraída por el dibujo de líneas en el espacio, la relación entre volúmenes y las formas de la naturaleza, la primera parte de la exposición juega con cúpulas, rombos, planes y superficies dentro del cuadro, y exprime todo el jugo de las formas florales, como símbolo de belleza y también de la fragilidad y brevedad de la vida. Azules, rojos, amarillos, granates, negros… A menudo son colores contundentes, ocasionalmente ralos. Juega con tu mirada, con los efectos de la perspectiva, y te invita a mirar y encontrar nuevos centros de atención, allí donde parecía que no hay existían.

Las diferentes series (de cúpulas, de flores, de olas…) encapsulan en sí mismas un movimiento y un significado que crece y se ramifica. Por ejemplo, en la serie dedicada a la flor de la granada, flor mística y mitológica de origen asiático, consigue resultados espectaculares. Lo mismo ocurre con las pinturas de olas -a menudo con títulos incisivos-, donde no tienes más remedio que ensimismarte con la fuerza de un gesto preciso y enigmático a la vez, de una naturalidad exultante. Mehadji hace buena la frase del filósofo Gilles Deleuze: “en el arte no se trata de reproducir las formas sino de capturar las fuerzas”. Esto se hace especialmente manifiesto en las series de cuadros de olas y cogollos, de un magnetismo hipnótico. Esta sucesión de pinturas, quizás la más sorprendente de todas, extrema la sensación de movimiento, como si la densidad, la velocidad y la profundidad no pararan de moverse dentro del cuadro, como si no fuera un objeto fijo dentro de una sala de exposiciones. Mehadji hace como el niño que coge una cinta y no para de hacerla subir y bajar caprichosamente con efectos e impactos cada vez diferentes: las formas en contorsión, la vitalidad estallando o ahogada, le dan una energía cinética que cambia de sentido en cada tela. La Suite Goyesque, dedicada a los desastres de la guerra, con un color amarillo quemado, parece apartarse de este conjunto, pero es de una contundencia inquietante.

Entre tanto dinamismo, se entiende perfectamente que, para cerrar la exposición -y a propuesta del centro- Mehadji eligiera La sardana de la Paz de Picasso como pieza de la colección permanente que liga con su obra. Una muestra más del espíritu libre que hace las de motor. Y un recordatorio para quien no conozca el Museo de Arte Moderno de Ceret: acoge piezas de destacados artistas que pasaron por la capital del Vallespir, como Picasso, Manolo Hugué, Arístides Maillol, Miró, Juan Gris o Marc Chagall. La exposición de Mehadji está abierta hasta el 4 de noviembre.