Empty classroom. Photo by Tyler Callahan

La universidad. Un título, un puesto de trabajo (II)

Creo que la universidad ha olvidado su condición humanista. Y desgraciadamente seremos débiles mientras la universidad continúe aliada a la dinámica de los mercados en vez de posicionarse como contrapeso. Y seguiremos siendo débiles mientras siga postulándose como guía para el crecimiento profesional en vez de hacerlo como guía para el crecimiento personal

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auraha es un pueblo de Nepal dedicado al cultivo de arroz que acostumbra a pasar desapercibido a los viajeros que buscan el misticismo del Himalaya. Situado en el Parque Nacional de Chitwan los hombres y las mujeres coexisten con elefantes, rinocerontes y tigres. Y a pesar del intento por circunscribir la actividad lejos del territorio salvaje, la noche, que de muros no entiende, se presenta como una puerta al paraíso para el rinoceronte anciano, el cual vive condenado a buscar provisiones fuera del perímetro al haber perdido la hegemonía a favor de un ejemplar más joven. Sucede que, al atardecer, el brutal y parsimonioso cuadrúpedo se zambulle en el río para refrescarse y, más tarde, una vez la luz se funde del todo, emprende camino hasta los arrozales apartados del control del cabecilla. El rinoceronte entonces se pasea a paso ligero sin temer ninguna consecuencia. A veces incluso atraviesa la calle principal ante la mirada atónita de los vecinos. Solo los campesinos lo esperan en torno a las hogueras con el fin de echarlo y de esta manera tratar de salvar la cosecha. Mientras tanto, a un centenar de metros de los campos donde el rinoceronte arrasa a su paso, las hermanas Sabina y Ashmita (6 y 8 años) duermen en la habitación que comparten con dos niñas más del orfanato. Los desastres naturales de los últimos años han empobrecido y sustraído el futuro de centenares de niños y niñas en Nepal. Eso ha hecho que los hogares de acogida de menores hayan proliferado. Un porcentaje elevadísimo de estos centros de acogida no están regulados por ningún organismo. Están tutelados por particulares que han visto, en la circunstancia de unos niños sin techo, una oportunidad para aumentar los ingresos. Sabina y Ashmita se han levantado a las 6.30. Todavía con la pereza por pijama se han dirigido al porche, donde han acabado de terminar los deberes de la escuela mientras la cocinera y una pareja de voluntarios han preparado el desayuno; siempre el mismo plato: arroz, lentejas estofadas y roscones de harina. Después se han vestido con el uniforme del colegio y han ido a clase. El camino a la escuela es amigo. El sol acaricia los cultivos. Las bicicletas hacen vía arriba y abajo por lugares que dan ganas de quedarse. Las personas mayores pasan el rato bajo el portal. Allí charlan y prácticamente no se moverán hasta la hora de ir a dormir. El recibimiento que los niños hacen a la maestra cada mañana les sale del corazón y emociona. Dentro del aula van descalzos y se sientan sobre almohadas en torno a mesas bajas que comparten entre cuatro o cinco. Sabina y Ashmita aprenden rápido, participan y se muestran confiadas en sus habilidades. Están listas y alegres. Una quiere ser maestra, la otra médico. Estoy convencido de que llegarían a ser personas adultas con una vocación desbocada. Pondrían toda el alma y más. Pero eso no podrá ser. Cuando Sabina y Ashmita cumplan 18 años no tendrán la opción de poder seguir estudiando y deberán volver con su familia. La familia que no las ha podido mantener. Eso quiere decir que tendrán que trabajar de cualquier cosa para aportar dinero a casa y la humanidad habremos perdido a dos conciencias entregadas a hacer un mundo mejor. La universidad no habrá estado a la altura al no haber sido capaz de generar una oportunidad para las dos hermanas.

Johannes y Jenni son una pareja alemana de veintipocos. Los dos han emprendido un viaje por el mundo. Después de recorrer buena parte de Asia han saltado a América del Sur. Jenni se tomó un paréntesis de sus estudios y Johannes no estaba dispuesto a aceptar cualquier trabajo después de graduarse en ingeniería. Conversamos largos ratos entre sacudida y sacudida en el bus que nos llevaba de Manali a Keylong (India). Jenni es quien más beligerante se mostró con el modelo universitario y el modelo laboral. Sostiene que tanto uno como otro están orientados a inocular miedo y delimitar la evolución natural de las personas. Una prueba de eso, dice, es que buena parte de los compañeros y compañeras revelan sentir envidia al ver las publicaciones y fotos del viaje en las redes sociales, pero en cambio no se atreven a dar el paso. No se atreven porque, dicen, tienen miedo a perder lo que tienen. No es extraño, el miedo a perder es una característica de la sociedad occidental. El consumo decapita la seguridad en uno mismo y obliga a depender y a generar expectativas con el fin de mantener el tesoro material y ampliarlo, y de ahí se deriva la frustración y el agotamiento físico y mental.

Connie y Polly, inglesas, tienen 24 años y se han licenciado en derecho. Adrian, un francés de 29 años, es maderero. Alex, también de 29 y austríaco, es licenciado en ingeniería. Nos conocimos en el paso fronterizo entre Camboya y Laos mientras esperábamos un vehículo que nos acercara hasta Paksé. Les pregunté qué los había motivado a emprender el viaje y de las diferentes respuestas extraje tres puntos en común: no quieren una vida marcada por la competición, buscan una alternativa a la rutina y no piensan rendirse al estrés. Y es precisamente el estrés lo que acabó con ocho universitarios que optaron por el suicidio en tan solo un año y medio, en Bristol, Inglaterra. A pesar de que la dirección hable de problemas de salud mental a secas y se haya optado por invertir 1 millón de libras en la prevención de nuevos casos, Bristol no es un caso aislado. Según un artículo de Quim Aranda (Ara, 30 de marzo de 2018), en solo 10 años los casos de suicidio entre los estudiantes de universidades inglesas se han multiplicado por 5 –el último registro habla de 144 casos en el año 2016–. Curiosamente en el mismo periodo las enfermedades mentales, la angustia y el estrés se han multiplicado por cinco, y una de las principales secuelas es la renuncia y el abandono de los estudios –entre 2010 y 2016 ha habido un incremento del 210% hasta llegar a los 1.180 estudiantes–. ¿Cuál es la causa? ¿No es la universidad la que promete un futuro lleno de felicidad? Se apunta que la causa es una combinación de factores: presión social y económica y el consumo de fármacos con el fin de mejorar los resultados académicos.

A pesar de tener en cuenta que estos casos expuestos –puntuales pero extensibles a todos los países– no son suficientes para extraer conclusiones, me parece que, como mínimo, es posible poner en duda el papel de la universidad en la sociedad. Dicho de otra manera: creo que la universidad ha olvidado su condición humanista. Y desgraciadamente seremos débiles mientras la universidad continúe aliada a la dinámica de los mercados en vez de posicionarse como contrapeso. Y seguiremos siendo débiles mientras siga postulándose como guía para el crecimiento profesional en vez de hacerlo como guía para el crecimiento personal. Ante los retos de hoy me gustaría que la universidad volviera a ser un órgano de inspiración tal como ayer lo fue para procesos de transformación por todo el mundo. Pero eso, hoy y siempre, exige mucho más que una simple ecuación.