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La no plaza: Urquinaona

Urquinaona es una no plaza, si es que es posible redundar un poco más en la idea del no lugar, inevitablemente sobada y estrujada. Siempre me ha parecido una plaza muy barcelonesa. Quizás por la resonancia del nombre. Es una sonoridad única, que a los oídos del no barcelonés vibra de manera indefectible ligada al centro de la ciudad

A finales del siglo XX las teorías sobre la postmodernidad pusieron en circulación el término “no lugares”. Eran espacios condenados a la transitoriedad, intercambiables los unos con los otros. Aeropuertos, áreas de servicio de las autopistas, centros comerciales, estaciones de tren… El concepto llegó a rodar tanto que ahora, que recibimos la torna oscura de las ilusiones que escondía la postmodernidad, ya es difícil que cualquier cosa no nos parezca un no lugar o que no tengamos la tentación de poner la negación ante un sustantivo cualquiera. Quizás porque la transitoriedad se ha incrustado en buena parte de aquello que pisamos, como piedra en los riñones. Y a pesar de todo, deambulando arriba y abajo por el no lugar, le encontramos una particularidad que, por tintes grotescos que coja a ratos, no deja tener una punta de encanto.

Urquinaona es una no plaza, si es que es posible redundar un poco más en la idea del no lugar, inevitablemente sudada y estrujada. Siempre me ha parecido una plaza muy barcelonesa. Quizás por la resonancia del nombre. Es una sonoridad única, que a los oídos del no barcelonés vibra de manera indefectible ligada al centro de la ciudad (su nombre es el de un obispo, José María de Urquinaona y Bidot, que llegó a Barcelona en 1877 y es celebrado por haber bendecido la primera piedra de la Sagrada Familia).

Una de las cosas que más se hacen en la plaza Urquinaona es esperar en los semáforos, tanto si andas, como si vas en coche, como si estás dentro de un autobús. Decir Urquinaona es decir esperar, cosa que todavía tiene más gracia porque acerca la plaza a la vida de un aeropuerto pero también a la expectativa de la llegada de algún cambio.

Quizás Urquinaona es una no plaza porque adopta las funciones de un corazón con múltiples ventrículos que nunca se detienen: unos bombean hacia la Ronda de Sant Pere y la Vía Layetana, otros hacia las calles Pau Claris y Roger de Llúria. Ventrículos que llevan hacia la Derecha del Eixample (¿hay algún punto cardinal más barcelonés que este?) o hacia la Ribera y Santa Caterina. Ventrículos que sueltan coches, autobuses, metros, motos, bicis y paseantes que esperan en la infinidad de semáforos que nunca se encadenan.

Una de las cosas que más se hacen en la plaza Urquinaona es esperar en los semáforos, tanto si andas, como si vas en coche, como si estás dentro de un autobús. Decir Urquinaona es decir esperar, cosa que todavía tiene más gracia porque acerca la plaza a la vida de un aeropuerto pero también a la expectativa de la llegada de algún cambio. A veces se espera con la esperanza de que aterrice algún tipo de mejora, un cambio de la situación. A estas alturas debemos de ser tan hipermodernos y ultramodernos como se quiera, pero aun así nunca se deja de esperar, aunque no se sepa exactamente el qué, aunque el panel que marca cuándo llega el próximo autobús esté estropeado y el rojo del semáforo se eternice de manera incomprensible.

Cuando se espera en la plaza Urquinaona, sobre todo si se va a pie, es fácil fijarse en su fealdad, un aspecto no menor que contribuye a reafirmarla en su modernidad líquida. No te sientes a gusto, ahí. En Urquinaona pasan tantas cosas arriba, abajo y por debajo, todas raudas, que incluso al peatón le cogen ganas de pasar veloz. Pero nos detenemos en el semáforo, pongamos que el que hace esquina con el teatro Borràs, un teatro fundado en 1931, cuyo cartel exterior tiene un aire de antaño, popular. Nos detenemos en el semáforo y seguimos rascando la espalda de aquella plaza que nos revelará algunos misterios. Si miramos a mano derecha, veremos un edificio con la fachada sinuosa, una balconada que parece una coraza que se acopla al chaflán, el edificio Fàbregas. Según explica Xavier Theros, es el primer rascacielos de Barcelona, empezado a construir en 1936 e inaugurado en una etapa tan gris como lo acabaría siendo la plaza, en 1944.

Aquí, un quiosco (cuya pervivencia ya empieza a ser noticia); allí, un aparcamiento de bicicletas. Aquí, la boca del metro. Allí, la del parking. Aquí, unas palomas; allí, la Font del Noi dels Càntirs.

Desde la esquina del teatro Borràs, si miramos muy recto, a la distancia de varios carriles de circulación y un puñado más de semáforos para remolonear, vemos aquella torre que en algún momento debió de haber sido el último grito en arquitectura, pero que ahora, al girar los ojos, más bien causa un grito de pasmo: es una sombra marrón, un rascacielos que parece alzado para ridiculizar la armonía de los edificios del Eixample, una especie de “Tente” inacabado, de un perfil difícil de digerir. Su estilo es racionalista, lo cual no necesariamente es tranquilizador. Se acabó los años 70, que en Barcelona es como decir que aquí se acaba cualquier debate sobre el paisaje urbano.

El pastiche arquitectónico multiforme que rodea la plaza se extiende como una mancha de aceite a todos sus elementos. Plataneros al lado de palmeras. Balcones de piso del Eixample sobre comercios de luces estridentes. Herbajes mustios para simular un poco de verde en contraste con el alquitranado oscuro de una clapa para peatones. Aquí, un quiosco (cuya pervivencia ya empieza a ser noticia); allí, un aparcamiento de bicicletas. Aquí, la boca del metro. Allí, la del parking. Aquí, unas palomas; allí, la Font del Noi dels Càntirs. El chico de la fuente, arremangado como un Tom Sawyer, bebe de un botijo y tiene otro volcado en el suelo. La escultura, obra de Josep Campeny i Santamaria, fue puesta en este punto en 1912. Lástima que el chico del botijo no nos pueda explicar cómo era la plaza hace más de cien años ni si se ha acostumbrado al ruido incesante o al hecho de que nadie se pare a contemplarlo. Lástima que no nos pueda decir si le gustaba más cuando Urquinaona era un lugar o bien cuando pasó a ser un no lugar. Al menos ninguno de los dos botijos de la fuente se ha roto.