transformación digital
Foto de Ricardo Feriche

La hora de los humanistas

El cambio en los últimos lustros ha sido frenético, impulsado, sobre todo, por un convencimiento indiscutido: a quien no encare la transformación digital, el mundo le pasará por encima. O digital o nada. La cuestión no es quién debe dirigir la evolución de la tecnología sino en base a qué principios lo hace.
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uando aún no había Internet ni nada que se le pareciera, el director de la división digital de una multinacional del mundo editorial comentaba que, desde que había dejado de trabajar para el «papel» y se dedicaba al «digital», su nivel de estrés se había disparado. «Me cuesta dormir por las noches, antes vivía más tranquilo», decía. Era un departamento de creación reciente que en ese momento se encargaba de las colecciones en CD. Cuesta imaginar en qué estado se encuentra ahora su sistema nervioso si todavía pertenece a la división digital. Probablemente hace tiempo que pidió la vuelta al «papel» o la jubilación anticipada.

El cambio ha sido frenético, impulsado, sobre todo, por un convencimiento indiscutido: quien no encare la transformación digital el mundo le pasará por encima. O digital o nada. Esta evidencia tiene dos caras. La de la oportunidad que supone descubrir un mundo nuevo todavía incierto y la de la amenaza ante una escalada tecnológica que no controlamos.

Esko Kilpin, reconocido profesor finlandés especializado en la economía de la era post industrial, sostiene que el futuro está en una sociedad centrada en las capacidades humanas aumentadas por la tecnología. Kilpin defiende que la tecnología debe ser una herramienta para el hombre, no su sustituto. «Todas las decisiones empresariales son decisiones morales -dice Kilpi-. Asistimos a un gran deterioro de la política, y creo que el sector empresarial debe estar a la altura de las circunstancias. Es el momento de que las empresas demuestren su sentido de la responsabilidad».

 

Nada nuevo en el concepto, pero parece necesario recordar estos principios morales en una época en que parece que la tecnología camina desbocada en otra dirección. La de la sustitución masiva de los trabajadores. Si lo puede hacer una máquina, ¿por qué debería hacerlo un hombre?

No es un debate nuevo. La historia de los cambios tecnológicos (¿debemos decir revoluciones?) ha ido acompañada de acciones y reflexiones sobre los beneficios o perjuicios de la tecnología. Desde los emprendedores entusiastas a los luditas de Manchester que quemaban fábricas o los tecno-escépticos del siglo XXI.

¿Cómo se hace? ¿Cómo se consigue que la tecnología, en la época de la inteligencia artificial y el Big Data, no se desboque?

Hay voces que abogan por un futuro de la tecnología que pase por las humanidades. El verano pasado, la Harvard Business Review recogía tres publicaciones recientes que tratan esta cuestión. En The Fuzzy and the Techie, Scott Hartley, inversor en capital riesgo, defiende que la tecnología será tan fácil de utilizar que requerirá mentes preparadas para darle un uso adecuado.

En Cents and Sensibility, Gary Saul Morson y Paul Shapiro, profesores de la Universidad de Northwestern, denuncian que la economía tiende a olvidar el efecto de la cultura en la toma de decisiones, la utilidad de la historia para explicar las acciones de la gente y las consideraciones éticas.

Y en Sensemaking. The Power of humanities in the Age of the Algorithm, el consultor Christian Madsbjerg defiende que el conocimiento profundo también en los negocios depende no de la cantidad de datos disponibles sino del estudio y la interpretación que hagan los humanos.

En un artículo publicado en La Vanguardia el pasado julio, Frank Ponti, profesor de EADA Business School, argumentaba que la innovación se parece más al trabajo de un antropólogo que a la de un ingeniero. «La innovación no empieza con la tecnología, sino como una necesidad -decía Ponti. Después de encontrar la necesidad, tendremos que atender como resolverla. Solo aquí empezará a tener un papel relevante la tecnología».

Ojalá hubiera un cambio de liderazgos más orientado al cerebro y el corazón de la humanidad que al bolsillo o a la ambición de algunos de sus componentes. Al menos, serviría para dar trabajo a humanistas, tan dañados últimamente.

Pero también hay voces escépticas. Schaun Wheeler, antropólogo norteamericano y científico de datos, provocó una polémica en las redes raíz de unos tuits en los que ponía en cuestión el valor que asignaturas de ciencias sociales podían aportar a los planes de estudio sobre Inteligencia Artificial. Wheeler argumentaba que «los estudiantes necesitan materias que les proporcionen resultados, no materias basadas en actos de fe».

En todo caso, el debate no debería limitarse a cuestionar quién debe dirigir el uso de la tecnología sino en base a qué principios evoluciona. ¿Los del mercado, únicamente? ¿Los del rendimiento y la productividad? ¿Seguiremos dejando el control de las herramientas a empresas privadas globales? ¿Qué papel tendrán las administraciones en países cada vez más endeudados? ¿Qué fuerza tendrá el poder político ante corporaciones que acumulan excedentes inalcanzables?

Si se mantiene la tendencia de los últimos años, se consolidan los valores actuales y aumenta la posición de los monopolios tecnológicos, los humanistas servirán de poco. Quizás se sacará provecho de ellos para hacer más eficaz y sugestivo el dominio de los que utilizan la tecnología para aumentar el desconcierto de la humanidad y extraer provecho de ello.

Puedes encontrar más artículos como estos en el blog Collateral Bits, que lidera el periodista Joan Rosés, y que es un espacio de reflexión y análisis sobre los efectos de la tecnología en la vida social, la economía, la política, el individuo y la ética. Ofrece aportaciones propias y selecciona trabajos destacados que se publican en todo el mundo, ya sean artículos periodísticos, trabajos académicos, entrevistas, charlas o debates.