La Muerte de Sócrates
Jacques-Louis David [Public domain], via Wikimedia Commons

La antigua era de la posverdad

El diagnóstico crítico de la “posverdad” no es, por tanto, sino el coletazo último de un movimiento iniciado muchos siglos atrás, como ha explicado Peter Sloterdijk en la Crítica de la razón cínica. Un movimiento que se muestra autocomplaciente y satisfecho en su contradicción bajo la forma de una “falsa conciencia ilustrada”.

La posverdad se ha convertido en la palabra de moda, que todo (y nada) explica. El término es empleado para denunciar un tipo de manipulación masiva, perpetrada en buena medida a través de la difusión tendenciosa de datos (sacados de contexto o directamente falseados), mediante una tecnología sofisticada e incontenible, que les da apariencia de objetividad. Una batería de argumentos sin fundamentar que percuten en el ánimo del sujeto y condicionan su acción. Y, sin embargo, la mal llamada “posverdad” es más antigua que la mismísima verdad.

La “posverdad” es más antigua que la mismísima verdad

Antes de que Platón teorizara la búsqueda filosófica y elevara el concepto de verdad a una dimensión ideal, al alcance sólo de la inteligencia, ya su maestro Sócrates pasaba el tiempo debatiendo en el ágora con los llamados “sofistas”, maestros de oratoria como Gorgias o Protágoras, más interesados en la persuasión de su auditorio que en la concepción de nociones puras, universalmente válidas. A uno de esta estirpe se dirige Sócrates en la obertura de la Apología de Platón.

Con un golpe teatral de primer orden, explotando intensivamente el mecanismo de la elipsis (al referirse a un suceso por todos conocido pero que no se detalla más que retrospectivamente, desde su propia respuesta) afirma Sócrates: “No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero”.

 

Incluso si las herramientas de que disponemos hoy logran una amplificación completamente nueva, imposible de comparar con otras épocas, la construcción de discursos que exaltan las emociones -para decantar la balanza del lado que interesa- no es precisamente un producto del siglo XXI. En los orígenes de la civilización europea hallamos esa misma tendencia, en la forma de una tensión dialéctica que no enfrenta meramente verdad y mentira, sino verdad racional y apariencia de verdad. La “opinión”, tan valorada hoy, es asimilable a un parecer volátil e insustancial en el cual –según las palabras de Parménides, uno de los referentes de Platón- “no cabe fe verdadera”.

 

FALSA CONCIENCIA ILUSTRADA

Desde el paradigma de la sabiduría griega se intuye que la urgencia por esgrimir una opinión a propósito de todo fertiliza el campo de la posverdad. Entre la antigüedad y la época posmoderna, Thomas Hobbes advertía cómo junto a las palabras, y el significado que habitualmente les otorgamos, hay que sopesar siempre la disposición e interés de quien las emplea, para completar su verdadero sentido.

El autor del Leviatán parece anticipar algunas de las reflexiones de John Searle, formuladas siglos después a través de la categorización en “actos de habla” (speech acts). El uso del lenguaje se entiende como intervención en el orden de cosas de lo real, lo trastoca, y genera movimiento. Que una mentira repetida miles de veces -como puede serlo hoy a través de las redes- cobra apariencia de verdad, la realiza, o que la descalificación personal cunde, incluso si comienza como un rumor apenas perceptible, ni por supuesto fundado, ya lo cantó Rossini en “La calumnia è un venticello”.

 

De hecho, la tradición intrigante pertenece a la historia de Europa desde sus inicios. El propio Platón fue testigo privilegiado de la manipulación acontecida en una época que, retrospectivamente, es vista como edad dorada de las artes, de la tradición política y de la búsqueda de la verdad. El contraste con esa época no es tal, o no es tan radical como se pudiera creer; y de ahí que la “posverdad” traslade en sí una falacia notable, si se entiende como una forma cualitativamente distinta de corrupción.

Una mentira repetida miles de veces cobra apariencia de verdad o que la descalificación personal cunde, incluso si comienza como un rumor apenas perceptible, ni por supuesto fundado

La popularización de aquel término, hoy en día, parece indisociable de un anhelo de signo inverso, el anhelo del principio gnoseológico idealmente concebido por la filosofía. La paradoja es un hecho: en la verdad ya no se cree, de un modo incondicional, pero al mismo tiempo se reniega de la predominancia relativista de su opuesto, masivamente inducible. El diagnóstico crítico de la “posverdad” no es, por tanto, sino el coletazo último de un movimiento iniciado muchos siglos atrás, como ha explicado Peter Sloterdijk en la Crítica de la razón cínica. Un movimiento que se muestra autocomplaciente y satisfecho en su contradicción bajo la forma de una “falsa conciencia ilustrada”.

 

IGNORANCIA MÍTICA

Recordemos que el oráculo había indicado a Sócrates que él era el más sabio de los griegos todos. Aquel que decía no saber nada sabía algo que los especialistas ignoraban. Sabía de su propia ignorancia, de la limitación inherente a la adquisición particular de conocimiento. Desconfiando de la acumulación de saber, optó por trascender los dogmas y las opiniones, a través de un incesante ejercicio de autocomprensión práctica, en busca de lo justo. Sócrates quiso realizarse a partir de una coherencia que lo hacía inatacable, ajeno incluso a la muerte, asumida voluntariamente.

 

Con todo, “creer”, vivir ilusiones privadas o colectivas, es una necesidad humana, de validez atemporal, que acompaña la búsqueda de certidumbres. El tópico paso del mito al logos -el salto de la creencia irracional a una racionalidad exenta de creencia- es en sí mismo mítico. Giorgio Colli explicó cómo el nacimiento de la filosofía -ese amor a un saber perdido- tiene lugar en el contexto de los recintos sagrados dedicados a la adivinación, que a su vez evoluciona a través de la “reforma expresiva” de Platón. El anhelo de participar de una verdad inamovible, eterna, sólo se transforma formalmente. Y el cinismo implícito a la posverdad caracteriza a su actual versión.

“Creer”, vivir ilusiones privadas o colectivas, es una necesidad humana, de validez atemporal

Un mundo cada vez más abierto, interconectado y crítico con relación a los grandes discursos y las ideologías –como es el nuestro- habilita al mismo tiempo el espacio para la difusión de opiniones infundadas, que ofrecen algo distinto a la verdad. Un contra-discurso que se impone con autoritarismo paradójico, como si el hecho de ser difundido masivamente garantizara su validez. Se trata de un nuevo y perverso giro, pretendidamente democrático, de aquel orden del discurso que Michel Foucault diagnosticó en 1970, en su intervención del Collège de France.

 

CAVERNAS GLOBALES

Las narraciones de Platón, bajo la forma de diálogo, hablan metafóricamente de una salida de caverna, como en el conocido episodio de La república. Una ascensión hacia la luz fomentada por el filósofo, que podemos entender en paralelo a la “mayéutica” de Sócrates (arte de la comadrona, que había desempeñado su madre), el método que aplicó para “formar a hombres de bien”.

En el escenario actual, dada la presunta interconexión, la caverna parece inexistente y la visión directa de lo real se da por supuesta, anhelando de forma simultánea un grado superior de realización en la virtualidad digital, de acceso inmediato en muchos casos.

La caverna parece inexistente y la visión de lo real se da por supuesta, anhelando de forma simultánea un grado superior de realización en la virtualidad

Pero con la supresión de la idea de formación desde la ignorancia, ahorrándose el penoso e indeterminable tránsito entre ámbitos disímiles –movimiento propiamente filosófico, el de la búsqueda de la verdad, nunca del todo satisfecha- el individuo del siglo XXI parece necesariamente expuesto al reinado de la posverdad, campo abierto a una nueva creencia que es orgullosamente inconsciente de sí.

 

La Muerte de Sócrates
Jacques-Louis David [Public domain], via Wikimedia Commons

La antigua era de la posverdad

El diagnóstico crítico de la “posverdad” no es, por tanto, sino el coletazo último de un movimiento iniciado muchos siglos atrás, como ha explicado Peter Sloterdijk en la Crítica de la razón cínica. Un movimiento que se muestra autocomplaciente y satisfecho en su contradicción bajo la forma de una “falsa conciencia ilustrada”.

La posverdad se ha convertido en la palabra de moda, que todo (y nada) explica. El término es empleado para denunciar un tipo de manipulación masiva, perpetrada en buena medida a través de la difusión tendenciosa de datos (sacados de contexto o directamente falseados), mediante una tecnología sofisticada e incontenible, que les da apariencia de objetividad. Una batería de argumentos sin fundamentar que percuten en el ánimo del sujeto y condicionan su acción. Y, sin embargo, la mal llamada “posverdad” es más antigua que la mismísima verdad.

La “posverdad” es más antigua que la mismísima verdad

Antes de que Platón teorizara la búsqueda filosófica y elevara el concepto de verdad a una dimensión ideal, al alcance sólo de la inteligencia, ya su maestro Sócrates pasaba el tiempo debatiendo en el ágora con los llamados “sofistas”, maestros de oratoria como Gorgias o Protágoras, más interesados en la persuasión de su auditorio que en la concepción de nociones puras, universalmente válidas. A uno de esta estirpe se dirige Sócrates en la obertura de la Apología de Platón.

Con un golpe teatral de primer orden, explotando intensivamente el mecanismo de la elipsis (al referirse a un suceso por todos conocido pero que no se detalla más que retrospectivamente, desde su propia respuesta) afirma Sócrates: “No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero”.

 

Incluso si las herramientas de que disponemos hoy logran una amplificación completamente nueva, imposible de comparar con otras épocas, la construcción de discursos que exaltan las emociones -para decantar la balanza del lado que interesa- no es precisamente un producto del siglo XXI. En los orígenes de la civilización europea hallamos esa misma tendencia, en la forma de una tensión dialéctica que no enfrenta meramente verdad y mentira, sino verdad racional y apariencia de verdad. La “opinión”, tan valorada hoy, es asimilable a un parecer volátil e insustancial en el cual –según las palabras de Parménides, uno de los referentes de Platón- “no cabe fe verdadera”.

 

FALSA CONCIENCIA ILUSTRADA

Desde el paradigma de la sabiduría griega se intuye que la urgencia por esgrimir una opinión a propósito de todo fertiliza el campo de la posverdad. Entre la antigüedad y la época posmoderna, Thomas Hobbes advertía cómo junto a las palabras, y el significado que habitualmente les otorgamos, hay que sopesar siempre la disposición e interés de quien las emplea, para completar su verdadero sentido.

El autor del Leviatán parece anticipar algunas de las reflexiones de John Searle, formuladas siglos después a través de la categorización en “actos de habla” (speech acts). El uso del lenguaje se entiende como intervención en el orden de cosas de lo real, lo trastoca, y genera movimiento. Que una mentira repetida miles de veces -como puede serlo hoy a través de las redes- cobra apariencia de verdad, la realiza, o que la descalificación personal cunde, incluso si comienza como un rumor apenas perceptible, ni por supuesto fundado, ya lo cantó Rossini en “La calumnia è un venticello”.

 

De hecho, la tradición intrigante pertenece a la historia de Europa desde sus inicios. El propio Platón fue testigo privilegiado de la manipulación acontecida en una época que, retrospectivamente, es vista como edad dorada de las artes, de la tradición política y de la búsqueda de la verdad. El contraste con esa época no es tal, o no es tan radical como se pudiera creer; y de ahí que la “posverdad” traslade en sí una falacia notable, si se entiende como una forma cualitativamente distinta de corrupción.

Una mentira repetida miles de veces cobra apariencia de verdad o que la descalificación personal cunde, incluso si comienza como un rumor apenas perceptible, ni por supuesto fundado

La popularización de aquel término, hoy en día, parece indisociable de un anhelo de signo inverso, el anhelo del principio gnoseológico idealmente concebido por la filosofía. La paradoja es un hecho: en la verdad ya no se cree, de un modo incondicional, pero al mismo tiempo se reniega de la predominancia relativista de su opuesto, masivamente inducible. El diagnóstico crítico de la “posverdad” no es, por tanto, sino el coletazo último de un movimiento iniciado muchos siglos atrás, como ha explicado Peter Sloterdijk en la Crítica de la razón cínica. Un movimiento que se muestra autocomplaciente y satisfecho en su contradicción bajo la forma de una “falsa conciencia ilustrada”.

 

IGNORANCIA MÍTICA

Recordemos que el oráculo había indicado a Sócrates que él era el más sabio de los griegos todos. Aquel que decía no saber nada sabía algo que los especialistas ignoraban. Sabía de su propia ignorancia, de la limitación inherente a la adquisición particular de conocimiento. Desconfiando de la acumulación de saber, optó por trascender los dogmas y las opiniones, a través de un incesante ejercicio de autocomprensión práctica, en busca de lo justo. Sócrates quiso realizarse a partir de una coherencia que lo hacía inatacable, ajeno incluso a la muerte, asumida voluntariamente.

 

Con todo, “creer”, vivir ilusiones privadas o colectivas, es una necesidad humana, de validez atemporal, que acompaña la búsqueda de certidumbres. El tópico paso del mito al logos -el salto de la creencia irracional a una racionalidad exenta de creencia- es en sí mismo mítico. Giorgio Colli explicó cómo el nacimiento de la filosofía -ese amor a un saber perdido- tiene lugar en el contexto de los recintos sagrados dedicados a la adivinación, que a su vez evoluciona a través de la “reforma expresiva” de Platón. El anhelo de participar de una verdad inamovible, eterna, sólo se transforma formalmente. Y el cinismo implícito a la posverdad caracteriza a su actual versión.

“Creer”, vivir ilusiones privadas o colectivas, es una necesidad humana, de validez atemporal

Un mundo cada vez más abierto, interconectado y crítico con relación a los grandes discursos y las ideologías –como es el nuestro- habilita al mismo tiempo el espacio para la difusión de opiniones infundadas, que ofrecen algo distinto a la verdad. Un contra-discurso que se impone con autoritarismo paradójico, como si el hecho de ser difundido masivamente garantizara su validez. Se trata de un nuevo y perverso giro, pretendidamente democrático, de aquel orden del discurso que Michel Foucault diagnosticó en 1970, en su intervención del Collège de France.

 

CAVERNAS GLOBALES

Las narraciones de Platón, bajo la forma de diálogo, hablan metafóricamente de una salida de caverna, como en el conocido episodio de La república. Una ascensión hacia la luz fomentada por el filósofo, que podemos entender en paralelo a la “mayéutica” de Sócrates (arte de la comadrona, que había desempeñado su madre), el método que aplicó para “formar a hombres de bien”.

En el escenario actual, dada la presunta interconexión, la caverna parece inexistente y la visión directa de lo real se da por supuesta, anhelando de forma simultánea un grado superior de realización en la virtualidad digital, de acceso inmediato en muchos casos.

La caverna parece inexistente y la visión de lo real se da por supuesta, anhelando de forma simultánea un grado superior de realización en la virtualidad

Pero con la supresión de la idea de formación desde la ignorancia, ahorrándose el penoso e indeterminable tránsito entre ámbitos disímiles –movimiento propiamente filosófico, el de la búsqueda de la verdad, nunca del todo satisfecha- el individuo del siglo XXI parece necesariamente expuesto al reinado de la posverdad, campo abierto a una nueva creencia que es orgullosamente inconsciente de sí.