Los grillos, la belleza y Albert Serra

El filme 'La mort de Louis XIV' (2016) de Albert Serra ha obtenido el prestigioso premio Jean Vigo. Esto le acerca a Jean-Luc Godard, Alain Resnais o Claude Chabrol. Luis XIV, enterrado en el lecho real, transita lentamente hacia la muerte que, una vez más, es un tránsito en suspenso

Albert Serra recuerda que Dalí se emocionaba con la estrella del cine mudo Harry Langdon por la capacidad de ser “vida involuntaria”. Serra recuerda que Dalí escribió que Harry era la vida involuntaria, puramente orgánica, una pequeña cosa que se mueve incluso más inconscientemente que los pequeños animales; se mueve como se abren las vainas de las judías, a solas. En comparación —según Dalí— a su lado Keaton es un místico y Chaplin un putrefacto. Albert Serra (Banyoles, 1975) es un director de cine que ha cultivado cierto prestigio internacional con una propuesta artística al margen de lo común a partir de una identidad obstinada que ha incluido, entre otros elementos reiterativos, el trabajo con actores no profesionales sin guion. O lo que es lo mismo, no actores que no actúan.

“Por eso me gustan tanto los actores no profesionales”, escribe Serra: “No son conscientes de ellos mismos; sus impulsos y sus movimientos son puras reacciones químicas a un estímulo, sin reflexión”. Y la cámara, a veces como si estuviera suspendida entre la vegetación, filma a estos no actores como quien los espía. Así ocurre en Honor de cavalleria reunida por Cahiers du Cinéma con las mejores películas del 2006. Obtuvo el premio Fipresci en la Viennale, 2006; premio Barcelona de Cine 2006. Era el primer largometraje del autor mínimamente distribuido, en el que Quijote y Sancho, de repente, yerran por prados, haciendo camino, apenas avanzando hacia un destino en suspenso. Y el paisaje es el sonido de lo banal, el de la gleba pisada, el tintineo de la armadura que lleva el Quijote, el chirrido de la espada, el resoplido del caballo, el roce del río y las hojas. Y los grillos.

Los grillos, los saltamontes y las cigarras en febril diálogo, parlotean desde los alrededores del poderoso entramado sonoro, hiperrealista, que otorga un volumen suntuoso a las películas de Serra. La naturaleza tangible que conversa a lo largo de los planes desmesuradamente quietos y sombríos. De pronto podríamos sentir que se trata de una orquesta sin director, abandonada en un amasijo de ruidos indistinguibles y sin ningún fin. Y de repente podríamos adecuar nuestra disposición de espectador a la frecuencia de sus notas y su longitud, a su esquema y finalmente a su canto: la belleza inesperada que todo este caos tiende a crear.

El cant dels ocells es Gran Premio del Jurado al Mejor Largometraje en el Festival Entrevues 2008, Belfort; Gran Premio al Mejor Largometraje en el Split Film Festival 2008; premios al Mejor Largometraje en versión original, Mejor Director y Mejor Fotografía en los premios Gaudí 2009. Los tres Reyes de Oriente, en un tránsito en suspenso, yerran también entre los confines sonoros del espesor y la calma, de la luz y la sombra, como ideas que luchan y se solapan. A la desnudez de los diálogos que propone Serra, se contrapone la voluptuosidad de la palabrería vegetal, animal y mineral de un territorio salvaje también en un tránsito circular entre el día y la noche, entre Giacomo Casanova y el conde Drácula, interrumpido por inesperadas rachas de viento que lo silencian todo con tanto
ruido, como un grito.

En Història de la meva mort —Pardo d’Oro al mejor largometraje, Locarno Film Festival 2013—, Casanova degusta una granada con sonora fruición. Cruje la fruta desgarrada por los dientes y los labios sorben su jugo. La masticación marca el ritmo de la escena y la deglución abre un espacio para la palabra, pequeña pero justa. El deseo con que se devora y que devora. El camino de Casanova hacia su muerte en las tierras oscuras donde señorea Drácula. “Esto es la realidad”, afirma Casanova. “El olor de la sangre”, le responde su criado. Una sangre que en el crepúsculo boscoso de Transilvania huele a goteo sincopado sobre la hierba, de víscera que estalla en el fuego, de grillo que canta febrilmente. Y los grillos son señores del crepúsculo, con su canto de vida involuntaria, puramente orgánica. El cine de Albert Serra, como recuerda Pere Gimferrer, “explora las zonas de transición entre la luz y la oscuridad”. Y es en esta región crepuscular, “en el sentido literal y metafórico del término, donde viven los personajes de Albert Serra”. Y es por eso que cantan los grillos en el crepúsculo de Luis XIV, el Rey Sol, al abrir paso a lanoche que ya está aquí y en la larga noche que está por venir. La mort de Louis XIV (2016), que pronto podremos ver en las pantallas españolas, ha otorgado a Serra el prestigioso premio Jean Vigo, lo que le acerca a Jean-Luc Godard, Alain Resnais o Claude Chabrol. Luis XIV, enterrado en el lecho real, transita lentamente hacia la muerte que, una vez más, es un tránsito en suspenso. Y en este, de momento, último filme, de nuevo a propósito de personajes que son mitos culturales gigantescos, nos coopta el correlato objetivo del grillo para ofrecer una belleza del caos, una “fantasía pura a través de elementos que son extremadamente realistas, incluso fieros, salvajes”, para decirlo como lo describió Albert Serra.

Los grillos, la belleza y Albert Serra

El filme 'La mort de Louis XIV' (2016) de Albert Serra ha obtenido el prestigioso premio Jean Vigo. Esto le acerca a Jean-Luc Godard, Alain Resnais o Claude Chabrol. Luis XIV, enterrado en el lecho real, transita lentamente hacia la muerte que, una vez más, es un tránsito en suspenso

Albert Serra recuerda que Dalí se emocionaba con la estrella del cine mudo Harry Langdon por la capacidad de ser “vida involuntaria”. Serra recuerda que Dalí escribió que Harry era la vida involuntaria, puramente orgánica, una pequeña cosa que se mueve incluso más inconscientemente que los pequeños animales; se mueve como se abren las vainas de las judías, a solas. En comparación —según Dalí— a su lado Keaton es un místico y Chaplin un putrefacto. Albert Serra (Banyoles, 1975) es un director de cine que ha cultivado cierto prestigio internacional con una propuesta artística al margen de lo común a partir de una identidad obstinada que ha incluido, entre otros elementos reiterativos, el trabajo con actores no profesionales sin guion. O lo que es lo mismo, no actores que no actúan.

“Por eso me gustan tanto los actores no profesionales”, escribe Serra: “No son conscientes de ellos mismos; sus impulsos y sus movimientos son puras reacciones químicas a un estímulo, sin reflexión”. Y la cámara, a veces como si estuviera suspendida entre la vegetación, filma a estos no actores como quien los espía. Así ocurre en Honor de cavalleria reunida por Cahiers du Cinéma con las mejores películas del 2006. Obtuvo el premio Fipresci en la Viennale, 2006; premio Barcelona de Cine 2006. Era el primer largometraje del autor mínimamente distribuido, en el que Quijote y Sancho, de repente, yerran por prados, haciendo camino, apenas avanzando hacia un destino en suspenso. Y el paisaje es el sonido de lo banal, el de la gleba pisada, el tintineo de la armadura que lleva el Quijote, el chirrido de la espada, el resoplido del caballo, el roce del río y las hojas. Y los grillos.

Los grillos, los saltamontes y las cigarras en febril diálogo, parlotean desde los alrededores del poderoso entramado sonoro, hiperrealista, que otorga un volumen suntuoso a las películas de Serra. La naturaleza tangible que conversa a lo largo de los planes desmesuradamente quietos y sombríos. De pronto podríamos sentir que se trata de una orquesta sin director, abandonada en un amasijo de ruidos indistinguibles y sin ningún fin. Y de repente podríamos adecuar nuestra disposición de espectador a la frecuencia de sus notas y su longitud, a su esquema y finalmente a su canto: la belleza inesperada que todo este caos tiende a crear.

El cant dels ocells es Gran Premio del Jurado al Mejor Largometraje en el Festival Entrevues 2008, Belfort; Gran Premio al Mejor Largometraje en el Split Film Festival 2008; premios al Mejor Largometraje en versión original, Mejor Director y Mejor Fotografía en los premios Gaudí 2009. Los tres Reyes de Oriente, en un tránsito en suspenso, yerran también entre los confines sonoros del espesor y la calma, de la luz y la sombra, como ideas que luchan y se solapan. A la desnudez de los diálogos que propone Serra, se contrapone la voluptuosidad de la palabrería vegetal, animal y mineral de un territorio salvaje también en un tránsito circular entre el día y la noche, entre Giacomo Casanova y el conde Drácula, interrumpido por inesperadas rachas de viento que lo silencian todo con tanto
ruido, como un grito.

En Història de la meva mort —Pardo d’Oro al mejor largometraje, Locarno Film Festival 2013—, Casanova degusta una granada con sonora fruición. Cruje la fruta desgarrada por los dientes y los labios sorben su jugo. La masticación marca el ritmo de la escena y la deglución abre un espacio para la palabra, pequeña pero justa. El deseo con que se devora y que devora. El camino de Casanova hacia su muerte en las tierras oscuras donde señorea Drácula. “Esto es la realidad”, afirma Casanova. “El olor de la sangre”, le responde su criado. Una sangre que en el crepúsculo boscoso de Transilvania huele a goteo sincopado sobre la hierba, de víscera que estalla en el fuego, de grillo que canta febrilmente. Y los grillos son señores del crepúsculo, con su canto de vida involuntaria, puramente orgánica. El cine de Albert Serra, como recuerda Pere Gimferrer, “explora las zonas de transición entre la luz y la oscuridad”. Y es en esta región crepuscular, “en el sentido literal y metafórico del término, donde viven los personajes de Albert Serra”. Y es por eso que cantan los grillos en el crepúsculo de Luis XIV, el Rey Sol, al abrir paso a lanoche que ya está aquí y en la larga noche que está por venir. La mort de Louis XIV (2016), que pronto podremos ver en las pantallas españolas, ha otorgado a Serra el prestigioso premio Jean Vigo, lo que le acerca a Jean-Luc Godard, Alain Resnais o Claude Chabrol. Luis XIV, enterrado en el lecho real, transita lentamente hacia la muerte que, una vez más, es un tránsito en suspenso. Y en este, de momento, último filme, de nuevo a propósito de personajes que son mitos culturales gigantescos, nos coopta el correlato objetivo del grillo para ofrecer una belleza del caos, una “fantasía pura a través de elementos que son extremadamente realistas, incluso fieros, salvajes”, para decirlo como lo describió Albert Serra.