Eugenio Trías: el filósofo barcelonés

Trías fue un verdadero enamorado de la ciudad de Barcelona, como Woody Allen de Nueva York o Lawrence Durrell de Alejandría. Son constantes las referencias a sus paseos por el eixample de Barcelona, su asistencia al Palau de la Música para escuchar al maestro Eduard Toldrà, su peregrinaje por todos los cines de la ciudad, sus visitas a la Barceloneta, sus paseos nocturnos hasta el Tibidabo y la visión de la ciudad a sus pies.
E

l pasado 10 de febrero se cumplieron cinco años de la desaparición del filósofo barcelonés Eugenio Trías (1942-2013). Trías fue un verdadero enamorado de la ciudad de Barcelona, como Woody Allen de Nueva York o Lawrence Durrell de Alejandría. De hecho, sus primeras indagaciones sobre el pensamiento platónico -en busca de un eros que tiende a elevarse a las Ideas, a la visión general y clara de la verdad, que postula el Banquete– tiene, para él, que complementarse con la visión del arquitecto, del escultor. En suma, del artista que desciende de la contemplación de las ideas para dar forma a la ciudad, para construir el espacio público, para plasmar en obra, en piedra, en pintura, la visión a la que eros le ha transportado.

-Oh! detura’t un punt! Mira el mar, Barcelona,
com té faixa de blau fins al baix horitzó,
els poblets blanquejant tot al llarg de la costa,
que se’n van plens de sol vorejant la blavor.
I tu fuges del mar?…
-Vinc del mar i l’estimo,
i he pujat aquí dalt per mirar-lo millor,
i me’n vaig i no em moc: sols estenc els meus braços
perquè vull Catalunya tota a dintre el meu cor.

Joan Maragall, Oda nova a Barcelona

Es en El artista y la ciudad (1974) donde Trías nos habla de esa conexión entre eros y poiesis, entre deseo y producción; donde manifiesta la necesidad de que la búsqueda filosófica culmine en acción cívica, en configuración de la ciudad. La interacción entre el filósofo y la ciudad se dejará sentir asimismo en su libro de memorias, El árbol de la vida (2003). Ahí nos relata sus correrías infantiles por las calles de Barcelona, de mano de su abuela de ascendencia ecuatoriana, visitando los museos y lugares más emblemáticos de la ciudad, que forjarían su imaginario. Son constantes las referencias a sus paseos por el eixample de Barcelona, su asistencia al Palau de la Música para escuchar al maestro Eduard Toldrà, su peregrinaje por todos los cines de la ciudad, sus visitas a la Barceloneta, sus paseos nocturnos hasta el Tibidabo y la visión de la ciudad a sus pies. Más adelante habrá de experimentar la añoranza, ya en Alemania, del cielo azul de Barcelona.

UNA FILOSOFÍA AL SERVICIO DE LA CIUDAD

Su reconocida filosofía del límite, que concibe al ser humano como “habitante de la frontera” -aquella zona que une el cerco del aparecer, el de la realidad visible, y un cerco hermético, el del misterio- nunca sería un ejercicio solipsista, cerrado sobre sí, sino el fruto de una rica interacción entre el pensador y su ciudad. Interacción de la que nace esa clara conciencia de la vocación pública del filósofo, y consiguientemente su afán por dar forma a su ciudad, por producir en ella una obra bella, que invita a pensar y reflexionar. La ciudad de Barcelona está tan presente en su obra, que en su libro Ciudad sobre ciudad (2001) puede adivinarse entre líneas. Allí concibe su filosofía al modo de una ciudad ideal, configurada por cuatro barrios: filosófico, ético, artístico y religioso. Ciudad ideal, que interactúa con la ciudad real.

“Una ciudad visible sostenida por ciudades sumergidas, enterradas, laberínticas, que representaban los distintos estratos de las ciudades superpuestas por la historia”

Trías sigue las reflexiones de Wittgenstein en torno a la concepción de lenguaje humano, entendido como una ciudad que amalgama en ella un casco viejo, reorganizado por modos de racionalización moderna; o, al modo de Freud, quien pensaba Roma como una “ciudad sobre ciudad”, una ciudad visible sostenida por ciudades sumergidas, enterradas, laberínticas, que representaban los distintos estratos de las ciudades superpuestas por la historia. Trías entiende su ciudad ideal como un modelo simbólico de su amada ciudad de Barcelona, inspirado a su vez por el análisis de Joseph Rykwert a propósito de los ritos fundacionales de las ciudades en el mundo antiguo.

DEL CASCO ANTIGUO AL EIXAMPLE, LA MODERNIDAD CLARIFICADORA

Siguiendo aquella hermosa metáfora, Trías concibe la ciudad medieval -la de la catedral y la judería, la de los gremios y artesanos- como el casco antiguo, en la que se esconde un simbolismo religioso. El de la Europa de las catedrales, con su amor por la piedra, la verticalidad y la luz; con su concepción orgánico-espiritual en la forma de un árbol ascendente, y sus espectaculares enramados góticos. Sin olvidar el poderoso románico catalán, que en nuestros días atesora el MNAC, con sus Pantocrátors y, en suma, una pintura mural impregnada de colores que determinarán la retina y el imaginario del paseante barcelonés. El callejeo de Trías por la ciudad medieval también pone de manifiesto la huella árabe y judía en la capital barcelonesa, lo cual habla de un extraño diálogo interreligioso: los tres grandes monoteísmos del pasado se hibridaban en fascinantes formas, como la tradición oriental del amor cortés, que ha configurado la erótica pasional del hombre mediterráneo en estos lares.

Ese núcleo antiguo de la ciudad se ha visto expandido, clarificado y complementado por el famoso plan Cerdà, con sus ensanches de la izquierda y la derecha que unen, cuan tupida malla, los distintos ayuntamientos originarios (Gracia, Sarrià, etc.), dispersos en esa verdadera “ciudad de ciudades” que es Barcelona. Aquí funcionalismo, estética, belleza y sentido práctico se dan la mano, configurando una identidad propia y característica, inconfundible. Del mismo modo, Trías entendió siempre la Modernidad no como el intento de suprimir el mundo simbólico-religioso de lo medieval, sino como el acto de tomar conciencia, clarificar y elevar a transparencia el carácter mistérico de lo sagrado. Esta Modernidad que sabe dialogar con el pasado, que se proyecta utópicamente pero con fundamento, se halla en el corazón de la obra de Trías, como resultado de su relación con la ciudad de Barcelona.

“Trías entendió siempre la Modernidad no como el intento de suprimir el mundo simbólico-religioso de lo medieval, sino como el acto de tomar conciencia, clarificar y elevar a transparencia el carácter mistérico de lo sagrado”

El “barrio ético” del que nos habla Trías se corresponde con el sujeto fronterizo que, en el alzado, se eleva a oír la voz imperativa que le conmina a ser lo que ya es: sujeto fronterizo, aquel capaz de domeñar las instancias endogámicas de la aldea y las exigencias centrífugas del casino global, a través de la conciencia de la pertenencia a un centro cívico, en el origen de la ciudad.

LA REVOLUCIÓN ARQUITECTÓNICA Y EL ESPÍRITU CÍVICO

Por eso Trías mantuvo siempre el sueño de aquella Barcelona, heredera de las diferentes sedes olímpicas, que supo conjugar con acierto tradición y modernidad, manteniendo el equilibrio entre el espíritu de la tierra y una modernidad con rostro humano. La impronta de la arquitectura realizada en la década de los años 70, 80 y 90 en Barcelona -época en la que fue profesor en la Escuela de Arquitectura de Barcelona- muestra su interés por las distintas revoluciones en las formas del espacio y del tiempo, que introdujo el nuevo urbanismo de la Escuela de Barcelona. Su fina percepción para todo lo que acontecía en la ciudad en las últimas décadas evidencia el vanguardismo de su propuesta filosófica, la claridad de su mirada sobre las nuevas condiciones de una ciudad en cambio perpetuo, en continua renovación.

Este amor por Barcelona queda de manifiesto en el sentido cívico que Trías creía característico de la ciudad condal, como expone en ocasión de su revisitación del pensamiento de Joan Maragall. Trías tenía ese carácter de hombre de seny, burgués y cívico, capaz de reunir tradición y modernidad y abrirse -con interés y curiosidad innatas- hacia lo nuevo, sin perder lo más genuino de sus propias tradiciones.

“El amor por Barcelona queda de manifiesto en el sentido cívico que Trías creía característico de la ciudad condal”

El sentido de hospitalidad congénito y un amor cívico implicaban para él lo mejor de la catalanidad, y se resumían para él en el ciudadano barcelonés. Él mismo compartía esa “Oda a Barcelona” de Maragall, en la que se llamaba a la convivencia entre todos los estamentos y órdenes que componen la ciudad, y se establecía la capacidad ético-lingüística de pedir y dar perdón, como la seña identitaria de aquellos que tienen conciencia. En términos cívicos, el sueño de una visión global, de carácter prometeico e inhumano -quizá la ensoñación que embargó, en los años 20 y 30, a determinados proyectos megalómanos de la Nueva York en expansión- debía dar paso a una ciudad laberíntica, pero humana y cordial, como es Barcelona.

LA BARCELONA MARÍTIMA, UNA CIUDAD FRONTERIZA

Quizá sea porque él nació en una época en la que Barcelona vivía de “espaldas al mar”, no hay en su obra ninguna alusión al carácter marítimo de Barcelona. Sin embargo, creo que donde mejor se refleja su formulación del carácter fronterizo de la condición humana es en la Barcelona, ciudad mediterránea. Trías fue toda su vida un amante del mar, de la vida marinera, a la par que un gourmet exquisito (mariscadas, paellas, calderetas), y visitante asiduo de la Barceloneta.

Su mayor placer era bajar paseando hasta el mar, donde está situada la Universitat Pompeu Fabra. Luego ir bordeando los nuevos paseos marítimos, que se hicieron en ocasión de la Olimpiada del 92, para sentarse a comer frente al mar. El mar es el símbolo perfecto de ese límite que une y separa las dos orillas: la de lo conocido y la de lo desconocido. Una Barcelona proyectada hacia el mar, en relación conflictiva con él, es la cifra viviente y real de esa condición fronteriza, núcleo central del pensamiento de uno de los grandes filósofos del siglo XX, que además fue, sin duda, un barcelonés eminente.

© CEFET

Eugenio Trías: el filósofo barcelonés

Trías fue un verdadero enamorado de la ciudad de Barcelona, como Woody Allen de Nueva York o Lawrence Durrell de Alejandría. Son constantes las referencias a sus paseos por el eixample de Barcelona, su asistencia al Palau de la Música para escuchar al maestro Eduard Toldrà, su peregrinaje por todos los cines de la ciudad, sus visitas a la Barceloneta, sus paseos nocturnos hasta el Tibidabo y la visión de la ciudad a sus pies.
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l pasado 10 de febrero se cumplieron cinco años de la desaparición del filósofo barcelonés Eugenio Trías (1942-2013). Trías fue un verdadero enamorado de la ciudad de Barcelona, como Woody Allen de Nueva York o Lawrence Durrell de Alejandría. De hecho, sus primeras indagaciones sobre el pensamiento platónico -en busca de un eros que tiende a elevarse a las Ideas, a la visión general y clara de la verdad, que postula el Banquete– tiene, para él, que complementarse con la visión del arquitecto, del escultor. En suma, del artista que desciende de la contemplación de las ideas para dar forma a la ciudad, para construir el espacio público, para plasmar en obra, en piedra, en pintura, la visión a la que eros le ha transportado.

-Oh! detura’t un punt! Mira el mar, Barcelona,
com té faixa de blau fins al baix horitzó,
els poblets blanquejant tot al llarg de la costa,
que se’n van plens de sol vorejant la blavor.
I tu fuges del mar?…
-Vinc del mar i l’estimo,
i he pujat aquí dalt per mirar-lo millor,
i me’n vaig i no em moc: sols estenc els meus braços
perquè vull Catalunya tota a dintre el meu cor.

Joan Maragall, Oda nova a Barcelona

Es en El artista y la ciudad (1974) donde Trías nos habla de esa conexión entre eros y poiesis, entre deseo y producción; donde manifiesta la necesidad de que la búsqueda filosófica culmine en acción cívica, en configuración de la ciudad. La interacción entre el filósofo y la ciudad se dejará sentir asimismo en su libro de memorias, El árbol de la vida (2003). Ahí nos relata sus correrías infantiles por las calles de Barcelona, de mano de su abuela de ascendencia ecuatoriana, visitando los museos y lugares más emblemáticos de la ciudad, que forjarían su imaginario. Son constantes las referencias a sus paseos por el eixample de Barcelona, su asistencia al Palau de la Música para escuchar al maestro Eduard Toldrà, su peregrinaje por todos los cines de la ciudad, sus visitas a la Barceloneta, sus paseos nocturnos hasta el Tibidabo y la visión de la ciudad a sus pies. Más adelante habrá de experimentar la añoranza, ya en Alemania, del cielo azul de Barcelona.

UNA FILOSOFÍA AL SERVICIO DE LA CIUDAD

Su reconocida filosofía del límite, que concibe al ser humano como “habitante de la frontera” -aquella zona que une el cerco del aparecer, el de la realidad visible, y un cerco hermético, el del misterio- nunca sería un ejercicio solipsista, cerrado sobre sí, sino el fruto de una rica interacción entre el pensador y su ciudad. Interacción de la que nace esa clara conciencia de la vocación pública del filósofo, y consiguientemente su afán por dar forma a su ciudad, por producir en ella una obra bella, que invita a pensar y reflexionar. La ciudad de Barcelona está tan presente en su obra, que en su libro Ciudad sobre ciudad (2001) puede adivinarse entre líneas. Allí concibe su filosofía al modo de una ciudad ideal, configurada por cuatro barrios: filosófico, ético, artístico y religioso. Ciudad ideal, que interactúa con la ciudad real.

“Una ciudad visible sostenida por ciudades sumergidas, enterradas, laberínticas, que representaban los distintos estratos de las ciudades superpuestas por la historia”

Trías sigue las reflexiones de Wittgenstein en torno a la concepción de lenguaje humano, entendido como una ciudad que amalgama en ella un casco viejo, reorganizado por modos de racionalización moderna; o, al modo de Freud, quien pensaba Roma como una “ciudad sobre ciudad”, una ciudad visible sostenida por ciudades sumergidas, enterradas, laberínticas, que representaban los distintos estratos de las ciudades superpuestas por la historia. Trías entiende su ciudad ideal como un modelo simbólico de su amada ciudad de Barcelona, inspirado a su vez por el análisis de Joseph Rykwert a propósito de los ritos fundacionales de las ciudades en el mundo antiguo.

DEL CASCO ANTIGUO AL EIXAMPLE, LA MODERNIDAD CLARIFICADORA

Siguiendo aquella hermosa metáfora, Trías concibe la ciudad medieval -la de la catedral y la judería, la de los gremios y artesanos- como el casco antiguo, en la que se esconde un simbolismo religioso. El de la Europa de las catedrales, con su amor por la piedra, la verticalidad y la luz; con su concepción orgánico-espiritual en la forma de un árbol ascendente, y sus espectaculares enramados góticos. Sin olvidar el poderoso románico catalán, que en nuestros días atesora el MNAC, con sus Pantocrátors y, en suma, una pintura mural impregnada de colores que determinarán la retina y el imaginario del paseante barcelonés. El callejeo de Trías por la ciudad medieval también pone de manifiesto la huella árabe y judía en la capital barcelonesa, lo cual habla de un extraño diálogo interreligioso: los tres grandes monoteísmos del pasado se hibridaban en fascinantes formas, como la tradición oriental del amor cortés, que ha configurado la erótica pasional del hombre mediterráneo en estos lares.

Ese núcleo antiguo de la ciudad se ha visto expandido, clarificado y complementado por el famoso plan Cerdà, con sus ensanches de la izquierda y la derecha que unen, cuan tupida malla, los distintos ayuntamientos originarios (Gracia, Sarrià, etc.), dispersos en esa verdadera “ciudad de ciudades” que es Barcelona. Aquí funcionalismo, estética, belleza y sentido práctico se dan la mano, configurando una identidad propia y característica, inconfundible. Del mismo modo, Trías entendió siempre la Modernidad no como el intento de suprimir el mundo simbólico-religioso de lo medieval, sino como el acto de tomar conciencia, clarificar y elevar a transparencia el carácter mistérico de lo sagrado. Esta Modernidad que sabe dialogar con el pasado, que se proyecta utópicamente pero con fundamento, se halla en el corazón de la obra de Trías, como resultado de su relación con la ciudad de Barcelona.

“Trías entendió siempre la Modernidad no como el intento de suprimir el mundo simbólico-religioso de lo medieval, sino como el acto de tomar conciencia, clarificar y elevar a transparencia el carácter mistérico de lo sagrado”

El “barrio ético” del que nos habla Trías se corresponde con el sujeto fronterizo que, en el alzado, se eleva a oír la voz imperativa que le conmina a ser lo que ya es: sujeto fronterizo, aquel capaz de domeñar las instancias endogámicas de la aldea y las exigencias centrífugas del casino global, a través de la conciencia de la pertenencia a un centro cívico, en el origen de la ciudad.

LA REVOLUCIÓN ARQUITECTÓNICA Y EL ESPÍRITU CÍVICO

Por eso Trías mantuvo siempre el sueño de aquella Barcelona, heredera de las diferentes sedes olímpicas, que supo conjugar con acierto tradición y modernidad, manteniendo el equilibrio entre el espíritu de la tierra y una modernidad con rostro humano. La impronta de la arquitectura realizada en la década de los años 70, 80 y 90 en Barcelona -época en la que fue profesor en la Escuela de Arquitectura de Barcelona- muestra su interés por las distintas revoluciones en las formas del espacio y del tiempo, que introdujo el nuevo urbanismo de la Escuela de Barcelona. Su fina percepción para todo lo que acontecía en la ciudad en las últimas décadas evidencia el vanguardismo de su propuesta filosófica, la claridad de su mirada sobre las nuevas condiciones de una ciudad en cambio perpetuo, en continua renovación.

Este amor por Barcelona queda de manifiesto en el sentido cívico que Trías creía característico de la ciudad condal, como expone en ocasión de su revisitación del pensamiento de Joan Maragall. Trías tenía ese carácter de hombre de seny, burgués y cívico, capaz de reunir tradición y modernidad y abrirse -con interés y curiosidad innatas- hacia lo nuevo, sin perder lo más genuino de sus propias tradiciones.

“El amor por Barcelona queda de manifiesto en el sentido cívico que Trías creía característico de la ciudad condal”

El sentido de hospitalidad congénito y un amor cívico implicaban para él lo mejor de la catalanidad, y se resumían para él en el ciudadano barcelonés. Él mismo compartía esa “Oda a Barcelona” de Maragall, en la que se llamaba a la convivencia entre todos los estamentos y órdenes que componen la ciudad, y se establecía la capacidad ético-lingüística de pedir y dar perdón, como la seña identitaria de aquellos que tienen conciencia. En términos cívicos, el sueño de una visión global, de carácter prometeico e inhumano -quizá la ensoñación que embargó, en los años 20 y 30, a determinados proyectos megalómanos de la Nueva York en expansión- debía dar paso a una ciudad laberíntica, pero humana y cordial, como es Barcelona.

LA BARCELONA MARÍTIMA, UNA CIUDAD FRONTERIZA

Quizá sea porque él nació en una época en la que Barcelona vivía de “espaldas al mar”, no hay en su obra ninguna alusión al carácter marítimo de Barcelona. Sin embargo, creo que donde mejor se refleja su formulación del carácter fronterizo de la condición humana es en la Barcelona, ciudad mediterránea. Trías fue toda su vida un amante del mar, de la vida marinera, a la par que un gourmet exquisito (mariscadas, paellas, calderetas), y visitante asiduo de la Barceloneta.

Su mayor placer era bajar paseando hasta el mar, donde está situada la Universitat Pompeu Fabra. Luego ir bordeando los nuevos paseos marítimos, que se hicieron en ocasión de la Olimpiada del 92, para sentarse a comer frente al mar. El mar es el símbolo perfecto de ese límite que une y separa las dos orillas: la de lo conocido y la de lo desconocido. Una Barcelona proyectada hacia el mar, en relación conflictiva con él, es la cifra viviente y real de esa condición fronteriza, núcleo central del pensamiento de uno de los grandes filósofos del siglo XX, que además fue, sin duda, un barcelonés eminente.

© CEFET