Cartel del festival Grec 2018

El verano en Barcelona significa Grec

Para llegar al Teatre Grec, te encaramarás por las escaleras desde el Passeig de la Santa Madrona, olfateando el perfume de hierba cortada y jazmín, y una vez en la rosaleda, te harás la típica selfie con la ciudad de fondo, porque, como pasa con la mujer del César, el modernillo no sólo debe serlo, sino que también tiene que parecerlo y difundirlo a los cuatro vientos

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ntre los teatreros barceloneses, el verano no comienza hasta que no se sube al Teatre Grec a ver algún espectáculo. Ya sea en la inauguración del festival, que reúne la flor y nata de la clase extractora de invitaciones, o en algunos de los muchos conciertos o recitales que se realizan cada julio, el disparo de salida veraniego para los culturetas nuestros no es el anuncio de Estrella, sino la primera cerveza—carísima, prohibitiva—en estos jardines de Montjuïc. Para llegar, te encaramarás por las escaleras desde el Passeig de la Santa Madrona, olfateando el perfume de hierba cortada y jazmín, y una vez en la rosaleda, te harás la típica selfie con la ciudad de fondo, porque, como pasa con la mujer del César, el modernillo no sólo debe serlo, sino que también tiene que parecerlo y difundirlo a los cuatro vientos. Qué más da que el jardín también sea abierto el resto del año: durante once meses, este paraje sólo será habitado por runners y vecinos que sacan el perro, y el verano siguiente, las gradas volverán a llenarse de hipsters y cantos a las musas.

Explican que la construcción del Teatre Grec fue cosa del paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, que paseando por Montjuïc mientras lo ajardinaban para la gran Exposición Internacional, se fijó en el agujero rocoso, como una cueva, que había dejado la cantera Machinet. “Esto sería un lugar ideal para hacer un teatro”, se ve que dijo, y dicho y hecho: tras algunos viajes a Grecia para tomar medidas, en 1929 se inauguraba el anfiteatro al aire libre más grande de Cataluña con el recital poético de una mujer, Josefina Tàpies. Continuando con las voces femeninas, en 1932 el Griego acogía la Electra de la gran Margarida Xirgu, y en 1960, después de la guerra, una Nuria Espert de 21 añitos interpretó allí el Hamlet más polémico de nuestra historia: los gritos desde de la platea por la blasfemia que suponía verla hacer de hombre le taparon los primeros versos, pero ella prosiguió con la función hasta un “ser o no ser” de justicia.

También fue sonada la primera edición del Festival Grec—ya llevamos 42!—que en 1976 arrancó autogestionado por la Assemblea d’Actors i Directors, y con la valiente determinación de representar textos prohibidos durante la dictadura. En la noche de estreno se presentó los inspectores de “la social” y varios responsables durmieron en comisaría, y hacia agosto, los periódicos estaban llenos de cartas al lector indignadas, denunciando que “durante dos meses hemos tenido que soportar cantantes de claro matiz separatista” y espectáculos que “intentaban socavar los fundamentos de la religión y la unidad de los pueblos de España”.

Hoy el Grec es un festival consolidado: han pasado alcaldes de todos los colores, hemos visto los actores alpinistas de Romeo Castellucci trepar cantera arriba, hasta el cielo, y algunas funciones que se alargaban más allá del foso, como aquel histórico Peer Gynt de Calixto Bieito y Joel Joan donde el espectáculo continuaba en los jardines durante la media parte. De hecho, una vez al Grec, los problemas terrenales no tienen ninguna importancia: da igual si el chiquillo las ha suspendido todas o si se ha estropeado el aire acondicionado en el trabajo. Una vez te sientas en las gradas semicirculares y se apagan las luces, sois tú y dos mil personas expectantes, aguantando la respiración, y listo para que el primer actor salga al escenario y la magia del teatro vuelva a empezar.