Patrocinado por:

Colección de conmutadores y enrutadores que mantienen en contacto los centros de datos de Google. Iowa, EEUU (2012)

El monopolio del conocimiento

El salto cultural es tan enorme que la visión malrauxiana de formar el gusto y mostrar las vías para ampliar conocimiento desde la cultura ha quedado desbordada por lo que opinan los consumidores que son los que ahora establecen las pautas de consumo y dictan lo que debemos ver, leer e incluso pensar
Cartel de la película El Manantial, del director Ayn Rand.

Uno de los fenómenos más interesantes que nos ha traído la digitalización es que cada día es más determinante la demanda, lo que piensan los usuarios/consumidores, que la oferta de las empresas que hasta  hace muy  poco establecían el gusto del público y marcaban las tendencias del mercado. El salto cultural es tan enorme que la visión malrauxiana de formar el gusto y mostrar las vías para ampliar conocimiento desde la cultura ha quedado desbordada por lo que opinan los consumidores que son los que ahora establecen las pautas de consumo y dictan lo que debemos ver, leer e incluso pensar. La pesadilla de Ayn Rand que denuncia  en su obra El Manantial consistente en ver cómo se impone  la dictadura de las comunidades, de las masas, de los colectivos, de la opinión del pueblo en general sobre el talento individual parece cumplirse. En el film, el arquitecto Howard Roark [un tributo a Frank Lloyd Wright] que decide luchar de forma individual contra los convencionalismos y prejuicios sociales que le impiden desarrollar su obra arquitectónica, hoy sería completamente derrotado por la redes sociales que imponen sus veredictos estéticos y políticos con la fuerza de una mayoría anónima y fantasma  contra la opinión creativa individual. La potencia de la digitalización afecta tanto al universo privado como al público, provocando confrontar  la utopía tecnológica a  la distopía como forma de acabar con el libre albedrío.

Fotograma de la película El Manantial, del director Ayn Rand

Las visiones más catastrofistas y alarmistas de este fenómeno en expansión que representan las redes sociales reclaman que observemos como están aplanando los contenidos, cómo están violentando nuestra privacidad, cómo han descentrado nuestra mirada y nuestra atención y cómo están eliminando la frontera entre realidad y  virtualidad. Por otra parte, los entusiastas de los nuevos modelos de comunicación apelan a la mejora de las posibilidades de contrastar información, a la mejora de la defensa de la libertad y a la capacidad para convertir la Tierra en una tupida y eficiente red de comunicación que mejora nuestra comprensión del mundo.

Lo que nunca permitiríamos en la realidad, que un hombre nos observara desde una ventana a todas horas para saber nuestros gustos personales, estamos dispuestos a hacerlo en las redes, mostrándonos y desnudándonos

Centro de almacenaje de datos de Facebook en Prineville, Oregon, EEUU (2011).

Lo que podemos constatar, tanto en un caso como en el otro, es que el esfuerzo de empresas como Google, Facebook o Amazon para dominar los datos, los contenidos y el control de los comportamientos de los usuarios, plantea razonables dudas sobre si estamos perdiendo la capacidad de decidir por nosotros mismos. El monopolio del conocimiento que detentan las tres megaempresas de la comunicación implica preguntarse cuál es el límite de control de nuestra realidad que disponen los medios económicos para hacer prisionera la voluntad de los individuos usuarios. La capacidad de postularse como proyectos colaborativos y abiertos, al mismo tiempo que su monopolio se muestra a los usuarios como positivo al plantear un compromiso social y presentarse como empresa de servicio público, como extensión de lo público sin serlo, nos permite ver hasta qué punto la discusión no es sobre el mantenimiento de la libertad de mercado sino de la apropiación de nuestras libertades. Su estrategia tiene como principal aliado la apuesta por la gestión de la realidad desde los algoritmos que permiten conocer y monitorizar a los consumidores, conocer lo que pensamos.

Lo que nunca permitiríamos en la realidad, que un hombre nos observara desde una ventana a todas horas para saber nuestros gustos personales, estamos dispuestos a hacerlo en las redes, mostrándonos y desnudándonos. La privacidad, uno de los derechos más importantes en la vida de una persona, es destruida cuando se deja expuesta a los ojos públicos, a un escrutinio de nuestros actos desde su moralidad. Un mundo controlado, indexado, datificado, relacionado, interconectado y disponible las 24 horas del día debería empezar a cuestionarse y legislarse. Hay que recordar que la fuerza de este mundo que representa internet, se liberó sin reglas, sin normativas y sin un análisis profundo de sus consecuencias, por lo que sería positivo y lógico empezar a someter al mundo virtual al mismo escrutinio al que lo hacemos al mundo real, basado en trazar una estrategia que permita recuperar la libertad y privacidad de los ciudadanos y que ponga límites a la concentración del conocimiento en manos de las grandes corporaciones de la comunicación. La gran paradoja a la que asistimos es que las grandes corporaciones de la comunicación cierran el paso a los creativos, a los autores, a los Howard Roark del mundo, cuando sus propios creadores, Steve Jobs, Jeff Bezos o Mark Zuckergerg,  pudieron actuar gracias a que el conocimiento no estaba en unas pocas manos y cuando los gustos y tendencias de los consumidores y usuarios no dictaban las estrategias de las empresas.