Foto de Kelly Sikkema

El dolor del parto: construcción de un imaginario

La transmisión de la experiencia del parto es un proceso social y cultural que varía en función del país y la época y es capaz de determinar nuestras expectativas e, incluso, influir en nuestra percepción física del dolor. Esta es la narración de un dolor singular desde la primera persona
E

s difícil determinar cuál es la semilla primigenia de nuestra imagen mental de un parto. Centenares de escenas de películas y series se mezclan con historias escuchadas al azar en sobremesas, ilustraciones de libros de naturales, testimonios de famosas en revistas y batallitas de madres y abuelas. En esa abstracta película mental siempre hay sudor y gritos, agua hervida, toallas limpias y niños que nacen en cuatro planos. Incluso a veces entra en off la voz de Dios condenando a Eva a “parir con dolor a sus hijos” (Génesis) por haberse atrevido a robarle una manzana. Al final, un batido mental cargado de épica y vacío de información práctica que, bebido a sorbitos a lo largo de la vida, deja un intenso sabor a miedo. Miedo al dolor, miedo a lo desconocido. Algo parecido a lo que te sube por la garganta cuando las dos rayitas se tintan de lila y te das cuenta de que, si nada sale mal antes, la próxima en parir vas a ser tú.

Pese a tener acceso a la información y estar rodeada de otras mujeres que ya han pasado por ese trance, sólo cuando te quedas embarazada te das cuenta de que no tienes ni la más remota idea de qué es realmente un parto. ¿Cómo es el dolor? ¿A qué se parece? ¿Cuánto dura, en qué parte del cuerpo se siente, con cuánta intensidad? Tu primera reacción es recurrir a Google mientras te preguntas cómo es posible que siendo algo referido a mi propio cuerpo no sepas nada de todo eso. De entrada, porque nuestro sistema educativo falocéntrico omite todo aquello que afecta exclusivamente a la mujer. Además, cada vez prestamos menos atención a lo que no nos interpela directamente por lo que no nos interesamos por el tema hasta que llega nuestro turno de conjugar el verbo parir en primera persona. También pesa la tradición católica; el pudor y la vergüenza asociados a hablar de aspectos “íntimos” actúan como censores de la narración entre las parturientas pretéritas y futuras. Las primeras tienden a omitir cualquier descripción específica de lo que aconteció en su cuerpo o alrededor de su zona genital como si se tratara de un compendio de detalles escabrosos de los que avergonzarse y las segundas, que en su mayoría acumulan toneladas de preguntas extremadamente específicas sobre esos destrozos concretos, se abstienen de preguntar por pudor a resultar ofensivas.

La mistificación de la idea del parto tampoco ayuda a comunicar mejor el proceso. La concepción del parto como “el milagro de la vida” o como “una experiencia transformadora de la de la mujer” tiende a despojar la narración de todos sus detalles físicos y mundanos. Cierto es que el nivel karmático desciende al saber que, durante la dilatación, tu cuerpo puede decidir vomitar hasta la primera papilla o que tu bebé puede nacer antes, durante o después de una defecación. No es cuestión de asustar a las futuras parturientas con historias de terror sobre dolores insoportables (si fueran realmente insoportables, la humanidad se habría extinguido ya), sino de narrar los hechos tal como fueron, sin minimizarlos ni exagerarlos. La tendencia, por el contrario, es otra.

El artículo Miedo al parto y narrativas intergeneracionales:  Una aproximación desde la antropología (Laura Cardús, Universidad de Barcelona, 2015) analiza y describe detalladamente este fenómeno. “La transmisión  oral entre mujeres de las experiencias de parto se sitúa a la vez en polos opuestos: por un lado, es difícil encontrar espacios donde se comunique información veraz sobre el proceso y, por otro, cuando se dan estos espacios, el uso de los mismos es intenso”. En este sentido, una de las mujeres entrevistadas para la investigación comenta: “Si tú construyes una historia de dolor y miedo que ya has superado, te pones a ti misma como súper-heroica, pero le estás construyendo a la otra un miedo absoluto.” (Isabella, testimonio oral).

En efecto, este es un fenómeno común: no es extraño escuchar a madres recientes hablar de su experiencia del parto como si hubieran sobrevivido a una guerra, o de la maternidad como algo que sólo quienes la han vivido pueden comprender. Colocarle esa etiqueta al parto contribuye a perpetuar un modelo de oscurantismo a su alrededor que es campo de cultivo del miedo, la tensión y la inseguridad entre las gestantes, tres factores que no colaboran precisamente a controlar el dolor en el parto.

HUIDA O EMPODERAMIENTO: EL PAPEL MÉDICO

Pese a la recomendación reiterada de la OMS de reducir el número de cesáreas y limitarlas a aquellos partos en los que es médicamente necesario, España sigue siendo uno de los países de Europa donde más se practica, con un porcentaje que supera el 25%. Este hecho se debe, en parte, a la comodidad que ofrece la calendarización de los partos pero también a la aceptación social con la que cuenta el procedimiento, considerado por muchas mujeres como la forma más cómoda de tener un bebé. Para ellas, la cesárea es la mejor opción para evitar los dolores de parto, sin tener en cuenta los riesgos implícitos asociados a una intervención quirúrgica de ese tipo. La medicalización extrema se convierte así en un atajo mental para escapar del miedo al dolor. Otro antídoto habitual frente al terror consiste en desarrollar una imagen idealizada y poco informada del parto que se “desea” vivir. Esta “Disney-channelización” puede ayudar a encarar el momento con mayor tranquilidad pero muy probablemente acabará causando frustración y ansiedad si, como suele ser habitual, surgen imprevistos y el parto no puede seguir el cauce soñado.

Numerosos estudios han demostrado que el miedo y la ansiedad son factores capaces de amplificar la percepción del dolor durante el parto. Por ello, resulta fundamental minimizarlos durante el embarazo. ¿Cómo? Empoderando a la gestante. Reforzando su confianza en su capacidad física y biológica para parir. Desdramatizando el proceso. Ofreciéndole información clara, directa y realista sobre lo que va a experimentar en su cuerpo y sobre las herramientas con las que cuenta para enfrentarse a él, desde las técnicas de respiración a los tipos de anestesia. La información es poder y sentirse en control de la situación tranquiliza, aunque no vaya a evitar el sufrimiento físico indivisiblemente asociado al parto.

 

UNA NARRACIÓN PERSONAL: MI DOLOR DE PARTO

Fotografía del embarazo de la autora, Belén C. Díaz

Hay mujeres que dilatan hasta el centímetro ocho sin ni siquiera enterarse. Otras sufren desde antes de dilatar. Las hay que sienten el dolor en la zona abdominal y las hay que las notan en la región lumbar. Algunas paren en cinco horas y otras, como yo, necesitan más de un día para hacerlo. Lo cierto es que no hay partos iguales ni narraciones del dolor idénticas. Esta es la narración de MI dolor, tan personal e intransferible como mi propio parto.

Yo experimenté tres tipos de dolor. El primero fue como una regla muy intensa y concentrada en el tiempo. Un dolor que pinzaba mi zona lumbar repentinamente, como si alguien hubiera agarrado cada uno de mis ovarios con la mano abierta y los estrujara fuertemente contando hasta 60 para liberarlos entonces y hacer desaparecer cualquier rastro de molestia. El dolor venía y se iba como las olas: era intenso y estático y un minuto después desaparecía, liberándome de cualquier molestia, como si nunca hubiera estado allí. A veces, el dolor me hacía contener la respiración, como cuando una ola te revuelca en la playa y pasas unos segundos bajo el agua. Pero, pese a todo ello, fue un dolor soportable en todo momento: conviví con él 14 horas en casa, comiendo, escribiendo e incluso cocinando berenjenas rellenas sin necesidad de usar más analgésicos que la respiración, la paciencia y los masajes en la zona lumbar que me fue haciendo mi pareja. ­

El segundo tipo de dolor llegó de repente y me pilló desprevenida, porque ya creía que había aprendido a controlarlo. Fue como una especie de remolino gigante tirando de mis ovarios y de toda la zona abdominal hacia abajo, como si se hubiera abierto un abismo debajo de mí y una fuerza sobrehumana quisiera arrancarme esa parte del cuerpo mientras el resto de mi tronco se agarraba a la vida y trataba de evitarlo. Intenso, punzante y totalmente inesperado, me cortó la respiración y pensé que me ahogaba. Un minuto y medio después se fundió, dándome una tregua, pero entonces llegaron los temblores y los vómitos y empecé a sentirme muy débil. Me entró miedo: pensé que algo iba mal porque no sabía que es una reacción normal del cuerpo. Opté por pedir la epidural y, cuatro horas después de la primera contracción fuerte, me la inyectaron. En sólo quince minutos, el huracán de dolor descendió a categoría de leve molestia.

Trece horas y nueve centímetros de dilatación después llegó el tercer dolor. En Holanda –donde resido y donde nació mi hija–, la anestesia se retira en esta última fase del parto para que la madre sienta las contracciones y perciba en qué momento debe pujar (en España, esta práctica depende de quién atienda el parto). Esta vez, el dolor se elevó a la potencia, produciéndome la sensación de que un martillo percutor trataba de perforarme desde dentro. Los minutos eran extremadamente largos y me pareció que respirar y seguir consciente era difícil. Afortunadamente, descubrí mi propio analgésico. En la primera contracción, la comadrona me advirtió de que el dolor se reduciría si pujaba. Y tenía toda la razón. Cuando, tras varios intentos, empecé a pujar rítmicamente, el dolor empezó a contenerse durante los intervalos en los que era capaz de mantener la presión. Cada empujón era como una presa que detenía el tsunami y, pese al agotamiento y la falta de oxígeno, me sobraban las ganas de volver a empezar. Quería parar el dolor, quería terminar, quería que mi hija naciera. Recuerdo agotamiento, fuego entre las piernas y una presión despiadada, como el aire tratando de hacer estallar la ventanilla de un avión. También recuerdo pensar que me importaba un carajo si me reventaba entera con tal de que mi hija saliera de mí sana y salva. Y, al final, salió. Y todos los dolores y molestias posteriores (sutura, recuperación, etc.) me parecieron una auténtica broma después de esta experiencia.

El parto es un proceso profundamente animal, tan simple como imprevisible y tan doloroso como pasajero. Creer en poder controlarlo es una quimera, así que lo mejor es exterminar las expectativas, bailar con el presente tal y como venga y repetirse una y otra vez que tanto el dolor como los destrozos del parto son pasajeros y que lo único que permanece es la vida resultante.

Foto de Kelly Sikkema

El dolor del parto: construcción de un imaginario

La transmisión de la experiencia del parto es un proceso social y cultural que varía en función del país y la época y es capaz de determinar nuestras expectativas e, incluso, influir en nuestra percepción física del dolor. Esta es la narración de un dolor singular desde la primera persona
E

s difícil determinar cuál es la semilla primigenia de nuestra imagen mental de un parto. Centenares de escenas de películas y series se mezclan con historias escuchadas al azar en sobremesas, ilustraciones de libros de naturales, testimonios de famosas en revistas y batallitas de madres y abuelas. En esa abstracta película mental siempre hay sudor y gritos, agua hervida, toallas limpias y niños que nacen en cuatro planos. Incluso a veces entra en off la voz de Dios condenando a Eva a “parir con dolor a sus hijos” (Génesis) por haberse atrevido a robarle una manzana. Al final, un batido mental cargado de épica y vacío de información práctica que, bebido a sorbitos a lo largo de la vida, deja un intenso sabor a miedo. Miedo al dolor, miedo a lo desconocido. Algo parecido a lo que te sube por la garganta cuando las dos rayitas se tintan de lila y te das cuenta de que, si nada sale mal antes, la próxima en parir vas a ser tú.

Pese a tener acceso a la información y estar rodeada de otras mujeres que ya han pasado por ese trance, sólo cuando te quedas embarazada te das cuenta de que no tienes ni la más remota idea de qué es realmente un parto. ¿Cómo es el dolor? ¿A qué se parece? ¿Cuánto dura, en qué parte del cuerpo se siente, con cuánta intensidad? Tu primera reacción es recurrir a Google mientras te preguntas cómo es posible que siendo algo referido a mi propio cuerpo no sepas nada de todo eso. De entrada, porque nuestro sistema educativo falocéntrico omite todo aquello que afecta exclusivamente a la mujer. Además, cada vez prestamos menos atención a lo que no nos interpela directamente por lo que no nos interesamos por el tema hasta que llega nuestro turno de conjugar el verbo parir en primera persona. También pesa la tradición católica; el pudor y la vergüenza asociados a hablar de aspectos “íntimos” actúan como censores de la narración entre las parturientas pretéritas y futuras. Las primeras tienden a omitir cualquier descripción específica de lo que aconteció en su cuerpo o alrededor de su zona genital como si se tratara de un compendio de detalles escabrosos de los que avergonzarse y las segundas, que en su mayoría acumulan toneladas de preguntas extremadamente específicas sobre esos destrozos concretos, se abstienen de preguntar por pudor a resultar ofensivas.

La mistificación de la idea del parto tampoco ayuda a comunicar mejor el proceso. La concepción del parto como “el milagro de la vida” o como “una experiencia transformadora de la de la mujer” tiende a despojar la narración de todos sus detalles físicos y mundanos. Cierto es que el nivel karmático desciende al saber que, durante la dilatación, tu cuerpo puede decidir vomitar hasta la primera papilla o que tu bebé puede nacer antes, durante o después de una defecación. No es cuestión de asustar a las futuras parturientas con historias de terror sobre dolores insoportables (si fueran realmente insoportables, la humanidad se habría extinguido ya), sino de narrar los hechos tal como fueron, sin minimizarlos ni exagerarlos. La tendencia, por el contrario, es otra.

El artículo Miedo al parto y narrativas intergeneracionales:  Una aproximación desde la antropología (Laura Cardús, Universidad de Barcelona, 2015) analiza y describe detalladamente este fenómeno. “La transmisión  oral entre mujeres de las experiencias de parto se sitúa a la vez en polos opuestos: por un lado, es difícil encontrar espacios donde se comunique información veraz sobre el proceso y, por otro, cuando se dan estos espacios, el uso de los mismos es intenso”. En este sentido, una de las mujeres entrevistadas para la investigación comenta: “Si tú construyes una historia de dolor y miedo que ya has superado, te pones a ti misma como súper-heroica, pero le estás construyendo a la otra un miedo absoluto.” (Isabella, testimonio oral).

En efecto, este es un fenómeno común: no es extraño escuchar a madres recientes hablar de su experiencia del parto como si hubieran sobrevivido a una guerra, o de la maternidad como algo que sólo quienes la han vivido pueden comprender. Colocarle esa etiqueta al parto contribuye a perpetuar un modelo de oscurantismo a su alrededor que es campo de cultivo del miedo, la tensión y la inseguridad entre las gestantes, tres factores que no colaboran precisamente a controlar el dolor en el parto.

HUIDA O EMPODERAMIENTO: EL PAPEL MÉDICO

Pese a la recomendación reiterada de la OMS de reducir el número de cesáreas y limitarlas a aquellos partos en los que es médicamente necesario, España sigue siendo uno de los países de Europa donde más se practica, con un porcentaje que supera el 25%. Este hecho se debe, en parte, a la comodidad que ofrece la calendarización de los partos pero también a la aceptación social con la que cuenta el procedimiento, considerado por muchas mujeres como la forma más cómoda de tener un bebé. Para ellas, la cesárea es la mejor opción para evitar los dolores de parto, sin tener en cuenta los riesgos implícitos asociados a una intervención quirúrgica de ese tipo. La medicalización extrema se convierte así en un atajo mental para escapar del miedo al dolor. Otro antídoto habitual frente al terror consiste en desarrollar una imagen idealizada y poco informada del parto que se “desea” vivir. Esta “Disney-channelización” puede ayudar a encarar el momento con mayor tranquilidad pero muy probablemente acabará causando frustración y ansiedad si, como suele ser habitual, surgen imprevistos y el parto no puede seguir el cauce soñado.

Numerosos estudios han demostrado que el miedo y la ansiedad son factores capaces de amplificar la percepción del dolor durante el parto. Por ello, resulta fundamental minimizarlos durante el embarazo. ¿Cómo? Empoderando a la gestante. Reforzando su confianza en su capacidad física y biológica para parir. Desdramatizando el proceso. Ofreciéndole información clara, directa y realista sobre lo que va a experimentar en su cuerpo y sobre las herramientas con las que cuenta para enfrentarse a él, desde las técnicas de respiración a los tipos de anestesia. La información es poder y sentirse en control de la situación tranquiliza, aunque no vaya a evitar el sufrimiento físico indivisiblemente asociado al parto.

 

UNA NARRACIÓN PERSONAL: MI DOLOR DE PARTO

Fotografía del embarazo de la autora, Belén C. Díaz

Hay mujeres que dilatan hasta el centímetro ocho sin ni siquiera enterarse. Otras sufren desde antes de dilatar. Las hay que sienten el dolor en la zona abdominal y las hay que las notan en la región lumbar. Algunas paren en cinco horas y otras, como yo, necesitan más de un día para hacerlo. Lo cierto es que no hay partos iguales ni narraciones del dolor idénticas. Esta es la narración de MI dolor, tan personal e intransferible como mi propio parto.

Yo experimenté tres tipos de dolor. El primero fue como una regla muy intensa y concentrada en el tiempo. Un dolor que pinzaba mi zona lumbar repentinamente, como si alguien hubiera agarrado cada uno de mis ovarios con la mano abierta y los estrujara fuertemente contando hasta 60 para liberarlos entonces y hacer desaparecer cualquier rastro de molestia. El dolor venía y se iba como las olas: era intenso y estático y un minuto después desaparecía, liberándome de cualquier molestia, como si nunca hubiera estado allí. A veces, el dolor me hacía contener la respiración, como cuando una ola te revuelca en la playa y pasas unos segundos bajo el agua. Pero, pese a todo ello, fue un dolor soportable en todo momento: conviví con él 14 horas en casa, comiendo, escribiendo e incluso cocinando berenjenas rellenas sin necesidad de usar más analgésicos que la respiración, la paciencia y los masajes en la zona lumbar que me fue haciendo mi pareja. ­

El segundo tipo de dolor llegó de repente y me pilló desprevenida, porque ya creía que había aprendido a controlarlo. Fue como una especie de remolino gigante tirando de mis ovarios y de toda la zona abdominal hacia abajo, como si se hubiera abierto un abismo debajo de mí y una fuerza sobrehumana quisiera arrancarme esa parte del cuerpo mientras el resto de mi tronco se agarraba a la vida y trataba de evitarlo. Intenso, punzante y totalmente inesperado, me cortó la respiración y pensé que me ahogaba. Un minuto y medio después se fundió, dándome una tregua, pero entonces llegaron los temblores y los vómitos y empecé a sentirme muy débil. Me entró miedo: pensé que algo iba mal porque no sabía que es una reacción normal del cuerpo. Opté por pedir la epidural y, cuatro horas después de la primera contracción fuerte, me la inyectaron. En sólo quince minutos, el huracán de dolor descendió a categoría de leve molestia.

Trece horas y nueve centímetros de dilatación después llegó el tercer dolor. En Holanda –donde resido y donde nació mi hija–, la anestesia se retira en esta última fase del parto para que la madre sienta las contracciones y perciba en qué momento debe pujar (en España, esta práctica depende de quién atienda el parto). Esta vez, el dolor se elevó a la potencia, produciéndome la sensación de que un martillo percutor trataba de perforarme desde dentro. Los minutos eran extremadamente largos y me pareció que respirar y seguir consciente era difícil. Afortunadamente, descubrí mi propio analgésico. En la primera contracción, la comadrona me advirtió de que el dolor se reduciría si pujaba. Y tenía toda la razón. Cuando, tras varios intentos, empecé a pujar rítmicamente, el dolor empezó a contenerse durante los intervalos en los que era capaz de mantener la presión. Cada empujón era como una presa que detenía el tsunami y, pese al agotamiento y la falta de oxígeno, me sobraban las ganas de volver a empezar. Quería parar el dolor, quería terminar, quería que mi hija naciera. Recuerdo agotamiento, fuego entre las piernas y una presión despiadada, como el aire tratando de hacer estallar la ventanilla de un avión. También recuerdo pensar que me importaba un carajo si me reventaba entera con tal de que mi hija saliera de mí sana y salva. Y, al final, salió. Y todos los dolores y molestias posteriores (sutura, recuperación, etc.) me parecieron una auténtica broma después de esta experiencia.

El parto es un proceso profundamente animal, tan simple como imprevisible y tan doloroso como pasajero. Creer en poder controlarlo es una quimera, así que lo mejor es exterminar las expectativas, bailar con el presente tal y como venga y repetirse una y otra vez que tanto el dolor como los destrozos del parto son pasajeros y que lo único que permanece es la vida resultante.