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El baile de Merma y del camión cisterna. Una crónica en la plaza Major de Vic

Entra en la plaza Major de Vic un camión cisterna que empieza a dibujar círculos y a remojarla con agua. Los círculos son cada vez más pequeños, la parte de plaza oscurecida por el agua, cada vez mayor, y su movimiento tiene algo de baile armónico. El cabezudo Merma, de bronce estatua, se diría que ríe.

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a entrada en la plaza Major de Vic por la calle Jacint Verdaguer se hace de la mano de la dulzura y la belleza de algunos palacios. El anuncio de pastelerías y bombonerías, bizcochos, magdalenas y coques de Perafita hace de envoltura del Mercadal, que es el nombre con el que también se conoce este epicentro incuestionable de la capital de Osona. Si alguna plaza del país es fuerte, indiscutible, es esta. La calle Jacint Verdaguer es el que conduce directo de la estación de tren a la plaza Major, cumpliendo así una lógica geográfica agradecida por quien llega en tren. Desayuno en uno de los cafés que hacen de bisagra entre Verdaguer y la plaza Mayor, al lado del Casino de Vic, uno de los muchos edificios emblemáticos de este recuadro ampuloso, de forma abombada, que invita a entretenerse en todos los detalles. Una vez me he limpiado los bigotes (los croissants y la magdalena que acompañaba el café estaban de rechupete) me adentro en la exploración de la plaza Major.

Hay trajín de furgonetas descargando productos para los establecimientos de debajo los porches. El sol parece que quiera hacer lucir algunos palacios destacados, algunos tejados de vistas privilegiadas, elementos ornamentales, las numerosas pancartas pidiendo la libertad de los presos políticos y las estelades. Me entretengo con las baldosas de debajo de un balcón, los adornos de las fachadas, las decoraciones de las ventanas, los arcos de los porches -todos cambiantes, según el edificio bajo el que se cobijan; los arcos dan esta idea de ser la suma de diferentes épocas, esfuerzos y gustos estéticos…

En el recoveco que forman algunas vigas de madera se atisban nidos de golondrinas. ¡Quién sabe los años que hace que ahí encuentran cobijo! Quién sabe las parejas que se han encontrado en la plaza, que han bailado o se han besuqueado.

Enseguida siento el fresco bueno de debajo de los porches. Y me entretengo también con los colores de los edificios, cuidadosamente restaurados, naranjas, ocres, marrones, rojizos, blanquecinos, como si alguien caprichosamente hubiera ido encontrando variaciones en la paleta. Casa Costa, Casa Tolosa, Casa Moixó, Casa Beuló, Casa Cortina, son los nombres de las casas más distinguidas de la plaza. Dicho así, de un tirón, parecen una alineación de baloncesto con una sonoridad particular, que resuena en el tiempo. Entre todas, suman estilos y siglos, góticos, barrocos, renacentistas y modernistas.

En el recoveco que forman algunas vigas de madera se atisban nidos de golondrinas. ¡Quién sabe los años que hace que ahí encuentran cobijo! Quién sabe las parejas que se han encontrado en la plaza, que han bailado o se han besuqueado. Lugar de mercado cada martes y sábado, lugar de eventos capitales (el Mercado Medieval, el Mercado de Música Viva de Vic, la feria de antigüedades Vicantic…). El Ayuntamiento tiene como base el edificio de la parte real de Vic, levantado hacia el 1358. Estrecho, tiene el aspecto de una casa mínima que, si no fuera por el balcón, se diría que tiene una punta de pudor, de no querer destacar más de la cuenta. Pero de lo lejos uno puede ver su torre con reloj, que señorea la plaza.

De la calle lateral del Ayuntamiento, por un momento, tienes la impresión de que debe salir un cabezudo o un bailaor o un niño del filme Ventre blanc, la fábula deliciosa que Jordi Lara dedicó a la ciudad antigua de Vic y a su cultura popular. Un canto de amor a las dos. Un homenaje que te invita a contemplar la ciudad y sus expresiones con una mirada nueva, con un embeleso por la belleza y por lo que a menudo pasa más desapercibido.

 

Quizás por haber invocado el universo del escritor Jordi Lara y la atmósfera onírica de Ventre blanc, cuando me encamino hacia el lado norte de la plaza me llama la atención la figura de un hombre: un señor mayor con túnica larga, alpargatas de ropa y bastón, que camina sin ir a ninguna parte. ¿De dónde ha salido? Pasa por su lado una pareja deportista, ataviada con colores llamativos, de ese tono de piel moreno que da rabia… Y el hombre sigue golpeando, con su bastón, la arenilla de la plaza. Después se encuentra con una chica joven, con la cabeza cubierta, y se ponen a hablar animadamente, pero no los puedo entender.

Sigo abajo y veo que entra en la plaza un camión cisterna que empieza a dibujar círculos y a remojarla con agua. Los círculos son cada vez más pequeños, la parte de plaza oscurecida por el agua, cada vez mayor, y su movimiento tiene algo de baile armónico. Un niño se mira embobado el baile del camión cisterna. Un par de señoras mayores esperan su turno de paso para que no las remoje. Y en esta repetición cotidiana y la especie de sorpresa que le hace de espejo, me parece ver una punta de alegría, la alegría que las cosas se sucedan, se encadenen y funcionen.

Ya me encuentro en el lado norte de la plaza, mucho más abarrotado de comercios que no el sur, que tiene un aire un poco más destartalado. Dicen que siempre ha sido así, no se sabe por qué. También dicen que a la hora de salir a dar una vuelta, hace años, de jovencitos, el lado de los porches era donde se paseaba, para ver a alguien o ser visto. Era justamente en esta ele del lado norte, donde se alinean la mayoría de cafeterías. En este vértice, a la sombra, un cabezudo recostado, con las piernas cruzadas, mira todo lo que ocurre complacido. Es la escultura de Merma o el Cap de Llupià, un cabezudo de aire grotesco que abre el paso de los gigantes y juega a perseguirse con los niños. Este Merma de bronce  se diría que ríe. Le tomarías el brazo, le invitarías a bailar en la plaza y a subir juntos a una de las azoteas con vistas.