Altar en honor a Jesús Malverde en Culiacán, Sinaloa, México. Foto de Luis Gutierrez / Alamy Stock Photo

Culiacán, entre narcos y ríos

En la mexicana Culiacán la narcoviolencia y el saber vivir mantienen un extraño equilibrio en el que la añeja ciudad, entre el Pacífico y la Sierra Madre Occidental, logra preservar las formas de la cordialidad frente a los riesgos de la desestabilización disruptiva. El secreto tal vez sea la sociabilidad placentera y una voluntad modernizadora que va recuperando el sentido de autoridad

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uliacán, capital y centro del estado mexicano de Sinaloa —situado entre el océano Pacífico y la Sierra Madre Occidental— es un lugar fuertemente caracterizado por los contrastes: violento y lleno de vida, acogedor y relativamente peligroso, marcado por el narco e impregnado de una rica actividad cultural y universitaria. En la economía destaca el sector agrícola, en especial el maíz y los productos hortícolas, que se exportan a gran escala a otras partes de México, a Estados Unidos y a Europa. El tomate se convirtió, en la segunda mitad del siglo XX, en oro rojo, como reza el título de un interesante estudio de Eduardo Frías, y dio nombre al equipo de béisbol de Culiacán: los Tomateros. La sociabilidad y la amabilidad de los habitantes de la ciudad, denominados culiacanenses o culichis, desarma miedos y prejuicios. Sinaloa cautiva y desconcierta, escribió Juan Villoro. Detrás de algunas imágenes tópicas forjadas sobre esta región del noroeste mexicano y sobre Culiacán, en particular, existe otra realidad, más plural, más compleja, más dinámica y también, como Susana Luján sostiene, más moderna.

En Nombre de perro, una novela de Élmer Mendoza publicada en 2012 —perteneciente a la exitosa serie de libros policíacos protagonizados por el agente Edgar Mendieta, más conocido como Zurdo Mendieta, inaugurada con Balas de plata (2008)—, uno de los personajes, Susana Luján, que vive desde hace mucho tiempo en Estados Unidos, afirma, en una breve estancia en su Culiacán natal: “Cómo se ha modernizado la ciudad, a pesar de lo que se dice de la violencia la veo llena de vida”. Eso es Culiacán, cuna del Zurdo y del propio Mendoza.

Culiacán ha cambiado mucho, ciertamente, en el siglo XXI, pero ya lo había hecho de manera profunda en las décadas de 1960 y 1970. Ronaldo González Valdés lo analizó con profundidad en Sinaloa: una sociedad demediada (2007), mostrando que entonces se produjo una auténtica desagregación simbólica, normativa y moral, que facilitó la implantación del narcotráfico y de su subcultura. Del cultivo de la amapola y el tráfico de opio —auspiciado por la emigración china y la presión americana en la Segunda Guerra Mundial a fin de conseguir morfina— se acabó pasando a la distribución y tránsito a gran escala de las drogas, en especial la cocaína. Los gomeros serranos iban a dejar paso, a fin de cuentas, a entidades como el Cártel de Sinaloa y a personajes como el Chapo. Entre los factores que provocaron las transformaciones de los años sesenta y setenta se encuentran un gran crecimiento demográfico, la fuerte emigración del campo a la ciudad, la escasez de servicios, los conflictos agrarios y también los universitarios, con fenómenos violentos como el de los llamados enfermos de la Universidad Autónoma de Sinaloa, que ha estudiado Sergio Arturo Sánchez Parra. El quiebre de las representaciones y principios de autoridad abrieron una puerta a la violencia que no se ha cerrado todavía.

Un día ideal en Culiacán, la ciudad de los tres ríos —el Humaya y el Tamazula, que forman el Culiacán, y el San Lorenzo—, podría empezar por un buen desayuno, con café, papaya y unos huevos con chilorio —una especialidad sinaloense, aunque confieso mi debilidad, en este último terreno, por los huevos rancheros—, seguido de un paseo por el centro y una visita al MASIN, el Museo de Arte de Sinaloa, que dirige con acierto Minerva Solano. El autorretrato de 1906 de Diego Rivera constituye una de las piezas más notables del centro. Hacia las dos o las dos y media es la hora del almuerzo. Puede ser en Los Arcos, mi preferido, o en otro restaurante, o bien en alguna de las múltiples carretas callejeras de mariscos. En esta comida no deberían faltar ni los camarones, ni los sabrosos y delicados callos de hacha, ni tampoco el pescado zarandeado; todo regado, si es posible, con tequila Herradura reposado y algunas botellas de cerveza Pacífico.

Tras un breve descanso en la habitación del hotel, en la tarde aconsejo acercarse a la capilla de Malverde, santo de narcos y personas humildes, cuya imagen mezcla rasgos del mazatleco Pedro Infante y de Jorge Negrete; no reconocido por la Iglesia, pero de extensa y arraigada devoción. Quizás tengan suerte y una banda toque corridos como agradecimiento de alguna persona por favores concedidos o promesas realizadas. Es un espectáculo que impresiona, al tiempo que permite entender algunos de los fundamentos de una extendida narcocultura. Para terminar la jornada, nada mejor que una buena conversación con amigos y conocidos en alguna cantina tradicional, como el Guayabo, que, a la música en directo, suma un extraordinario pollo frito, que sugiero acompañar con tortillas de maíz y salsa picante y maridar con cerveza Indio. Si consiguen llevar a cabo todo lo que acabo de proponerles, estarán en disposición de asegurar, como la Susana de Élmer Mendoza, que Culiacán está lleno de vida.