Ilustración de Mar Ferrer

Cosas dichas por Josep Pla

Aunque hayan querido dejarlo a un lado, cada vez se habla más del escritor Josep Pla. Cada vez cuenta con más lectores, en Cataluña y en toda España. Nuevos libros de notas, como la publicación de los textos inéditos de La vida lenta (2014) o Fer-se totes les il·lusions possibles (2017), nos recuerdan que escribir es ir a contracorriente, encontrar el adjetivo, retratar caracteres y paisajes, interpretar la vida. Esta es una entrevista de tiempo imaginario pero con respuestas textuales. “Cosas vistas” y ahora “Cosas dichas”

Señor Pla, ¿para qué sirve la burguesía?
Uno de los primeros deberes, en efecto, del hombre liberal es defender el dinero del país contra el Estado omnipotente, sobre todo contra un Estado dirigido por una política que no ha demostrado precisamente una capacidad constructiva remarcable.

¿Existe un ideal burgués?
El burgués tiende a la respetabilidad. Pero sobre este punto hay algo que aclarar. El burgués inteligente no aspira a la respetabilidad por razones puramente personales; aspira a ella por el oficio que tiene, por los conocimientos, por el métier. Llegar a ser respetable es el ideal de la burguesía.

Un ánimo burgués...
Un burgués auténtico no puede ser un derrotista.

¿Una burguesía del país?
Así considera que el amor a su país es algo tan obvio e indiscutible como el liberalismo político y económico, como la competencia comercial, como la respetabilidad familiar y social, como la tolerancia y la libertad política, como el ejercicio de los derechos y de los deberes.

Burguesía significa capitalismo.
El capitalismo es anárquico, yo también lo creo, pero humanamente hablando es eficaz y productivo. El socialismo es adecuado pero ineficiente.

¿Y la patria?
El patriotismo es un sentimiento del que se ha abusado tanto y de una manera tan peligrosa, que quizás no vale la pena aludir a él ni de hablar de ello. Parece que debe haber unos principios generales, relacionados íntimamente con la tribu con la que se convive, situados a más altura que los exabruptos y caprichos particulares. Está perfectamente claro. Cuando el patriotismo falla, aparece rápidamente la fraseología de la traición. El traidor es lo contrario del patriota. En tiempos de paz el contraste queda muy suavizado.

¿Qué le parece el patriotismo en Cataluña?
A muchos catalanes les interesa Cataluña, pero no creen en él. Les ocurre exactamente lo contrario que con la religión y la otra vida: creen en ello, pero no les interesa.

¿Qué poder?
Yo preferiré siempre una Cataluña dirigida por nuestros industriales y comerciantes con todos sus defectos que dirigida por burócratas ineptos y por socialistas puritanos, propugnadores de falsas estadísticas. Yo soy un partidario del individualismo —factor de toda economía posible— pero me gustaría un individualismo cortés, bien educado y conversacionalista.

¿Cómo son los catalanes?
Cataluña es un país de eróticos corregidos por la avaricia. Es una forma de salud nacional apreciable.

¿Y cómo conviven?
El país es muy pequeño: pequeñísimo. Y, precisamente, porque lo es tanto, no ha sido nunca considerablemente aceptable la crítica —ni siquiera la más normal—. Es el país de los elogios, del optimismo sistemático. No presenten ninguna objeción, aunque sea la más fundamentada.

¿Usted cree en una sentimentalidad catalana?
En este país se ha ejercitado, de una manera excesiva, el sentimentalismo.

Pero ¿y el seny?
El seny catalán parece una forma comercial, positiva, del escepticismo.

¿Defectos?
El catalán es un corrosivo. La corrosividad es utilizada sobre todo contra cualquier forma de facilidad —de realización—. Esto molesta, fastidia. Lo que molesta más de los demás es lo que hacen. Los otros son siempre unos imbéciles, pero los más imbéciles son los que hacen algo.

¿Con qué geografía?
El catalán, mientras no se demuestre lo contrario, es un montañero exacerbado que trabaja en la llanura con ideas de montaña.

¿Un país pequeño?
¿Tan pequeña es Cataluña que no pueda suponer, en los límites de su área, un hombre equivocado? Más aún, ¿tan pequeña es Cataluña que tenga que sentir como los representantes más cualificados de su cultura ahuyentan a un catalán con unos modos de un plebeyismo grotesco, inquisitorial, de un africanismo nunca visto? El patriotismo es algo muy serio. Es una de las cosas más serias del mundo. Aquellos que lo sirven a diestro y siniestro cada día le hacen un flaco favor; ¿aquellos que lo usan para decapitar a los vecinos desagradables y para dividir a los ciudadanos en buenos y malos, en nombre de qué cultura y de qué civilización hablan? ¿Qué es la civilización, en realidad, sino la eliminación de los argumentos del chovinista caníbal en el trato social y político?

¿Cómo se puede hacer política?
Y es que la política no es tan solo un arte de manipulaciones empíricas. Es un arte de elementos y de principios eternos, principios geográficos, tradicionales, espirituales, que son imprescriptibles.

El pacto, la transacción…
En los países consolidados, la política es el arte de la negociación según las conveniencias de cada momento. En nuestro país, la política es una lucha —piénsese en el siglo pasado y recuerden este— y todas las luchas terminan mal y entre nosotros de forma sanguinaria.

¿Qué provoca una guerra civil?
En los países de guerra civil y de violentes convulsiones, el contraste funciona con el mismo cortante que la guillotina. Aparecen los dos campos separados por una línea intraspasable. Por eso son ciertas las palabras de Talleyrand que escribió en sus Memorias, hablando de sí mismo: “La traición es una cuestión de fechas”. Y yo añadiría: “Y de situación geográfica”. Los que hemos vivido la última guerra civil lo sabemos muy bien.

Entonces…
La política es el arte de evitar la guerra civil.

¿Y tras una guerra civil?
Uno de los efectos más curiosos, aunque perfectamente previsibles, de la última guerra civil fue la inmersión de una inmensa cantidad de gente en una zona de sombra muy densa respecto no ya de los años inmediatamente anteriores, sino de los siglos anteriores. En un momento determinado pareció (por la sofisticación de la propaganda) que éramos contemporáneos de los Reyes Católicos y que de un momento a otro veríamos pasar por la calle a Felipe II. Se produjo sobre la historia una especie de espejismo, la resurrección de un mundo falsificado, la aparición de una luz ficticia para crear la apariencia de una realidad inmediata destinada a infiltrar en el espíritu de la gente una nueva concepción del mundo.

Ante tanta barbarie, ¿cuál es el papel de la cultura?
He vivido una época en la que se han cometido las mayores crueldades, las más impresionantes salvajadas. Ha sido, al mismo tiempo, la época en que se han editado y leído más libros. Por lo tanto, si la cultura son los libros, y el salvajismo coetáneo ha sido tan enorme, los libros no hacen la cultura. Es casi seguro que aumentan la locura. La cultura no tiene nada que ver con los libros: la cultura es un determinado estado de espíritu, una comprensión, una tolerancia, una hospitalidad. He conocido a muchos analfabetos totales o semianalfabetos incomparablemente más cultivados —más culturales— que tantos intelectuales intrigantes, fanáticos, peligrosos, a los que también he conocido. Ahora, cuando una determinada manera de ser está reforzada por el conocimiento de unos cuantos libros, entonces aparece un hombre bien hecho.

¿Qué ideas políticas le sacan más de quicio?
Yo comprendo todas las utopías sociales, todas las ideas, las que sean. El anarquismo, sin embargo, me ha producido siempre una sensación de molestia física, de desorden desagradable —de llegar a la cama y encontrármela deshecha—.

¿Qué hace que un país sea grande?
Los países no son importantes por ser grandes o pequeños. Su sustancia depende de la calidad de la gente que vive en ellos. Suiza es un país pequeñísimo, objetivamente pobre pero importantísimo. Es un país que ha conseguido la confianza universal por su situación intrínseca. Los países pequeños son los únicos que caben en el cerebro de las personas. Pueden ocuparse del todo y de las partes: pueden llegan a ser, en muchos aspectos, de una estupenda perfección.

¿Y cuál es la circunstancia de España?
Todo el problema consiste en juzgar qué porvenir tiene la moderación en España.

La historia no progresa…
La historia es un inmenso esfuerzo para no dar ninguna solución a nada. La historia es una descripción del mundo vegetal y animal. La historia es Darwin.

Señor Pla, se le considera un individualista total…
O individualismo o decadencia.

¿Cuál es la responsabilidad de un escritor?
Yo no creo que el escritor lleve ningún mensaje personal exclusivo. Esta es la última forma del romanticismo literario, la más pretenciosa y pueril que el romanticismo literario ha producido. Lo que yo creo, por el contrario, es que el escritor tiene una responsabilidad total ante la época que le ha tocado vivir. La primera obligación de un escritor es observar, relatar, manifestar la época en que se encuentra. Esto es infinitamente más importante que las inútiles y estériles tentativas para llegar a una originalidad salvaje y primigenia.

¿Y escribir, es vivir?
El escribir ha creado, dentro de mi yo íntimo y espontáneo, una persona extraña, que muchas veces ni yo mismo no comprendo lo que tiene que ver conmigo, tantas diferencias son las que constato. En virtud de dicho desdoblamiento, resulta que si yo, por naturalidad, soy un ser débil y mísero, cuando tengo una pluma en la mano devengo dionisíaco y ofensivo, entro en un estado de exaltación silenciosa y soy capaz de mantener una oposición hasta las últimas consecuencias.

¿Cree que la cultura es progreso?
En todo caso, la literatura parece que será el gran remedio contra el aburrimiento. La gente lee porque se aburre. El hecho significa, en definitiva, que los escritores siempre se ganarán —más o menos, por supuesto— la vida. Los sociólogos afirman: la gente cada día lee más. La cultura progresa, va hacia adelante. No. Lo que progresa y va hacia adelante es el aburrimiento.

¿Qué escritor ha querido ser?
He hecho lo que me ha parecido más urgente: una literatura fácil, clara, inteligible, corriente. Inicié un camino literario vulgar pero sin pornografía, ni chisme, ni anarquía, siempre a favor de una sociedad plena de los defectos que quieran, pero que es la más racial. Me he equivocado muchas veces, ciertamente, pero no puedo hacer nada: es normal. He sido uno de los escritores más atacados de este país. Me parece indiferente. Mucho más me he atacado yo a mí mismo.

¿Es posible una literatura sin prosa?
Las genialidades formales solo se pueden dar en aquellas literaturas en que la claridad y la comodidad expresivas son un estado unánime intangible.

¿Escribir es una forma de orden?
Yo alzo la bandera de una norma contra el caos, de la arquitectura contra la geología, de la gramática contra la confusión, de la sagrada familia contra la bohemia errante y desatada. Mi idea es que estas cosas no pueden ser desenfocadas por el arte y que cuando se rompen las leyes de la vida humana a favor de la vida cósmica, no hay arte posible, aunque se puedan producir — grandes— secreciones de fisiología y, no hay que decirlo, placenteras secreciones de fisiología.

¿Y las novelas?
En la vida no se producen argumentos más que por una rarísima casualidad y, por tanto, las novelas con argumento, más que reflejar la vida, no hacen nada más que arbitrar una forma de artificiosidad.

¿Cuál es el egoísmo posible?
No defiendo el egotismo de la irresponsabilidad. Defiendo el egotismo defendible, haciendo abstracción del peso muerto de la época.

Paisaje y literatura…
El paisaje te hace comprender la literatura, porque la literatura es la memoria del paisaje en el tiempo.

Paisaje y civilización…
Contemplando la zona de viñedos, con los caminos de árboles, las casas blancas y tostadas cubiertas de follaje, los pozos con el arco, el arroyo polvoriento y rojizo con la ropa blanca seca, la mancha azul del mar y la rosa de la playa, las iglesias del país, los campanarios catalanes, de color ensaimada, que podéis sentir tanto como la cabeza sobre vuestros hombros, os parece tan extranjera toda imaginería de monstruos, toda visión metafísica, que llegáis a ver la vida y el desenfreno de toda forma humana bajo el prisma del trabajo y del ansia ordenada de pasadas civilizaciones, de la ambición considerable y oscura de vuestros abuelos. Y la civilización no es más que eso: poder reducir mentalmente un pedazo de tierra monstruosa a la antigua curva de una almendra tierna.

¿Un menú recomendable?
Si algún día de invierno se encuentran en Nueva York, yo me permitiría proponerles el siguiente menú para comer: una docena y media de ostras y un steak de buey pasado por las brasas. Es una perspectiva de toda confianza y además realizada con elementos de la mayor simplicidad. Estados Unidos no es, precisamente, un país de salsas y de historias de este tipo. Si hacen lo que modestamente les propongo, que debe ir acompañado de un vino francés o italiano caro, saldrán del restaurante llenos de fuerza y vitalidad y podrán decir algo positivo a las personas que afirman que en ese país se come mal. Cuando terminen de comer, pidan un queso inglés auténtico, un café italiano y un marc de Borgoña o una grappa.

El aperitivo…
Hay dos aperitivos magníficos en Francia, que son dos vinos: el champagne nature brut y el blanc de blanc del Loire, que es un vino pequeño, ligeramente brumoso y turbio, que es excelente.

¿Por qué es un conservador?
Solo es digno de ser llamado racional el hombre que en cada momento salva, conserva, mejora, la mayor cantidad posible de cosas, de afectos, de seguridad, de cualidades. La naturaleza destruye. Lo que con espíritu de síntesis se llama la cultura, que esencialmente es memoria y experiencia —un esfuerzo de memoria y de experiencia en la vaguedad indescriptible de la vida—, tiene como finalidad esencial mantener. No puede haber cualquier forma de civilización sin una actitud previa de conservación.

Arreglar el mundo…
He visto a los grandes criminales de nuestra época con mis propios ojos muchas veces: Mussolini (en Milán y Roma), Hitler (en Berlín y Núremberg), Trotsky (una vez en París). No he visto nunca a Stalin, que quizás era el mayor criminal. Todos han sido redentoristas, han querido arreglar el mundo, y cuanto más lo han querido arreglar, más lo han destruido, herido y asesinado.

¿Civilización es memoria?
El hombre en estado natural no tiene memoria: es la criatura que vive ante la naturaleza en una situación pasiva. El hombre civilizado aspira a tenerla.

¿Civilización y destrucción?
Lo que llamamos, hablando con la máxima generalidad, la civilización pretende ser, sospecho, un esfuerzo para retrasar, en lo posible, la destrucción ineluctable de las cosas, para construir otras que hagan más llevadera la existencia. Ante una naturaleza que lleva en su propia raíz la devastación de todo lo que no se ajusta a sus cegados instintos, la empresa de la civilización es una alta, magnífica y heroica empresa. ¡Pero qué débil es su fuerza…! Es un pequeño artificio, montado mediante la astucia, la prudencia, la tenacidad, frente al Megazou, la Bestia cósmica imponente.

En fin, la norma, ser formal.
Nuestra civilización consiste en optar en cada momento entre Naturaleza y Forma. Ser formal es lo contrario de ser natural. Más natural que vivir higiénicamente es vivir de cualquier manera. Más natural que afeitarse es no afeitarse. Más natural que cepillarse los dientes es no hacerlo. Más natural que un soneto es el verso libre y cándido. Más natural que vivir de un trabajo continuado, constante y modesto es colocarse en un cruce y hacer lo que se presente. Más natural que construir es destruir alegremente.

¿La otra cara de la civilización?
La frustración, sin embargo, es exactamente igual a civilización. Ustedes son personas frustradas porque son personas civilizadas. Frustración, diríamos para sintetizar, es igual a civilización.

La importancia de la memoria…
Pero la memoria es un arma de doble filo: si por una parte nos mantiene en una ilusión de fijeza delante del tiempo, por otra, en tanto que nos constata los cambios de los momentos sucesivos, agudiza el dolor del transcurrir de las horas. Es el recuerdo de las luminosas horas pasadas lo que nos hace ver la precariedad del presente y nos propone la vacía oscuridad de lo que vendrá.

Durar, sobre todo…
El ser humano tiene una fuerza despiadada y ciega para destruirse a sí mismo y para trocear todo lo que ha sido construido con la ambición de durar. El hombre aspira a durar en las cosas que hace, pero al mismo tiempo las destruye. Por esta razón todo ser humano que incorpora a su instinto frívolo e inconsciente de destrucción una capacidad reflexiva de destrucción —todo revolucionario— es un salvaje. Las cosas inútiles, inservibles, anacrónicas, caen por sí mismas, como un fruto maduro podrido.

¿Y queda la familia?
La familia es una institución que existe. Es un cachivache misterioso y sagrado.

¿Vivir la memoria?
La vitalidad es la clave de todo. Si yo tuviera de sobra, estoy seguro de que con una pluma en la mano quizá haría algo. La vitalidad es más importante que la inteligencia. La forma más alta de la vitalidad intelectual es probablemente la memoria.

Un paisaje, señor Pla.
Los paisajes que más me gustan son los ondulados, con cafés, restaurantes, cajas de ahorro y señoritas finas y amables.

Un instante…
A veces veía el pájaro minúsculo, oscuro y huraño picotear una cereza, tragar su carne ávidamente, ponerse a cantar con un ansia y una joya líquidas y sensuales, como si estuviera dominado por una fiebre.

¿Por un país más formal?
A mí me hubiera gustado vivir en un país constituido y en una sociedad perfectamente formada, ligeramente hipócrita, tolerante, agradable. Piense que la única manera de evitar que la gente no se pelee es utilizar un punto de hipocresía.

¿Cómo siente el paso tiempo?
El tiempo lo destruye todo y nos destruye. Las horas vuelan. Los años no perdonan a nadie.

¿Escribir es defender una época?
Yo navego contra la corrupción de la corriente. Yo no soy un producto de mi tiempo; soy un producto contra mi tiempo.

¿Y viajar?
Llegar a una ciudad desconocida, bajar al hotel, tomar un baño, vestirme y salir a la calle al azar, a curiosear y a ser un honesto forastero, ha sido para mí una de las cosas agradables de la vida.

¿Huir de casa?
De este país yo no podría ser un tránsfuga desnaturalizado, sino un tránsfuga melancólico: este es el drama.

El hijo pródigo.
Volver es triste. Volver a marcharse debe ser intolerable.

¿Escribir es una patria?
A veces, por la noche, sobre todo de madrugada, me despierto en la cama, fascinado por la nocturnidad, y me acerco al fuego de la chimenea, ya moribundo. Me pongo a escribir. Nada. El silencio es total. A veces oigo, muy lejano, el ladrar de un perro. Me gusta ver, por la ventana, la oscuridad que se mantiene y las primeras luces tan pálidas, rosadas y amarillas para imponer el día.