Charlotte Salomon
Dibujo de la Colección Museo Histórico Judío, Ámsterdam. ©Fundación Charlotte Salomon

‘Charlotte’: prosa cortante contra el horror nazi

La novela del escritor y músico francés David Foenkinos, galardonada con el premio Renaudot y el Goncourt des Lycéens, narra la corta vida de la pintora judía Charlotte Salomon, cuyas obras se pueden ver en el monasterio de Pedralbes hasta el próximo 17 de febrero. Charlotte combinaba sus "gouaches" con escritos y música. Leer Foenkinos y contemplar las obras de la joven artista es un legado único de uno de los capítulos más terribles del siglo XX.
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o estoy aquí por dinero. Si alguien quiere darme una propina lo agradeceré, pero el motivo es haceros comprender el horror de Auschwitz. Estuve encerrada dos años hasta la liberación del campo en enero de 1945, todos mis familiares han muerto aquí. No me he querido marchar a Israel, creo que lo más justo para todos los que han sido asesinados en este campo es que se explique por todo lo que tuvimos que pasar”. No puedo recordar su nombre, pero tengo incrustadas estas palabras que una mujer polaca descendiente de sefardíes y que hablaba un castellano de manera inteligible, casi octogenaria y con el número de prisionera tatuado en el brazo, nos dirigió a mis padres ya mí, cuando yo tenía entonces 8 años, al empezar una ruta grupal por el campo de concentración y los lugares donde se cometieron actos que ni las palabras nefasto, atroz o barbaridad le hacen justicia.

Fue nuestra guía por Auschwitz y Birkenau, enseñándonos las celdas de castigo, los crematorios, las cámaras de gas y los barracones con literas de madera donde dormían cientos de presos. El shock más grande para mí fue, sin embargo, ver las pertenencias de los prisioneros: una habitación grande llena de los restos de pelo de todos los colores que, según nos contó la guía, les cortaban a las mujeres judías al llegar al campo y que empleaban para hacer pelucas destinadas a las alemanas de edad avanzada que querían lucir una melena espesa.

Como explica la crítica literaria de Le Monde, Justine Ferrec: “Hasta ahora los escritores no se atrevían a escribir sobre este capítulo histórico sin profusión de detalles, cautelosos de no hacer evidente en vano uno de los actos más terroríficos de la historia de la humanidad”

Emociones descarnadas. Ahora que hay una batalla legal por los derechos de autor de El Diario de Anna Frank, después de grandes libros como Si esto es un hombre, de Primo Levi, y del retorno de la ultraderecha fascista en muchos países europeos, leer un libro como Charlotte, de David Foenkinos, y ver las pinturas de Charlotte Salomon es catártico.

Muchos más autores han escrito sobre el Holocausto, pero hasta ahora nunca se había hecho con un estilo tan descarnado, que se cuela en los huesos como el frío más furibundo y a través de frases, casi versos líricos, muy cortas y punzantes. El motivo, como explica la crítica literaria de Le Monde, Justine Ferrec, es el siguiente: “Hasta ahora los escritores no se atrevían escribir de este capítulo histórico sin profusión de detalles, cautelosos de no evidenciar en vano uno de los actos más terroríficos de la historia de la humanidad”.

Como también exponen los propietarios de la librería Obaga, en la calle Girona de Barcelona: “La historia de Charlotte es un puñetazo para el lector, pero también un placer irresistible, fruto de la prosa hipnótica de su autor, que decidió escribir la novela en puntos y a parte, una técnica que le permitía respirar y exponer, incluso con un tono salvaje, la trágica existencia de Charlotte Salomon”.

De hecho, ellos mismos fueron conscientes de la magnitud de esta obra literaria del prolífico Foenkinos a través de una clienta, Bea Porqueres, entendida en arte y específicamente en mujeres artistas, autora de la obra Sofonisba Anguissola. Retratista de Felipe II, entre otros libros de historia del arte.

Charlotte Salomon
Charlotte Salomon pintando en el jardín de Villa L’Ermitage, alrededor de 1939. Autor: Desconocido

La novela de Foenkinos está dividida en tres partes: preludio, centrado en la niñez y la adolescencia de Charlotte en Berlín y su expulsión de la Academia de Bellas Artes tras la Noche de los Cristales Rotos; la parte principal, dedicada al músico Alfred Wolfson, quien la animó a pintar y la introdujo en el mundo del arte; y el epílogo, que narra su traslado por motivos familiares a la casa de sus abuelos en el sur de Francia y su matrimonio y embarazo de Alexander Nagler, otro refugiado judío de quien se enamoró y que, como ella, murió en Auschwitz al día siguiente de llegar, justo 24 horas después de que se activaran las cámaras de gas en el campo.

La exposición Vida? O Teatre? Charlotte Salomon (1917- 1943) de las obras multidisciplinares que pintó antes de su muerte con 26 años y embarazada de 4 meses, demuestran su talento artístico y su espíritu frágil, atemorizado al tiempo que luchador, con colores vívidos, trazos vigorosos y referencias a grandes compositores como Mozart y Mahler. De hecho, viviendo en Francia, ella misma escribió su biografía, que, aterida antes de ser detenida, confió a su médico en una maleta diciéndole: “Es toda mi vida”.

Un relato fascinante, como sus obras, creadas entre los 23 y 24 años, que rezuman de igual manera la pureza del amor como el dolor, la soledad y el temblor

En palabras del comisario de la exposición en el Monestir de Pedralbes, el historiador Ricard Bru: “¿Es una historia del Holocausto? Sí. Es evidente que sin el Holocausto no habría obra, pero también es cierto que el Holocausto por sí mismo no explica la obra de Salomon”.

Un relato fascinante, como sus obras, creadas entre los 23 y 24 años, que rezuman de igual manera la pureza del amor como el dolor, la soledad y el temblor de quien vivió un periplo y “una muerte que no tendrá nunca, como la de ninguna víctima del Holocausto, ni justificación ni un atisbo de explicación”, remarca Grishilde Liebman, miembro del Jewish Historical Museum de Amsterdam.

Arbeit macht frei (El trabajo libera), frase usada como bienvenida maléfica en las entradas de los campos de concentración nazis. No, el trabajo (el trabajo forzado) no hizo libre a ningún preso en ningún campo de concentración, ni lo hace en los que existen hoy en día. La libertad la conlleva vivir siendo uno mismo, sin tener que ser perseguido, maltratado o insultado por tu raza, género, enfermedad, orientación sexual o ideas políticas o religiosas.