Plano del Palacio de los Papas, 1914. Autor: H. Wagner & Ernst Debes.

Avignon, un paseo por la antigua capital del mundo occidental

Perderse por esta pequeña ciudad de la Provenza es hacerlo por la que fue una vez capital del mundo occidental. El poderío de antaño se vislumbra en el imponente Palais des Papes y el ritmo calmado de quien sabe que lo ha tenido todo.
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ay momentos en los que siento que necesito escapar de la ciudad. Cambiar de lugar e improvisar nuevas rutas que me alejen de esos paseos que, casi siempre con el piloto automático, acabas por repetir día tras día. No hace demasiado de la última vez. Unas semanas, quizás. No tenía destino, tampoco la posibilidad de cruzar océanos como otras tantas veces, pero sí el deseo de desacelerar y trasladarme a un lugar alejado en el tiempo, pero no en kilómetros, de Barcelona. Y entonces fue cuando se me ocurrió la idea de viajar en tren hacia el sur de Francia. Concretamente a Avignon.

Las cuatro horas que hay entre las dos ciudades ya suponen un viaje en sí mismo. El destino podría haber sido cualquier otro, pero siempre en tren. Ese viajar lento por más que se trate de un tren de alta velocidad compartido entre España y Francia. Cuatro horas de no tener nada más que hacer que alternar miradas a través de la ventana con la lectura casi hipnótica de un buen libro. Las pulsaciones bajan casi por arte de magia y entiendes por qué la literatura insiste tanto en este medio de transporte como escenario de grandes aventuras y encuentros.

Sobrio, pero imponente, el Palais des Papes fue la residencia de hasta nueve Papas diferentes a lo largo del siglo XIV. Fue un siglo agitado para la curia. Me asaltan imágenes no sé si reales de intrigas, traiciones y sálvese quien pueda.

Sin apenas darte cuenta estás en Avignon y en su casco antiguo amurallado, como ya lo estaba en el siglo XIII cuando esta pequeña ciudad de olor a lavanda comenzó a centrar las miradas de medio mundo. Pero antes de perderme en su historia prefiero hacerlo por sus callejuelas de persianas de colores. Me gusta especialmente este tipo de arquitectura y organización urbanística tan habitual en las ciudades del sur de Francia: invitan a pasear sin rumbo. A descubrir, entre fachadas cubiertas de enredaderas, plazas casi secretas en las que siempre hay una terraza de toldo blanco desde la que contemplar la vida pasar de una ciudad que un día fue capital de la cristiandad. Fue en la Edad Media y aun hoy se siente el poderío que un día emanó de ella.

No importa aquí qué religión practique cada cual. Ni tan siquiera ser creyente o no para admirarse ante el Palais des Papes. Se trata de una de las mayores construcciones medievales que se conservan en Europa. Sobrio, pero imponente, este edificio de estilo gótico fue la residencia de hasta nueve Papas diferentes a lo largo del siglo XIV. Fue un siglo agitado para la curia. Me asaltan imágenes no sé si reales de intrigas, traiciones y sálvese quien pueda. Nada más atravesar sus muros me traslado a la abadía en la que Umberto Eco situó la historia de El nombre de la rosa. De nuevo, la literatura. Origen de nuestros primeros grandes viajes imaginarios. Investigo en Google y, sorpresa, la historia de la novela también sucede en ese siglo XIV tan agitado. Me gusta. Me dejo llevar sin prisas.

Las dos horas que se necesitan para visitar tranquilamente el Palacio de los Papas pasan volando entre inmensos techos y un total de 25 salas en las que se celebraban las grandes ceremonias y festines, pero también los oficios religiosos. Se conservan algunos frescos que muestran el carácter innovador de la pintura francesa e italiana de aquel momento. No hace falta tener una gran imaginación ni ser un gran experto para trasladarse a aquella época.

El atardecer se refleja en las aguas tranquilas del Ródano y Avignon se vuelve dorada. Es la mejor hora para terminar el encuentro con la historia y dirigirse hacia el puente de Saint-Bénezet

La visita –a tu aire- se realiza con un histopad en el que puedes activar las llamadas puertas del tiempo al más puro estilo película de aventuras y trasladarte a una reconstrucción en 3D y totalmente científica de cómo era la vida allí dentro en su momento de máximo apogeo. De vez en cuando, levantas la vista y la realidad te devuelve a un puñado de adultos ensimismados realizando movimientos algo extraños. Están abriendo cofres, armarios o repasando las estancias privadas del Pontífice.

Postal del puente de St-Bénézet, Avignon, ca. 1900. Fuente: Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C. 20540 USA

El recorrido te lleva hasta lo más alto del Palacio para contemplar las vistas privilegiadas de la ciudad. El atardecer se refleja en las aguas tranquilas del Ródano y Avignon se vuelve dorada. Es la mejor hora para terminar el encuentro con la historia y dirigirse hacia el puente de Saint-Bénezet mientras tu mente canta la popular canción Sobre el puente de Avignon. Hubo un tiempo en el que esta construcción ahora incompleta fue la única que existía para cruzar el río entre Lyon y el mar.

Van Gogh, Cézanne, Degas, Manet o Picasso me esperan en el Museo Angladon. También los artistas contemporáneos reunidos en los palacetes de Caumont y Montfaucon de la Fundación Lambert

De vuelta al centro de la ciudad, toca cenar en un típico bistró francés de esos que generan una sensación tan contradictoria entre lo decadente y delicioso. Casi todos están a punto de cerrar. Olvido siempre que nuestros horarios no son los de todo el mundo. Es invierno, hace frío y solo unos pocos valientes seguimos en la calle. El carrusel que hay en la plaza del Ayuntamiento me devuelve un guiño nostálgico. Parece abandonado y la tentación de subirse es considerable. Destierro la idea de mi cabeza y me dirijo al Carré du Palais, un centro enoturístico que abrió en 2017 con el objetivo de dar a conocer la gastronomía y los caldos de la región. Me pido una copa de vino tinto denominación de origen Ródano y sin saber muy bien cómo acabo hablando de viñas, bodegas y de la vida con Jean-Michel Guiraud, director del lugar. Me cuenta que en verano se marcha con la familia a Martinica a iniciar una nueva vida y me digo que viajar es esto. Lugares desconocidos y encuentros inesperados.

Me despido no sin la promesa de una visita al bistró que Jean-Michel quiere abrir en el Caribe y con dos botellas de vino del Ródano que no sé dónde voy a guardar. Al día siguiente toca visitar dos de los mejores museos de la región. Van Gogh, Cézanne, Degas, Manet o Picasso me esperan en el Museo Angladon. También los artistas contemporáneos reunidos en los palacetes de Caumont y Montfaucon de la Fundación Lambert. Pasearse por sus estancias podría computar como una obra de arte más.

De camino al Mercado de Les Halles me detengo en uno de los muchos escaparates que huelen a dulce. Compro un puñado de frutas confitadas pensando en seguir conservando el olor de la ciudad una vez de vuelta a casa. También un ramillete de lavanda. Ya sentada en un taburete alto observo como el chef de la Cuisine Central del mercado prepara el plato del día. Todo con productos frescos y de proximidad. Hoy huele a setas. Acompañan a un delicioso capón rustido con gnocchi de patata especiada.

El mercado está cerrando. Apuro la copa de vino y me dispongo a recorrer por última vez los más de tres kilómetros de muralla que protegen la esencia de Avignon. Ya estoy en la estación del tren. Sonrío. Por delante, cuatro horas de viaje cortesía de Renfe-Sncf para acabar de saborear el viaje y de entender el porqué del relax que nos proporciona como especie el escapar de nuestro día a día. Da igual que sean dos días. A veces, es suficiente.