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Apuntes para disfrutar de un buen vino

Hace miles de años que el fruto de la vid forma parte de nuestro día a día como seres humanos, aunque es ahora cuando parece vivir su época dorada. El mercado del vino produce cerca de 11.000 litros de vino al año y genera un volumen de negocio que supera los 30.000 millones de euros

E

l vino siempre ha estado ahí. Desde tiempos inmemorables. Los faraones del Antiguo Egipto ya lo usaban en sus ceremonias y rituales religiosos –se han encontrado restos en algunas tumbas- y en Grecia la tendencia era consumirlo rebajado con agua. Por no hablar de las históricas bacanales de los romanos o los rituales religiosos del cristianismo. Hace miles de años que el fruto de la vid forma parte de nuestro día a día como seres humanos, aunque es ahora cuando parece vivir su época dorada. El mercado del vino produce cerca de 11.000 litros de vino al año y genera un volumen de negocio que supera los 30.000 millones de euros según el último informe de la Organización Internacional del Vino (OIV).

Barcelona es un claro ejemplo de la democratización del vino. Las bodegas de toda la vida se han convertido en nuevos centros de peregrinación. Han pasado de tener una clientela fija y algo escasa a ser punto de encuentro de amigos y familias

No es cuestión, sin embargo, solo de cifras. Si el vino vive hoy en día un momento de máximo esplendor es porque su consumo se ha democratizado hasta niveles nunca vistos. La clase media ha hecho suya una bebida que hasta hace relativamente poco sentía lejana por tradición y prejuicios. Durante siglos, el vino estuvo reservado a las élites políticas, religiosas y económicas otorgándole un lugar inaccesible para la mayoría de la sociedad. Solo los privilegiados y grandes entendidos en la materia podía disfrutar de una buena copa de vino. Los más desfavorecidos gozaban de los caldos más rudos y básicos por lo que el esnobismo de muchos también hizo que el vino se mantuviera alejado de la mayoría. Desde hace unas décadas, por suerte, esta perspectiva histórica se ha ido modificando hasta un presente en el que el vino se ha convertido en una bebida universal.

Barcelona es un claro ejemplo de la democratización del vino. Las bodegas de toda la vida se han convertido en nuevos centros de peregrinación. Han pasado de tener una clientela fija y algo escasa a ser punto de encuentro de amigos y familias. Compiten con las de nueva creación y con los bares a copas, cada vez más numerosos en la ciudad. Pocos son los que a estas alturas no han realizado nunca una cata de vinos o los que no hablan de tipos de uvas o denominaciones de origen que van más allá del clásico Rioja o Ribera del Duero, los primeros en España en iniciar la popularización de sus caldos. Quien más y quien menos tiene su vino o denominación preferida y eso, en la era de la sobreexposición y las redes sociales, nos convierte muchas veces en prescriptores o expertos sin realmente serlos. Aquí entono un mea culpa. Me gusta recomendar vinos del Priorat por ser mis favoritos –como si hubiese probado el resto de D.O. existentes- o caldos con una proporción elevada de la variedad de uva Syrah sin más argumentos que mis gustos personales que, aunque válidos, no son los de todo el mundo. Por eso, cruzarme con Jean-Michel Guiraud, director del centro enológico de Avignon, me hizo pensar sobre la ignorancia generalizada que existe alrededor del vino ahora que todos nos consideramos casi expertos en la materia. Las dos horas que duró la cata de vinos del Ródano se convirtió en toda una clase magistral sobre cómo disfrutar todavía más de nuestros vinos favoritos.

El mejor vino siempre será el que más te guste”, asegura un Guiraud que, desde el Carré du Palais, busca que cada persona encuentre el vino que más se adecue a su personalidad y que aprenda a disfrutarlo al máximo

NO EXISTE EL MEJOR VINO

Jean-Michel Guiraud no es un somelier al uso. Huye de lecciones y sentencias, sabedor que el sector del vino ha adolecido de ello durante mucho tiempo. “El mejor vino siempre será el que más te guste”, asegura un Guiraud que, desde el Carré du Palais, busca que cada persona encuentre el vino que más se adecue a su personalidad y que aprenda a disfrutarlo al máximo. Por eso, el interés creciente por saber qué es lo que no hacemos del todo bien cuando abrimos una botella de nuestro vino favorito.

No se trata, pues, de convertirse en pequeños someliers o expertos ya que para ello existen cada vez más cursos y estudios relacionados. Pero sí de hablar con cierto conocimiento la próxima vez que nos toque reunirnos alrededor de una buena mesa y un buen vino con amigos o familia. Si vamos a hablar de vinos que sea, por lo menos, con propiedad.

DE LEYENDAS URBANAS Y MARIDAJES

Como todo lo que tiene que ver con la gastronomía y los gustos personales, en el vino nunca se debe imponer nada. Solo aconsejar desde el respeto y la humildad y es, desde ahí, desde donde Jean-Michel Guiraud me recomienda probar de maridar un buen queso no con vino tinto sino blanco. De inicio, me sorprende. Siempre había asociado a la idea del máximo placer maridar uno de mis quesos favoritos con una copa de un buen tinto, música relajada de fondo y un rato de literatura en soledad. “Si es un queso muy fuerte o azul, sí. Si no se trata de esos quesos prueba con un buen blanco”, aconseja antes de señalar que en la península asociamos el queso con el vino tinto por cuestiones de producción y consumo. Siempre hemos sido una zona más de tintos que de blancos y eso acaba marcando.

Por no hablar, me dice, del desprestigio en el que todavía vive el vino rosado. Se asocia siempre a un vino sin cuerpo, de verano y hasta femenino. Nada más lejos de la realidad. Son solo prejuicios. Legumbres o carnes y pescados crudos maridan a la perfección con un buen rosado. Si es de mineralidad alta será el mejor compañero de viaje para el ceviche o el sushi ya que permitirá disfrutar de ambos sin enmascarar sabores.

DECANTAR O NO DECANTAR, ESA ES LA CUESTIÓN

Si los maridajes adecuados se deben tomar siempre como una referencia y no una verdad absoluta, no así a la hora de descorchar una botella y servirla.  “El vino siempre debe airearse antes de servirse”, me comenta el francés. Si se trata de un vino joven bastará con abrir la botella unos veinte minutos antes de la comida, cena u ocasión especial para la que hayamos comprado la botella. Si es un vino de crianza, el tiempo de oxigenación siempre será superior y deberá estar entorno a una hora y media antes y siempre que sea posible en un decantador.

Si se trata de uno de esos vinos que guardamos para ocasiones especiales con entre 10 o 15 años de vida, deberíamos hablar aquí de medio día, como mínimo, para poder disfrutarlo en todo su esplendor y convertirlo así en uno de esos vinos de conversación en lo que todo fluye y nada importa salvo la compañía y una copa de vino siempre llena. Importante, siempre con un toque de frío.