Campo en Mamer, Luxemburgo. Foto de Johny Goerend

A las puertas de una nueva Revolución Agrícola

Todo parece indicar que la agricultura y la ganadería están en la segunda fase de la Revolución que tuvo lugar ahora hace 10.000 años. Los humanos pasaremos a percibir estas disciplinas como fuentes de riqueza real en vez de prácticas inexorablemente ligadas a tratamientos químicos. Pasaremos de una sobreproducción que determina la oferta, a una producción que vendrá determinada por el consumidor. Y lo más interesante: comprenderemos que no solo somos lo que comemos, sino también la tierra que sembramos

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ace 2,5 millones de años, los humanos nos movíamos de un lugar a otro según los condicionantes climáticos, los cuales tenían una incidencia primordial en la alimentación, porque la recolección de plantas y la caza de animales dependían de factores que el hombre y la mujer todavía no habíamos aprendido a subyugar. Hasta hace poco, los expertos defendían que la vida de estos humanos prehistóricos era peligrosa y estaba llena de incertidumbres y que, por el contrario, la revolución agrícola que tuvo lugar hace unos 10.000 años aportó el progreso sobre el que se ha construido la sociedad actual. Pero ahora este supuesto no solo genera grandes dudas sino que datos científicos permiten explicar la Revolución Agrícola como “el mayor fraude de la historia”. Así lo expresa, con estas mismas palabras, Yuval Noah Harari en el libro Sàpiens. Breu història de la humanitat (Edicions 62, 2014). En la publicación Harari argumenta que las tesis que defienden una mejora en la inteligencia del hombre cuando este toma las riendas del cultivo y la ganadería no son ciertas y que, antes bien, en vez de hacernos la vida más fácil, la Revolución ha sido el preludio de la organización de los mercados actual, del consumismo, la propiedad privada, la fiebre competitiva, el hambre, las enfermedades, etc.

Para nuestros parientes ancestrales la agricultura supuso un incremento exponencial de la suma total de alimento, es cierto. Pero igual de exponencial fue el incremento de tiempo y de esfuerzo que tuvieron que invertir para dar respuesta a las exigencias de una demografía creciente y con necesidades crecientes. Exigencias, demografía y necesidades que hoy en día siguen propagándose. La Revolución Agrícola, tal como lo expone Harari, análogamente implicó un empobrecimiento de la dieta –pasó a ser poco variada–, supuso un retroceso de los ratos de ocio, uno explosión demográfica, la aparición de estratos de sociedad privilegiada, más dureza en el trabajo, empeoramiento de la salud y la instauración del concepto de propiedad privada, que implicaba tener que defender las posesiones y tratar de incrementarlas, hecho que dio pie a las guerras. Para hacernos una idea, hoy la ganadería cuenta con 1.000 millones de ovejas, 1.000 millones de cerdos, más de 1.000 millones de vacas y 25.000 millones de gallinas repartidas por el planeta. Nada que ver con los pocos millares que sumaban en el momento del nacimiento de la agricultura. Si aquí añadimos la cantidad de tierra cultivada es fácil entender que, más que controlar la agricultura y la ganadería, lo que ha pasado es que la agricultura y la ganadería han controlado al hombre.

Pero nuevos brotes apuntan una tendencia que podría revertir esta condición y, 10.000 años más tarde, hacer buena la Revolución Agrícola de aquellos hombres y mujeres de la prehistoria. Por una parte, la robotización de los puestos de trabajo –se prevé que entorno al 2030 el 70% de las tareas que hoy en día realizamos los humanos las hagan máquinas– implicará un cambio drástico en la cotidianidad, dado que el sistema laboral se verá obligado a reducir la jornada hasta un máximo de 15 o 20 horas semanales con el fin de mantener activa la rueda del consumo. Como consecuencia de este hecho los humanos disfrutaremos de más tiempo libre, y eso propicia la otra hipótesis que augura un incremento de tareas de comunidad o de carácter solidario y, todavía más allá, la conjetura que haría posible el despliegue de la Renta Básica Universal –que en inglés responde a las siglas UBI–; una teoría que acumula décadas de estudios y de la cual se están llevando a cabo experimentos por todo el mundo.

El holandés Rutger Bregman, el estudioso más destacado de esta corriente, ha desarrollado un principio que no solo no supone un choque frontal con las tesis del capitalismo sino que, contrariamente a lo que sería previsible, las elogia. Bregman defiende que al capitalismo le debemos el incremento del bienestar de buena parte de la humanidad. Quizás, para ser exactos, habría de matizar y afirmar que, si se lo debemos a algo, es a la mencionada Revolución Agrícola de hace miles de años. De todos modos Bregman no deja pasar la ocasión para, después de halagar la corriente capitalista, pronosticar un cambio de paradigma con respecto al concepto de riqueza. O mejor dicho, una predicción sobre cómo y cuándo daremos el salto al modelo que nos permitirá generar “riqueza real” en vez de “riqueza” a secas. Los pilares de este patrón de economía se sostienen sobre dos certezas: la primera es que la pobreza sale cada vez más cara a la sociedad, y la segunda, que trabajar menos nos haría más felices a medio y largo plazo. Ahora bien, previamente, hace falta un desaprendizaje. Una sacudida cultural notable. Y dos de las principales corrientes de esta transformación son, precisamente, la agricultura y la ganadería. Preceptos como la agricultura regenerativa, el Manejo Holístico, el Diseño Keyline, el nuevo método de Organic Managers o el concepto Regrarian están despertando con mucha fuerza por todo el mundo, sobre todo en lugares con fuerte tradición de oficios del campo. Estos preceptos proponen un nuevo estilo de agricultura basado en la oposición a los tratamientos químicos, favoreciendo la regeneración natural de los suelos y un mejor aprovechamiento del agua. De esta manera a medio plazo se consigue un ahorro relevante en costes. Al mismo tiempo también se produce un incremento en la calidad del producto e, incluso, puede derivar en un crecimiento de la producción. El referente mundial de estas prácticas es Darren J. Doherty, australiano de origen irlandés que estos últimos días ha estado haciendo una gira de conferencias por Girona, Es Mercadal (Menorca), Zaragoza y Lleida. Darren se sube al escenario y, antes de empezar, hace tintinear una campanilla como las del ganado. Es la previa a un espectáculo de argumentos, sentido común y toques de humor que hacen que no tarde en ponerse a los campesinos locales en el bolsillo, incluidos los más escépticos. Las teorías y las demostraciones sobre el terreno actúan de forma concluyente, hasta el punto que de cada visita, de cada conferencia, nacen nuevos adeptos.

Darren J. Doherty cuenta con un equipo de jóvenes agricultores que conforman Francesc, natural de Girona, José Ángel, de Teruel, y Manel Badia, de Seròs, todos ellos bajo la marca Organic Managers. Durante las conferencias y visitas al terreno presentan los primeros resultados de los campos experimentales en Cataluña, Teruel y Menorca. Y como acostumbra a pasar en estos casos, las redes sociales han hecho circular los casos a una velocidad de vértigo, hasta el punto que ya han recibido la primera propuesta para desarrollar uno de sus planes de agricultura regenerativa en Estados Unidos.

Todo parece indicar que la agricultura y la ganadería están en la segunda fase de la Revolución que tuvo lugar ahora hace 10.000 años. Los humanos pasaremos a percibir estas disciplinas como fuentes de riqueza real en vez de prácticas inexorablemente ligadas a tratamientos químicos. Pasaremos de una sobreproducción que determina la oferta, a una producción que vendrá determinada por el consumidor. Y lo más interesante: comprenderemos que no solo somos lo que comemos, sino también la tierra que sembramos.