Lenny Bernstein y Benny Goodman ensayando, 1940-1949. William P. Gottlieb - Music Division, The New York Public Library.

100 años con Leonard Bernstein (I): El magnetismo del maestro

El 25 de agosto de 1918 nació Leonard Bernstein. Cien años después, celebramos sus composiciones más populares y su incuestionable grandeza como director del repertorio sinfónico, a lo largo de un tríptico que recopila documentos de gran valor: videos, audios y pasajes de sus lecciones. Recordamos su carácter controvertido y sin embargo profundamente humano, su compromiso en tanto que pedagogo, así como la huella que dejó en los oyentes. También en los barceloneses, a raíz del concierto con la Filarmónica de Viena en el Palau de la Música Catalana, el 31 de octubre de 1984.

Agustí Fancelli escribía en su crítica para El País “Leonard Bernstein o la heterodoxia: baila sobre la tarima, se encoge de hombros, agarra la batuta con las dos manos como si de bate de béisbol se tratara, luego la convierte en delicado arco de violín o severo arco de violoncelo, sonríe, hace muecas, patalea. Los instrumentistas le siguen magnetizados, a cada gesto responden con la sensibilidad esperada, como enamorados que se dan las manos en la oscuridad”. No nos consta registro del evento, pero la Primera sinfonía de Schumann “Primavera” hubo de sonar similar a la fantástica versión al frente de la misma orquesta, sólo unos meses antes, en el Musikverein de Viena:

 

La pasión de Bernstein, aquel magnetismo -que anima a los miembros de la orquesta, movidos por la misma corriente- es uno de los rasgos inherentes a su personalidad artística. Se evidencia tanto al final de su carrera, en los años ochenta, como en los inicios. Uno de los primeros méritos musicales que se le atribuyeron fue el lograr que la eminente Orquesta Filarmónica de Nueva York, en horas bajas durante la década de los cincuenta, alzase el vuelo nuevamente, priorizando la espectacularidad de las composiciones sinfónicas más complejas, de Beethoven a Mahler, pasando por Schumann y Brahms. Pero todavía más extraordinaria -fuera de lo común, literalmente- fue su labor pedagógica, desplegada de forma simultánea y complementaria a su actividad como director de orquesta y compositor.

Bernstein hizo numerosos esfuerzos por aproximar la música al gran público -no sólo al musicalmente formado- para dar a entender que la música es siempre de todos, y de paso diluir las fronteras de la tácita jerarquía que separaba música elevada, intelectual, de otra popular o folk, es decir, del “pueblo”. Su amor hacia el jazz, declarado en palabra, se confirma en la incorporación de temas y ritmos de la música tradicional en sus propias obras. Algo que ya habían hecho algunos de los compositores más vanguardistas, como Bartók o Stravinsky.

«No siempre nos damos cuenta de lo importante que son los maestros. La enseñanza es quizás la esencia de mi función como director»

Si apasionantes, pero un tanto sesudas pueden resultar sus lecciones en Harvard sobre lo inexplicable de la música, tituladas “La pregunta sin contestar” (The Unanswered Question), en diálogo con la floreciente lingüística de la época y los estudios de Chomsky, más accesibles -y no menos apasionantes- son sus apariciones en televisión. Aún hoy siguen despertando la admiración por el maravilloso don como comunicador de Leonard Bernstein. Pues, lograr hacer entender los conceptos musicales a través de imágenes, metáforas o comparaciones -todo ello trasladado con sentido del humor y priorizando el aspecto humano de la creación musical- no es tarea sencilla. Algunos de sus Telecasts, dirigidos a todos los públicos, al igual que los “conciertos para gente joven” (Young People’s Concerts, del 1958 al 1972), han sido reproducidos en el imprescindible volumen The Joy of Music, que se inicia con una afirmación absolutamente elocuente, que no podemos sino reproducir:

“Desde que tengo memoria, he hablado sobre música, con amigos, colegas, profesores, estudiantes y simplemente ciudadanos. Pero en los últimos años me he encontrado hablando también públicamente, uniéndome a la larga lista de personas bienintencionadas, y aún así generalmente condenadas al fracaso cuando han intentado explicar el fenómeno único de la reacción humana al sonido organizado. En última instancia, uno debe simplemente aceptar el encantador hecho de que la gente disfruta escuchando el sonido organizado (ciertos sonidos organizados, al menos); que este gozo puede tomar la forma de todo tipo de respuestas, desde la excitación animal hasta la exaltación espiritual; y que los individuos que pueden organizar sonidos para evocar las respuestas más exaltadas son comúnmente llamados genios»

 

En otra de sus intervenciones televisivas, Bernstein se sincera -habla con el corazón en la mano, como de costumbre, por cierto- para señalar lo fundamental que es la tarea realizada por el maestro: «No siempre nos damos cuenta de cuán importantes son los maestros (…) la enseñanza es probablemente la profesión más noble del mundo: la profesión más desinteresada, difícil y honorable. También es la profesión más infravalorada, mal remunerada y menospreciada (…) La enseñanza es quizás la esencia de mi función como director». Saber ponerse en el lugar del otro, saber lo que no entiende para poder tocar la tecla que le lleva a entender, es el arte socrático por excelencia, que en el caso de la música proporciona resultados sumamente tangibles, y de los cuales tenemos testimonios.

ENSAYO Y LECTURAS DE LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA

Uno de los documentos audiovisuales más fascinantes de cuantos se conservan, a pesar de su discreta edición -lo cual le da un tono más auténtico, por otra parte- es aquel que data de 1987, en que un Bernstein ya un tanto castigado por el paso del tiempo prepara a una orquesta de jóvenes para la interpretación de una obra tan importante y compleja como la Consagración de la primavera. Tiene lugar en el contexto más idóneo, lejos de la civilización (en Salzau, Schleswig-Holstein) y durante una semana de gran intensidad, que comienza con el conocimiento mutuo; una suerte de reconocimiento, en realidad, exento de formulismos autoritarios. A diferencia de otros maestros, para Bernstein la búsqueda de la belleza interpretativa requería también proximidad emocional, promovida a través de un contacto que podía llegar a ser físico. En la Filarmónica de Viena aún recuerdan sus inesperados y efusivos achuchones, si bien en el caso de los chavales la toma de contacto se muestra estrictamente musical.

«¿Quién es el desafortunado? Tú -dice Bernstein, señalándolo, con la batuta-, está bien. Coraggio! Todos te queremos. Así que, eso es lo más importante”

Después de haber probado la sonoridad de conjunto con unas escalas por él dirigidas con variable intensidad, y felicitar a los músicos -“Oh, you’re wonderful!”- ganándoselos así para la causa común -es decir, para el compromiso con la excelencia interpretativa- Bernstein los introduce en el meollo o núcleo duro de la pieza musical que han de abordar. «Veamos… La Consagración de la primavera de Stravinski va sobre todo de… Sexo. Y de la reproducción. Y de los olores de allá afuera. Claro que sí. Porque todo significa lo mismo, y trata del crecimiento”. Obra capital para la historia de la música y de la cultura del siglo XX, narra cómo el componente amenazador de la naturaleza busca ser mitigado a través de un rito arcaico: se ofrece el sacrificio de una doncella para que aquélla sea propicia, para que fructifique la primavera. Hacer entender a chicos y chicas en la flor de la vida su reverso abismático, lograr que extraigan sonidos desconcertantemente telúricos y no obstante bien concertados es todo un reto.

 

Hay varios momentos memorables, desde el mismo inicio, con el enigmático y comprometido solo de fagot “que tiene que tocar en un registro alto muy incómodo, y que no suena para nada como un fagot”, explica Bernstein. Por eso, se dirige a las maderas inquiriendo: “¿Quién es el desafortunado?” Un ataque de tos -forzado para identificarse, o inducido por los nervios, o quizá ambas cosas- ayudan al maestro a localizarlo. “Tú [señalándolo, con la batuta], está bien”. Identificado el individuo que acumula un grado de exposición poco habitual, busca promover una atmósfera relajada con las palabras: “Coraggio! Todos te queremos. Así que, eso es lo más importante”. Otro momento curioso, en que pretende de sus pupilos una reacción notable, es aquel en que les recuerda que están ya demasiado formados -“trop bien eduqués”, espeta en francés, para dejar más claro el mensaje- y, por tanto, que necesitan desbravarse: dejar amarras y apartarse por un momento de la “forma correcta de proceder” para aprehender el lenguaje no conceptual -siquiera propiamente musical- que la composición de Stravinski transmite y que él reproduce sin vergüenza, con sonidos guturales y muy gráficamente mediante la comparación de la obra con una suerte de “jazz prehistórico”.

Por mucho que Bernstein indica a los músicos que se alcen para recibir los aplausos, desobedecen. Se reafirman en que sea el maestro quien acumule el grueso de la ovación

Adecuada o no -aquella “primitiva” expresión- sabemos, en cualquier caso, que el mismísimo Ígor Stravinski había escuchado en vivo, apreciado y validado la aproximación del primer Bernstein. En flagrante contraste con la imagen de su última etapa, la que ofreció a la orquesta joven con la que ensayó en Salzau -en que parece un Sócrates salido del platónico Banquete– podemos también acceder a aquellas grabaciones de sus primeros años al frente de la Filarmónica de Nueva York. Muestran a un muchacho de aspecto impecable y sin embargo lleno de entusiasmo; un entusiasmo efusivamente dispensado a lo largo de su carrera -como decíamos- para lograr el grado de compromiso por parte de los músicos que requiere la excelencia interpretativa.

Entre ambas épocas, un video en que interpreta precisamente la Consagración de la primavera con la London Symphony Orchestra evidencia el cariño que podían llegar a sentir los músicos hacia Bernstein, director que incluso llegaba a preocuparse de las condiciones laborales e interceder a su favor (sucedió, por ejemplo, en la época como director de la Filarmónica de Nueva York). Al final de la interpretación de aquella pieza de Stravinski, en la ronda de aplausos, por mucho que Bernstein les indica que se alcen para recibir los méritos, aquéllos -liderados por el primer violín- desobedecen por vez primera y se reafirman, contumaces, en que sea el maestro quien acumule el grueso de la ovación.